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Mi�rcoles, 29 de Marzo de 2017

21/6/2015 (El Espectador - Colombia)

Lecciones de un viaje al desierto de Néguev en Israel

Las aguas residuales de 8 millones de personas se transforman en agua potable. Las sandías crecen en el desierto. El mar es el nuevo acueducto. Cada gota de agua se vigila desde el espacio.

Las rebanadas de sandía se veían jugosas. También los trozos de melón. Llené un tazón con ambas y entre ellas algunos higos. El sabor era dulce e intenso. Sólo horas más tarde descubriría que esas frutas, así como los cientos de toneladas que cada año exporta Israel hacia Europa y Asia, no sólo son cultivadas en el desierto sino que crecen gracias a las aguas residuales tratadas de casi ocho millones de personas.

Enormes tuberías de más de dos metros de diámetro recolectan las aguas residuales de las ciudades. Las de Tel Aviv y el área metropolitana, que juntas suman más de 120 kilómetros y recolectan los residuos de unos 2,5 millones de personas, desembocan en una planta de tratamiento, la más grande de Oriente Medio, que se llama Shafdan.

El olor al entrar es fuerte, pero no insoportable. En unas enormes piscinas circulares, millones y millones de bacterias que lucen como un lodo asqueroso flotando sobre las también asquerosas aguas negras, comienzan la digestión de los desechos. El proceso sigue por tanques en los que procesos químicos y físicos permiten que el agua se vaya aclarando. Anoto en la libreta: el 91% del agua residual de todo Israel se limpia y recicla. ¿Cuánta será la de Colombia? También: el 80% de esa agua se destina a la agricultura.

El agua, a punto de ser tan clara y transparente como la de cualquier páramo colombiano, es finalmente inyectada en un acuífero natural, una piscina de arena bajo tierra, para que tenga lugar una última filtración. De allí, explica el guía, es extraída y distribuida principalmente hacia poblaciones en el sur, hacia el desierto de Néguev.

Los residuos orgánicos también se convierten en fertilizantes gratuitos para los agricultores y, por si fuera poco, el gas que produce el proceso está comenzando a utilizarse para el funcionamiento de la misma planta. El 70% de la energía que ésta necesita será extraída de estos gases y el resto de paneles solares. “Bellísimo”, dice el bien peinado guía israelí, al que se le escapa uno que otro comentario político fuera de lugar.

Gracias a esa agua la antigua ruta del incienso, el desierto por el que a través de siglos viajaron caravanas de camellos cargados de especias, perfumes y sal hacia la ciudad portuaria de Gaza, ahora luce como una tierra fértil.

El mar, fuente de agua

Desde que el gobierno de Israel hizo cuentas y entendió que el agua proveniente del mar de Galilea, al norte del país, no sería suficiente para saciar la sed y las necesidades de toda la población, comenzó la búsqueda de alternativas. “La necesidad es la madre de la innovación”, nos dice Adi Yefet, del Departamento de Agua de Israel, a los periodistas que estamos allí para conocer cómo está enfrentando su país el déficit hídrico.
La oferta hídrica natural en Israel ronda los 1,2 millones de metros cúbicos de agua. La demanda ha ido creciendo a lo largo de los años, con el aumento de la población y las necesidades agrícolas e industriales, hasta llegar a casi 2,2 millones de metros cúbicos. Esto significa que el saldo en rojo es casi un millón de metros cúbicos.

Llueve poco en estas tierras desérticas y semidesérticas. La precipitación anual es 435 milímetros. En algunas zonas como el desierto de Néguev apenas llega a 20 milímetros. Colombia, para hacerse una idea de lo que esto significa, recibe 3.240 milímetros anuales de lluvia. Los colombianos vivimos en una piscina de 3,2 metros. A los israelíes el agua les llega a la cintura. A los del desierto de Néguev apenas al tobillo.

Para solucionar el déficit, además de la reutilización del agua, el Gobierno impulsó la construcción de plantas desalinizadoras. Ya van cinco a lo largo de la costa del Mediterráneo. En la planta de Hadera, que desaliniza 127 millones de metros cúbicos al año, Abraham Tenne explica que la energía que se necesita para producir el agua que consume una familia durante una semana es la misma que consume una hora de aire acondicionado. O la misma que consume un carro que recorre cinco kilómetros.

Sólo podemos tomar fotos de la bodega donde están todos los tubos que contienen los filtros y membranas por las que pasa el agua salada a través de un proceso conocido como ósmosis inversa. Se supone que parte de la tecnología que usan está patentada y no quieren meterse en problemas con los proveedores. “Fotos aquí no”, les dice Tenne a cada rato a los periodistas.

