Mundo Judío

Domingo, 26 de Marzo de 2017

11/10/2011 (Masuah.org)

El Judio Kafka

KAFKA Y LA LITERATURA



Vinimos aplicando los términos mosaico, filónico, spinoziano, marxista. En todos los casos se refieren respectivamente al pensamiento o la obra de esos intelectuales. Con el adjetivo “kafkiano” ocurre algo diferente: no apunta a la obra de un autor, sino una sensación única que dicho autor creó en su narrativa.
Cuando estamos atrapados en un laberinto de acontecimientos grotescos, vivimos una experiencia kafkiana, una angustia considerada específica del hombre del siglo XX, y que Franz Kafka reflejó acabadamente.
En 1899, cuando contaba con quince años de edad, tumultos judeofóbicos en Praga arrasaron con muchas tiendas de judíos. Una de ellas no fue dañada: el negocio de artículos para hombres de Hermann Kafka, quien había inscripto a su familia como nacionales checos y no como judíos. Hermann había llegado a Praga huyendo de su indigente infancia aldeana. Asimilado al medio, le dio a sus hijos nombres alemanes, y siempre resistió los intereses judaicos y literarios de su hijo Franz, quien lo ayudaba a comerciar por las estrechas callejuelas del gueto. Franz Kafka estudió en la universidad alemana de Praga, trabajó en una oficina de asuntos legales y en una compañía de seguros.
Hermann, quien fue eventualmente un próspero comerciante, era extremadamente rígido e insensible para con su hijo, lo que afectó el desarrollo emocional de Franz. Siempre sufrió de migrañas e insomnio, y su miedo al padre fue una de sus motivaciones más exploradas. A la edad de 36 años, en la cúspide de su carrera, escribió la Carta al Padre (nótese el artículo no posesivo) en la que desprecia que el judaísmo de su padre fuera mínimo, que durante su niñez lo hubieran llevado muy pocas veces a la sinagoga, y que se hubiera tratado con liviandad la ocasión de su Bar Mitzvá. En síntesis, Kafka alega que su padre le “inculcaba odio al judaísmo”.
Los desmanes de 1899 aludidos al comienzo, fueron la excepción, no la regla. En general, la situación de la judería de Bohemia a fines de siglo XIX, fue de tensa tolerancia. Los judíos eran la mitad de la minoría germanoparlante de Praga (menos del diez por ciento de la ciudad) y, en ese aspecto, se recelaba de ellos. Se trataba de una élite lingüística con poder, prestigio y riqueza, aun cuando los hebreos pertenecían dentro de esa minoría a la clase media y no a la aristocracia.
Debido al creciente nacionalismo alemán, la élite germánica del imperio austro-húngaro también desconfiaba de los israelitas, a quienes percibía como la vanguardia liberal. Por ello, los judíos se veían entre la espada y la pared: ambos grupos (los checos y los alemanes) padecían de prejuicios sobre el judío, imaginado evasivo, complotador, materialista, y débil.
De su heredad cultural, Kafka supo sólo vagamente, a excepción del sionismo, sobre el que aprendió mucho, aunque no de parte de su familia, sino de dos de sus tres mejores amigos, Max Brod y Hugo Bergman.
Como se sabe, Kafka nunca se casó, pero varias mujeres tuvieron un rol importante en su vida. Una fue la periodista Milena Jesenska, cuyo espistolario con él fue publicado. Otra fue Dora Dymant, una judía polaca que lo atendió hasta su muerte, y con quien se conocieron en un campamento vacacional del Asilo Judío de Berlín. En 1917, se le diagnosticó la tuberculosis que lo llevó a la muerte siete años después.


