Colombia

Viernes, 24 de Marzo de 2017

19/12/2010 (El Pais - España)

Diario de Colombia - Negociación de paz en La Habana

JOHN CARLIN

El diálogo de paz emprendido entre el Gobierno y la guerrilla de la FARC para acabar con una guerra de 50 años ha dividido al país entre los partidarios de la reconciliación o de la venganza**

Acabo de pasar unos días en Colombia invitado por la Alcaldía de Bogotá para que compartiera mis conocimientos sobre Nelson Mandela e Irlanda del Norte en el contexto de los diálogos de paz iniciados el mes pasado en La Habana entre el Gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. La guerra, que ha durado casi 50 años, ha cobrado más de medio millón de vidas, más de tres millones y medio de desplazados, unos 15.000 desaparecidos. Este es el diario de mi visita.

Día 1: Andando rumbo al Senado de la República acompañado de un político colombiano, cuyo nombre sería mejor no mencionar, pasamos a un policía con un perro a su lado de aspecto poco amigable. El político mira al perro, suelta una pequeña carcajada y le dice al policía: “¿Será uribista, no?”. Se refiere a Álvaro Uribe, presidente de Colombia entre 2002 y 2010, que en el nuevo proceso de negociación entre Gobierno y guerrilla interpreta hoy el papel que alguien siempre —infaliblemente— interpreta cuando se intenta acabar un conflicto a través del diálogo: el del que se opone a “negociar con terroristas”. Pronto constataré que Uribe se ha convertido en el malo de la película de la paz, incluso para su sucesor y exministro de Defensa, Juan Manuel Santos, pero también hablaré con gente que siente profunda gratitud por la eficaz ofensiva que lanzó contra las FARC durante su mandato.

Me reúno alrededor de una enorme mesa en un salón del Senado con unos doce diputados de la Comisión de Paz de la Cámara de Representantes de Colombia. Son de todos los bandos políticos legales, gente que ha sufrido a manos de la guerrilla de izquierdas, de los paramilitares de derechas, de las Fuerzas Armadas del Gobierno. Me dan la palabra y lo primero que les digo es que, por favor, no crean que vengo en plan embajador yanqui a darles lecciones y que, pese a lo diferente que son las culturas y las historias de los países de los que voy a hablar, una vez que se inicia un proceso de paz, todos empiezan a tener muchas similitudes. Por ejemplo. en que el meollo del asunto acaba siendo tarde o temprano el de la venganza o el perdón. Me centro en el ejemplo de Mandela, y digo que no se equivoquen pensando que el líder sudafricano optó por la reconciliación simplemente porque era un buen hombre sino, más bien, porque tuvo la astucia política de entender que este era el camino más práctico hacia la paz y la democracia. Hablo unos diez minutos y los congresistas me responden. Uno, que dice haber perdido la mitad de su familia en el “mar de violencia” de la guerra, destaca tres cosas de mi pequeña presentación: que si una de las partes aspira a la solución perfecta, a lograr todos sus objetivos, la negociación estará condenada al fracaso; que en un proceso de esta naturaleza la sabiduría es más importante que la justicia, el perdón más útil que el castigo; que hay que pensar más en el futuro que en el pasado. Una diputada que estuvo secuestrada por las FARC durante siete años y medio se hizo eco de esta última observación. “Las víctimas somos las que más queremos llegar al perdón porque no queremos que se repita lo que nos pasó a nosotros”.

“Queremos llegar al perdón, no queremos que se repita lo que nos pasó”, dice una diputada que estuvo secuestrada
Por la tarde tuve una “audiencia” —no entrevista— con el presidente Santos. Con lo cual lo único que puedo decir es que me llamó la atención lo relajado que estaba ya que dirige un país que sigue en guerra y ha apostado su legado al complicado objetivo de la paz. Ambiente marcial en el imponente palacio presidencial; soldados, mire uno por donde mire; los civiles, todos vestidos con estricta formalidad. Pero el presidente me recibe sin corbata y sin chaqueta, tan sonriente y relajado como si fuese el anfitrión en una barbacoa. Alguien me dijo después que no me lo creyera, que tensión sentía y mucha, pero que el presidente era un gran aficionado al póquer, habituado a no delatar lo que realmente está pensando. Otra cosa que quizá Santos me perdonaría revelar es que es un admirador de Mandela, y conocedor de su historia, igual que una proporción sorprendentemente alta de las personas que conocí en Colombia.