Al final del proceso se encarga de servir agua para todos de una llave. El agua sabe igual que el agua embotellada. Le añaden una mezcla balanceada de minerales para que el sabor sea el mismo. El agua desalinizada se conecta con los sistemas de acueducto y va directo a las casas. En Israel, hoy, cualquier llave que se abra durante las 24 horas del día durante los 365 del año tendrá agua potable. No ocurre lo mismo en la mayoría de países vecinos. Y, por supuesto, no ocurre lo mismo en Colombia, uno de los países con mayor riqueza hídrica del mundo. En Chocó, donde en algunas zonas llueve hasta 25 veces más que en Israel, el servicio de acueducto no existe o se interrumpe varias veces al día. Es inevitable pensar en lo lejos que llega la corrupción de nuestros políticos y la ignorancia en la que nadamos.

“Los países que no sean capaces de manejar el agua de forma holística no serán capaces de sobrevivir”, sentencia el viejo Tenne, que sostiene sus pantalones con unas tirantas.

Gota a gota

Ahí no termina la estrategia para cerrar la brecha hídrica de Israel. La educación también ha sido un elemento importante. Tanto o más importante que la reutilización y las plantas desalinizadoras. En Rehovot un niño pelirrojo de diez años explica paso a paso cómo captan en su escuela el agua lluvia. Desde el techo el agua baja por tubos hasta 15 tanques instalados en el patio trasero y de ahí se distribuye a los baños. Durante el invierno el 90% del agua que usa la escuela proviene de estos tanques. Campañas de sensibilización en la televisión y otros medios de comunicación recuerdan constantemente la necesidad de ahorrar y no malgastar el agua.

La innovación ha sido otra de las claves para sobrevivir en el desierto, mantener vivas ciudades modernas y crear un potente sistema agrícola. Y la innovación a veces consiste en ideas muy sencillas. Como el riego por goteo. En cualquier rincón que uno recorra de Israel, en los parques públicos, en los separadores de las calles donde crecen arbustos y flores, en los grandes campos agrícolas, por todas partes, hay mangueras enterradas en el suelo. El agua para las plantas se entrega gota a gota.

“Irrigamos la planta, no la tierra”, dice Naty Barak, quien hace cuarenta años se fue a vivir a un kibbutz con su familia, una comuna agrícola en el desierto de Aravá, y hoy, luego de años de trabajo y experiencia en sistemas de irrigación por goteo, maneja una compañía con 16 plantas de producción agrícola en todo el mundo. “Nuestro principal competidor es la ignorancia”, remata al explicar que en el mundo sólo el 5% de los cultivos usan el sistema de goteo. El resto desperdicia agua con otros sistemas de riego.

Inbal Arieli, vicepresidenta de Start-Up Nation Central, una organización sin ánimo de lucro dedicada a impulsar la innovación, dice que los pocos recursos y una herencia de sobrevivencia han hecho que Israel se convierta en una de las naciones más innovadoras. Una de cada 2.000 personas tiene una compañía start-up (incipiente o de arranque) y, por número de habitantes, Israel ostenta la tasa más alta de patentes.

Una parte de esa creatividad está enfocada constantemente en solucionar problemas hídricos. Por ejemplo, Israel ha logrado reducir a menos del 5% la pérdida de agua en tuberías. En la mayoría de países ese porcentaje sobrepasa el 40%. Con un sistema de sensores instalados a lo largo y ancho de las ciudades y que se conjuga con información satelital, las compañías de agua detectan los lugares donde existen fugas y en un corto tiempo las sellan.

Frutas en el desierto

La última parada del viaje está en el sur de Israel, a 20 kilómetros de la Franja de Gaza. Unas piscinas enormes en medio del desierto almacenan el agua de otra planta de tratamiento. Esta planta fue construida gracias a un pacto que establecieron miembros de 34 comunidades agrícolas con aportes internacionales. Al fondo se ve el desierto. El calor es implacable. Escondidos detrás de unos montículos, bien camuflados, hay decenas de tanques. Al otro lado de las piscinas, cultivos de granadas (Punica granatum). Decenas de hileras de árboles de relucientes granadas se pierden en el horizonte. La imagen de todo aquello junto, el agua, el desierto, las frutas, los hombres y mujeres luchando contra la inclemencia del lugar, los tanques escondidos, es la imagen que me acompaña rumbo al aeropuerto y sé que vendrá a mi mente cada vez que escuche una noticia sobre este país.

 

 


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