Israel

Sabado, 25 de Marzo de 2017

23/3/2015 (israelenlinea - Israel)

La sorpresa que no fue

MARCOS PECKEL

Reproducido de El Tiempo- Colombia*

Fallaron las encuestas, fallaron los resultados a boca de urna y como ya sucedió en Israel en el pasado, sus habitantes se acostaron con la incertidumbre de quién gobernaría el país y amanecieron con Netanyahu triunfante y afianzado por tercera vez consecutiva en el cargo de primer ministro.

Israel es un régimen parlamentario con un distrito electoral único en el que el elector vota por un partido. De acuerdo con los votos que obtiene cada uno de ellos, que presenta una lista de candidatos en orden, se reparten proporcionalmente los escaños en el Parlamento de 120 miembros. Para gobernar se requiere el apoyo mínimo de 61 diputados y el país desde su independencia en 1948 estuvo siempre gobernado por coaliciones. El actual umbral es del 3.25% lo que equivale a aproximadamente 120 mil votos.

Hay 5 tipos de partidos en Israel: La izquierda defensora de compromisos territoriales para lograr la paz con los palestinos; la derecha, opuesta a concesiones territoriales y adalid de los asentamientos en Cisjordania, los partidos ultraortodoxos con una extensa agenda religiosa, los partidos laicos de centro que aceptan compromisos con los palestinos, que buscan restringir el rol de la religión en el Estado y promueven una política neoliberal en lo económico y los partidos árabes con su propia agenda. Más de un millón seiscientos mil árabes, musulmanes y cristianos, son ciudadanos de Israel.

Los partidos históricos de los cuales surgió siempre el primer ministro, fue el Laborismo, de izquierda, encabezado en esta ocasión por Itzjak Herzog y el Likud, de derecha, por Netanyahu.

La sociedad judía está dividida entre el «sector nacional», la derecha y religiosos, defensor a ultranza de la seguridad de Israel y el «sector democrático» de la izquierda, fuerte en la zona de Tel Aviv, que busca preservar el carácter judío y democrático del Estado apoyando el establecimiento de un Estado palestino independiente al lado de Israel. La elección demostró que en la población judía el «sector nacional» es por ahora mayoritario.

Los últimos días de la contienda en los que no se permitía la publicación de encuestas fueron los que le aseguraron a Netanyahu, tras una agresiva campaña y una radicalización del discurso, los votos que lo llevaron a la victoria.

Apelando al temor de una llegada de la izquierda al poder, le arrebató votos a los partidos de extrema derecha y a los religiosos. La consigna era ganar más escaños en el Parlamento que la oposición laborista del Grupo Sionista, así la ganancia fuera a costa de sus aliados naturales en la derecha. La estrategia funcionó.

Caso aparte merece el resultado obtenido por el partido árabe unido que logró la tercera mayor votación, alcanzando 13 bancas. Una agrupación de partidos con ideologías contradictorias unidos por la necesidad de alcanzar el umbral y que reiteraron que no formarán parte de ninguna coalición.

Tras su victoria en las urnas comienza para Netanyahu la compleja labor de armar una coalición que le asegure gobernabilidad, estabilidad y libertad de maniobra. Una titánica faena de orfebrería política que implica alinear diversas ideologías y programas de gobierno y satisfacer voraces apetitos burocráticos.

Hay diversas opciones de coalición. El Likud junto con los partidos religiosos y de derecha suma 57 escaños. Le faltaría agregar un partido más entre los centristas. La primera opción parece ser Moshé Kahlón, líder del partido Kulanu, héroe de la sufrida clase media tras haber abierto la competencia en el mercado de los celulares en Israel. Esta pareciera ser la más probable opción de gobierno. Sin embargo nada está escrito y todo podría ser diferente, incluso llamar al Partido Laborista a formar un Gobierno de Unidad Nacional.

Para asegurar su victoria, Netanyahu abandonó por momentos su dignidad de primer ministro para fungir como político en campaña, por lo que algunas de sus polémicas declaraciones electorales ya le están pasando factura, especialmente la concerniente a su oposición a la solución de dos Estados como salida al conflicto con los palestinos. De ese árbol Bibi tendrá que bajarse y rápido pues cruzó una línea roja tanto para Estados Unidos como para los amigos de Israel en Europa.

De todas maneras, pensar que de haber triunfado la izquierda se estaría más cerca de la paz con los palestinos es un sofisma. La solución del conflict no depende sólo de Israel y la perniciosa división palestina entre el movimiento Hamás, que controla Gaza, y Al Fatah, que hace lo propio en Cisjordania, es el principal obstáculo para avanzar en las negociaciones.

El nuevo gobierno de Israel tendrá que enfrentar serios desafíos. Un desorden regional que plantea tanto peligros como oportunidades para el Estado Judío, la ofensiva diplomática palestina en la ONU y en la Corte Penal Internacional, la posibilidad no remota de una nueva conflagración con Hamás o Hezbolá, el programa nuclear de Irán y el posible acuerdo que se logre con el Grupo 5+1 y las resquebrajadas relaciones con Obama. En lo interno, el descontento de amplios sectores de la población por la gran inequidad y alto costo de vida en una economía con envidiables cifras macroeconómicas.

Bibi, con el renovado oxigeno que le dio su victoria seguirá siendo el timonel de Israel en las turbias aguas de Oriente Medio.

 

 


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