Primavera Árabe

Viernes, 24 de Marzo de 2017

21/9/2015 (Comite Central Isralita del Uruguay)

Las monarquías del golfo y la crisis de refugiados sirios

TALEB OMAR

En plena crisis de refugiados, provocada por el éxodo de los sirios -y no sirios- que huyen de la ferocidad de la guerra en el país árabe, cruzando el Mediterráneo a bordo de precarias embarcaciones y en manos de las mafias que se nutren del tráfico de personas, se encuentran las riquísimas monarquías del Golfo Pérsico con sus ciudades artificiales, rascacielos, lujos excesivos, etc., que jamás fueron el destino de las personas que han sobrevivido a los combates en Siria.

Ningún cayuco alcanzó las costas saudíes, país donde se encuentra la Meca y la Medina (ciudades sagradas del Islam). Y nos preguntamos, ¿qué lleva a los refugiados sirios a emprender viajes de vida o muerte buscando un cobijo en Europa, teniendo países araboparlantes y prósperos a la vuelta de la esquina?

Según un reciente informe de Amnistía Internacional, los seis países del Consejo de Cooperación del Golfo (Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwáit, Omán y Qatar), no ofrecieron ninguna plaza de reasentamiento de refugiados sirios, a diferencia de los países limítrofes como son Líbano, Jordania, Irak y Turquía, que albergan más de cuatro millones de refugiados.

Lo atestigua también el director ejecutivo de Human Rights Watch, Kenneth Roth, al escribir en su cuenta de Twitter a principios de este mes: “¿Adivina cuántos refugiados sirios se han ofrecido a recoger Arabia Saudí y otros países del Golfo? Cero”.

Antes de empezar a destapar los motivos por los cuales dichas monarquías no reciben a los “hermanos sirios”, como suelen llamarles en sus poderosos medios de comunicación como Aljazeera, Alarabya y el resto, cabe mencionar que estos países no son firmantes de la Convención sobre el Estatuto de Refugiados de la ONU del 1951.

Por ello, no admiten solicitudes de asilo independientemente de la situación o la procedencia. Y los permisos de residencia, que pueden ser una forma de dar techo a los refugiados, están directamente ligados al trabajo, y con ello al perverso Sistema de Kafala o patrocinio, duramente criticado por organizaciones de derechos humanos.

Las explicaciones por las cuales no acogen refugiados sirios siempre han girado en torno a la seguridad. Se teme que la entrada masiva de refugiados pueda ser aprovechada por los grupos terroristas para lanzar sus operaciones. O que la llegada de una nueva población políticamente activa pueda interrumpir la pasividad de los ciudadanos de estas monarquías, lo cual amenazaría el frágil tejido político y social basado -todavía- en los métodos feudales de gobernanza: sistemas monárquicos sin elecciones ni parlamentos.

Es decir, que es preferible traer la mano de obra asiática -mayoritariamente de la India, Filipinas, Sri Lanka y Pakistán- que no comparten ni el idioma ni la religión en muchos casos, que a los sirios, que están acostumbrados a tener una vida más libre, menos conservadora y con más capacidad para cuestionar el orden que rige.

Para responder a las críticas recientes de sus políticas de asilo, estos países se esconden detrás de las generosas donaciones que financian los campamentos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). Argumentan que su admisión en estos países dificultaría su retorno a Siria, pero, ¿por qué no hicieron lo mismo cuando abrieron sus puertas a los refugiados kuwaitíes después de la invasión de Saddam en 1991, o los libaneses y palestinos altamente cualificados, que contribuyeron enormemente en la consecución del milagro económico del Golfo Pérsico? Es decir, solo se admiten los refugiados cinco estrellas, y los demás tienen los campamentos de refugiados en Jordania y Líbano.

Eso a pesar del rol que tienen en la prolongación de la guerra: financian y asisten a los grupos rebeldes que combaten a Al Asad. El sinfín de facciones islamistas que pelean por el pastel sirio se nutren de la ideología wahabista imperante en Arabia Saudita. La llamada oposición moderada está articulada en torno al pensamiento de los hermanos musulmanes, apoyados por Qatar, otra monarquía del Golfo, que a pesar de tener una renta de 93.000 dólares per cápita según el Banco Mundial, ni siquiera se ha pronunciado sobre la crisis de refugiados.

Mientras tanto, es decir, mientras pedimos a Alemania más solidaridad, no hay presión política ni mediática sobre los países del Golfo Pérsico para que cambien sus políticas migratorias y de asilo, eso si exceptuamos una minúscula campaña que hay en Twitter como la recién lanzada bajo el lema #RecibirALosRefugiadosSiriosEsDeberDelGolfo, o un tímido artículo que cuestiona la falta de solidaridad de dichos países.

La responsabilidad tiene que ser de todos, y sobre todo de aquellos que desestabilizaron países y fomentaron la acción bélica: es el caso de los países del Consejo de Cooperación del Golfo. Comparten idioma, cultura y religión con la mayoría de los sirios. Abrir sus fronteras sería una buena respuesta a las políticas xenófobas y poco solidarias del bloque del Este (Hungría, Eslovaquia y República Checa).

 

 


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