El desertor compungido

J.C.
La vida es provisional para todos los seres humanos, pero en su caso, desde que desertó de las FARC hace un año, lo es más. Si lo encuentran sus antiguos compañeros de la guerrilla, con quienes luchó durante casi 30 años, lo matan; antiguos enemigos, también deseosos de acabar con él, los hay por todos lados. Vive en la clandestinidad, pero acepta con perturbadora serenidad la posibilidad de que lo descubran, como si reconociera que con su muerte se haría una cierta justicia. Intelectualmente está convencido de que tomó la decisión correcta al abandonar la guerrilla, pero su deslealtad le provoca también sentimientos de culpa. Hablé con él. Le llamaremos Jacinto.
Tardó en entenderlo, pero para Jacinto, que tiene más de 50 años, la guerra no tiene ningún sentido. “No sirve nunca, en ningún lado, para la humanidad, sea el fin que sea. Salvo que sea en legítima defensa”, relata. Y sirve aún menos hoy en Colombia, visto lo visto en los últimos años en América Latina. Jacinto, que trabajó en propaganda y organización política en el Estado Mayor de su frente guerrillero, vio que partidos de izquierda llegaban al poder en Ecuador, Venezuela, Uruguay, El Salvador y otros países por la vía electoral. “Vi en Venezuela que el hecho de mandar en el Gobierno no significa que los problemas de la salud y la educación y la tierra se van a acabar como por arte de magia. Entendí las cosas de otra manera en la juventud y quizá sea cosa de viejo, pero ahora entiendo que con voluntad política no se cambia la sociedad. En el Gobierno uno hace lo que puede, no lo que quiere”.
Las FARC no solo están en proceso de derrota política, opina Jacinto, sino de derrota militar. El frente al que él perteneció lleva diez años “desplazado”, dice, en Venezuela. Su jefe fue Iván Márquez, que actualmente encabeza la delegación de las FARC en la mesa de diálogo con el Gobierno en La Habana. Ni Jacinto ni Márquez tuvieron que sufrir la brutal ofensiva militar lanzada por el expresidente Uribe durante la mayor parte de la última década. Estaban a salvo en sus campamentos, a una buena distancia de la frontera colombiana. “Eso sí, Márquez escribía discursos bien incendiarios”, dice Jacinto.
Márquez ha adoptado posturas muy duras en el diálogo con el Gobierno, causando alarma entre los sectores políticos colombianos más deseosos de que se logre una paz negociada, pero su vida ha sido fácil desde que se trasladó a Venezuela en 2002. Al menos, como explica Jacinto, comparado con sus demás compañeros de lucha. “La tropa comía arroz y frijol, pero él comía salmón y bebía alcohol que le traían los daneses y dominicanos que nos vistaban en los campamentos. Es de buen paladar. Es de buen vestir y se pinta el pelo negro. Márquez es de costumbres pequeñoburguesas, pero es el más radical de los comandantes en su pensamiento político”.
Tampoco le temblaba la mano a Márquez, dice Jacinto, a la hora de ordenar el fusilamiento de guerrilleros traidores. “Es prepotente; no admite que se discuta con él. Tiene las ideas muy claras. El que viene de la confrontación militar, el que teme cada día que va a morir, es más conciliador”.
Negociar con Márquez será difícil para el Gobierno, dice Jacinto. Pero la buena noticia, opina, es que si se firma un acuerdo con él al mando de la delegación negociadora de las FARC será un acuerdo de verdad. Se habrá domado al ala más intransigente de la guerrilla.
Día 2: Mandela es el plato fuerte de un “conversatorio” de dos horas en el que participo en el auditorio de la Alcaldía. Les cuento que gran parte del secreto del éxito de Mandela había sido su capacidad de meterse en la piel del enemigo, de conocer su historia, sus temores, sus aspiraciones, sus vanidades, y utilizar la empatía y el respeto como instrumentos para imponer las soluciones políticas que él quería. Un señor mayor hace un resumen de mis palabras que supera en elocuencia las mías, pero varias de las preguntas que me hacen revelan lo difícil que va a ser transmitir a la población el mensaje sudafricano del perdón, pese al aparente entusiasmo por imitarlo de los congresistas con los que había hablado por la mañana. Una señora habló, con dolor y rabia, de las enormes cantidades de niños traumatizados por la guerra. ¿Qué iba a hacer el proceso de paz por ellos? Pienso no tanto en Sudáfrica sino en otro país que conozco, Ruanda, y en las decenas de miles de niños que quedaron huérfanos, obligados a cuidarse a sí mismos, tras el genocidio de 1994, donde se vivió un grado de horror —un millón de muertos a machetazos en cien días— del que ni siquiera los colombianos pueden concebir; y pienso también en el alto porcentaje de estos niños que vieron a sus padres, tíos y abuelos despedazados frente a sus propios ojos y no se me ocurre mayor consuelo para esta señora que proponerle que poner fin a la guerra, aunque el precio sea alto, evitaría que se perpetuara ad infinitum el ciclo de niños traumatizados, ofrecería la oportunidad de que emergiera una nueva generación menos dañada.

La alcaldesa de Florencia, Susana Portelo, víctima
de un atentado,
apoya el diálogo
a regañadientes
En una cena esa noche con varios políticos, un cura, académicos, un antiguo comandante guerrillero de izquierdas (hay varios que participan activamente en la política hoy, sin excluir al actual alcalde de Bogotá) lo que queda claro es que hay mucho escepticismo en la sociedad respecto a los diálogos de paz en La Habana. Un académico en la cena despotrica contra los militares colombianos —“fascistas, los anticomunistas de siempre”— y agrega que la violencia está demasiada arraigada en la población como método favorecido de persuasión política, o incluso para resolver pleitos entre vecinos, como para engañarse con que pueda haber paz. En cambio, el exguerrillero, que se supone que tampoco alberga sentimientos muy amables hacia los militares, confía en que la mesa de diálogo entre el Gobierno y las FARC sí acabará en la firma de un acuerdo. Pero no de aquí a un año, la fecha límite que ha impuesto el presidente Santos, sino en 2014, año en el que las FARC celebrarían 50 años de vida (y mucha muerte). “El simbolismo de ese medio siglo de lucha es demasiado seductor como para que dejen pasar la oportunidad”, dijo el exguerrillero.

Día 3: Vuelo a Florencia, ciudad en el epicentro de la guerra en el sur del país, y cuando salgo del avión me asalta una grata ráfaga de oxígeno tropical. Bogotá está a 2.700 metros sobre el nivel del mar, hace frío y subir un par de escaleras deja a uno, no acostumbrado a estas alturas, con alarmante facilidad, sin aliento. Aquí uno se siente como si pudiera escalar un cerro a la carrera. Aunque no necesariamente sería una buena idea probarlo, ya que existe siempre la posibilidad de sumarse a la larga lista de secuestrados de la guerrilla, que uno caiga víctima de lo que en Colombia llaman, con humor macabro, “una pesca milagrosa”.

Me han invitado a una cumbre de alcaldes convocada por Gustavo Petro, el regidor de izquierdas de Bogotá —según me cuentan, la figura política más importante de Colombia después del presidente—. El plan es involucrar al grueso de la sociedad en el proceso de paz, que no se quede todo en un ejercicio remoto llevado a cabo entre un par de pequeñas delegaciones en la isla de Cuba. Antes de empezar la cumbre hablo con un asesor de Petro que me dice algo que oiré repetidamente en los próximos días. Que la población apoya el proceso de paz, pero no confía en él. La intención de políticos como Petro es vendérselo a la población. La premisa es que si la población no se lo cree, un hipotético acuerdo, por más que tenga las firmas del Gobierno y las FARC, no tendrá ningún valor real si los colombianos no lo comparten y ratifican.

“Antes les llamábamos narcobandidos y ahora señores. Pero estoy dispuesto a no mirar atrás”, dice un alcalde
Al llegar al gran salón donde se llevará a cabo la “cumbre” me informan de que seré el “observador oficial internacional”. Lo siento como un atraco, aunque después me enteró de que ellos tampoco lo habían esperado. Cumplo el papel de observador en representación, resulta, “del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte” porque el invitado original, el embajador de Francia, no apareció. No tengo tiempo de ponderar si este inusitado papel encaja con la sagrada noción de la “objetividad periodística”. Me dicen dónde me tengo que sentar y no hay reacción o protesta posibles.

Inaugura el evento la alcaldesa de Florencia, Susana Portelo, que no exhibe ninguna secuela física de un atentado de las FARC hace diez años, que la dejó gravemente herida. Pero las secuelas psicológicas se dejan ver. Apoya el diálogo, pero a regañadientes; sus palabras suenan a paz, pero el tono de voz es el de una mujer que aún no ha satisfecho sus ánimos de venganza. Petro demuestra una notable agilidad política en su respuesta a la alcaldesa. Se atiene estrictamente a lo dicho por la alcaldesa, una mujer colocada políticamente a la derecha de él, y la recluta a la causa del diálogo, suscitando una amplia sonrisa en ella cuando la describe como “un ejemplo” de reconciliación para todo el país.

Intenté transmitir en Colombia el mensaje de Mandela: elegir entre la posible solución política o la no solución militar
El mensaje de Petro, explícito e implícito, es que la izquierda ya no tiene que recurrir a las armas para llegar al poder. Él mismo —como expreso exmiembro del antiguo movimiento guerrillero M-19 y actual alcalde electo— ofrece un buen ejemplo.

Atraco número dos: de repente me informan de que tengo que subir al podio a dar un discurso. Recuerdo que soy el representante de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y les digo que cuando se inició el proceso de paz en Belfast pocos creían en él. Había muchos Uribes en contra. Pero no solo se firmó un acuerdo sino que este mismo año una de las víctimas del IRA, el grupo terrorista que se enfrentó durante 30 años al Gobierno británico, le había dado la mano a un excomandante del IRA. La víctima, cuyo primo fue asesinado por los terroristas, fue la reina de Inglaterra; el comandante, Martin McGuinness, es hoy viceprimer ministro de Irlanda del Norte.

Más interesantes fueron los testimonios de algunos de los alcaldes, especialmente el de John Eduarth Monje, del Partido Conservador, que dijo haber perdido a su hermano y a su madre —y él mismo haber sobrevivido varios atentados— a manos de las FARC. “Antes les llamábamos los narcobandidos de las FARC. Ahora les llamamos los señores de las FARC”, declaró. “Hoy apostamos a la paz. Estoy dispuesto a mirar para adelante y no para atrás”. Delató tristeza al hablar, pero no resentimiento.

Día 4: Por la mañana, después del desayuno en el hotel, otro alcalde me explica por qué siente “moderado optimismo” ante el proceso de paz. Uno, el balance militar: “La guerrilla está muy golpeada y tiene que saber que no hay posibilidad de tomar el poder por la vía de la insurrección”. Dos, el Gobierno se ha preparado para las negociaciones “con mucho pragmatismo”, por ejemplo, al no declarar un cese del fuego no le ha dado la oportunidad a las FARC, como ocurrió la última vez que se intentó un proceso de paz, de reagruparse y recuperar fuerzas. Tres, la comunidad internacional, incluyendo Estados Unidos, Cuba y Venezuela, apoya el proceso. El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, entiende que sería bueno para su legado histórico el haber contribuido a la paz en el vecino país. Cuatro, los militares colombianos están a bordo, convencidos por el presidente Santos, que en el anterior Gobierno, el de su actual némesis Álvaro Uribe, fue ministro de Defensa.

De paseo por Florencia me propongo hablar con gente normal. Todos me cuentan que hasta la llegada de Uribe a la presidencia la ciudad había estado cercada por las FARC. Salir al campo era arriesgar la vida. “Uribe les dijo a los oficiales que los echaba a todos si sus soldados seguían sentados en el cuartel”, me dice un vendedor ambulante. “Así que salieron a combatir y la guerrilla huyó a la montaña”. El consenso entre la gente con la que hablo, sin excluir a un joven periodista, es que Uribe, al levantar el sitio de las FARC, les trajo la libertad. Hay mucho odio aquí por las FARC, odio compartido, según me cuentan cuando vuelvo a Bogotá, por al menos el 70% del país. Por eso, para mucha gente, como me explica un taxista de Florencia, lo que dice Uribe “va a misa”. El joven periodista me matiza que la mitad de la población de la zona se opone, con Uribe, al diálogo y al perdón, pero que la otra mitad aplaude la iniciativa de Santos.

Lo sorprendente, y lo que me hizo pensar que los alcaldes, el presidente Santos y demás políticos tenían bastante trabajo por hacer, es que ninguna de las personas con las que hablé en las calles de Florencia parecían tener conciencia de los posibles frutos de la paz. Al periodista no parecía habérsele ocurrido que su hijo pequeño podría tener un futuro más feliz; al taxista y a los comerciantes, que con la paz habría menos inversión pública en la guerra y más en el terreno social, o que el turismo —dada la belleza tropical de la zona— podría convertirse en una rica fuente de ingresos.


El equipo más político de las FARC. En la foto, de izquierda a derecha: Iván Márquez, número dos y jefe del equipo; Rodrigo Granda, Jesús Santich y Sandra Ramírez. / EFE
Día 5: De vuelta en Bogotá me explica un político de izquierdas que el tema del perdón, inevitable si se va a firmar un acuerdo, se complica ante el hecho de que las FARC no se han limitado solo a predicar un mensaje político, con el cual él a grandes rasgos estaba de acuerdo. También han participado de manera sistemática en el narcotráfico. A los asesinatos y secuestros supuestamente políticos se suma un delito claramente criminal. El precio del perdón es muy alto en Colombia y, aunque Santos y los alcaldes de la cumbre en Florencia están dispuestos, no todo el mundo lo quiere pagar. Me cuenta un miembro del Gobierno de una reunión que él y sus compañeros tuvieron con un grupo de periodistas, en la que una española presente fue, de lejos, las más “uribista”, la más indignada ante la idea de la reconciliación con las FARC. Su reacción, como la de Uribe y de manera más disimulada la de la alcaldesa de Florencia, es tan comprensible como natural.

La cuestión es, ¿cuál es la alternativa? El mensaje que intenté transmitir en Colombia fue el de Mandela, la reina Isabel y McGuinness: que la opción es entre la posible solución política y la no solución militar; entre una paz difícil de digerir o un ciclo eterno de ojo por ojo; Sudáfrica/Irlanda o Israel/Palestina; construir el futuro o construir el pasado. Tanto el Gobierno como, aparentemente, la guerrilla intentan avanzar por el camino la paz. La apuesta de la gente informada en Colombia es que, tras los inevitables tropiezos, sí se logrará firmar un acuerdo en La Habana. La gran pregunta con la que me quedo al concluir mi visita es si tal acuerdo se podrá mantener y aplicar sobre el terreno de la vida real colombiana, o si la guerra volverá a brotar ante la imposibilidad de la gente de subordinar sus rencores a la dura lógica de la paz.

 

 


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