UNA LITERATURA ÚNICA

La narrativa de Kafka es renovadora como ninguna. Sus relatos comienzan en general con un evento exterior perteneciente, en apariencia, a la experiencia normal. Vale explicarlo comparando su novela breve La Metamorfosis con la de Dostoievski Crimen y Castigo. Ésta, al principio del tercer capítulo de la primera parte, cuenta el estado de abandono y soledad en que se encontraba Raskolnikov, al que describe como un animal enconchado: "A la mañana siguiente se despertó tarde, tras un sueño agitado que no lo había descansado. Se levantó bilioso, irritado, de mal humor, y consideró su habitación con odio. Era una jaula minúscula, de no más de seis pies de largo, y tenía un aspecto miserable [...] Raskolnikov se había retirado deliberadamente lejos de la compañía de los hombres, como una tortuga bajo su caparazón...". Se ha convertido en un "gusano", "alimaña", "cucaracha", "piojo estético".
En La Metamorfosis Kafka utiliza las mismas imágenes, pero utiliza una de sus herramientas más poderosas: la literalidad. El insecto es real. Se desmonta la metáfora que sostiene al "insecto moral" y se la lleva a límites no explorados hasta entonces en la literatura. Queda sólo el "bicho", sin ningún calificativo, y el párrafo pasó a ser uno de los comienzos inolvidables de la literatura: "Cuando Gregorio Samsa despertó aquella mañana, luego de un sueño agitado, se encontró en su cama convertido en un insecto monstruoso. Estaba echado sobre el quitinoso caparazón de su espalda, y al levantar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas durezas, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia".
Mientras La Metamorfosis se inicia con el despertar de Gregorio convertido en insecto, algo similar ocurre en la novela El Proceso: Joseph K., se despierta la mañana de su cumpleaños número treinta a la espera de su desayuno. Dos jóvenes vienen a anunciarle que está bajo arresto. Protesta, quiere ver al jefe. Se encuentra con un inspector que confirma el arresto, pero no revela las causas. Joseph K. recorre infructuosamente juzgados y oficinas. Nadie le puede proveer la información de por qué está detenido, aunque de hecho no lo está. El Proceso tiene un final trágico, ya que su protagonista termina ejecutado por un crimen que ignora. Pero en el resto de las novelas de Kafka no hay final. Su novela El Castillo es paradigmática. El protagonista es el agrimensor K, que llega a una aldea un invernal anochecer, para realizar unas mediciones del castillo, el cual supuestamente está sobre una colina, pero ni esto queda claro. Todos sus intentos por alcanzar el castillo son vanos, y el capítulo 24 nos deja con la imposibilidad. No hay final: el castillo nunca puede ser accedido.
Por su estilo difuso, los críticos nunca coinciden en qué significa. Hay interpretación psicoanalítica; hay religiosa (un símbolo de la búsqueda espiritual del hombre moderno); hay judaica (la alienación del judío en el mundo).
En vida, Kafka publicó mayormente relatos. Sus tres novelas son póstumas: El Proceso (1925), El Castillo (1926), y América (1927). Fueron traducidas muchas veces, y adaptadas para obras de teatro, óperas, y filmes.
Kafka fue aclamado como el intérprete de la angustia de vivir; el Teatro del Absurdo es impensable sin él. Inició una renovación general de la literatura occidental, y es víctima de su éxito: su prosa es frecuentemente leída en búsqueda de arquetipos preconcebidos.
Nos asomamos a ella, sabedores de que Rusia representa la existencia distante y solitaria, escribir una carta es el modo de catarsis y de inserción social, o mirar a través de la ventana es el recurso habitual para denotar aislamiento. Quien conoce los símbolos más recurrentes, tiende a aplicarlos a modo de decodificación del texto, y a veces se ve compelido a buscar, desde la primera línea, "el mensaje” característico y privativo del autor, más que con otros creadores.
Como agravante, al buscar mensajes en Kafka, el biografismo se impone por sí solo, y no podemos evitar reconocer, en las dudas de sus personajes, las tormentas por las que atravesaba el autor, nítidamente registradas en sus diarios y epistolario.
Es un germanoparlante en una ciudad checa; un hombre lleno de dudas y de una ardiente sed de fe, entre ibrepensadores; un escritor nato y obsesivo, entre gente de intereses comerciales; un joven enfermo, entre los sanos; un amante tímido y neurasténico, entre relaciones que exigen lo erótico.


EL JUDÍO KAFKA

Lo judaico fue central en su obra, sobre todo a partir de que su íntimo amigo Max Brod publicara sus novelas.No hay duda de que Brod, su editor, socio espiritual y albacea, fue el pionero, gracias a la fascinante biografía de 1937, y a los muchos artículos posteriores. Por mérito de Brod, difícilmente pueda hallarse hoy un crítico que subestime la presencia de simbología y referencias judías en la obra de Kafka. Paradojalmente, la palabra judío no figura en su rica narrativa. Kafka nos enfrenta a un dilema: pese a la falta de personajes judíos explorables, somos conscientes de la importancia que su propia judeidad tuvo en su vida, y sabemos que su biografía se entrelaza con su obra.
Además de Brod, dos intelectuales rubricaron la conciencia colectiva acerca del judeocentrismo kafkiano. Gracias a esa terna, el lector contemporáneo sabe abordar las obras de Kafka como las de un judío.
Dos fueron israelíes, y se inclinaron por el judaísmo simbolizado o expresado en su obra. El tercero fue checo, y puso el énfasis en el interés de Kafka por su pertenencia al grupo judío.
El segundo, Gershom Scholem, el padre del estudio científico de la cábala, ratificó la presencia del judaísmo en Kafka desde la perspectiva de hurgar influencias cabalísticas. Scholem sostuvo que "aunque inconsciente de sí mismo, en sus escritos Kafka da una representación secular de la concepción cabalística del mundo”. O más aun: “Para entender la cábala hoy, uno debería entender las obras de Franz Kafka, especialmente El Proceso”.
Dos principios básicos de la cábala son: la creencia en la unidad de todo lo que es, y que el conocimiento del mundo y de Dios tienen aplicación práctica. Esta sabiduría le permite a los humanos conducirse: la pequeña conducta de los pequeños humanos, debe contemplarse desde la eternidad. Las acciones de los hombres tendrían consecuencias en los mundos del más allá, y tarde o temprano provocarían reacciones desde ese reino.
Se agrega a Brod y a Scholem, el historiador literario Edward Goldstuker, primer embajador checo en Israel, fallecido en el 2000 en Praga. También él rescató al Kafka judío.
En 1951, Goldstuker fue condenado por el régimen stalinista a cadena perpetua. Ocho años después fue liberado, y poco después aprovechó exitosamente un exabrupto de Jean Paul Sartre, para producir una grieta cultural en el totalitarismo. Sartre, durante el “Congreso por la paz” de Moscú en 1962, formuló la sorpresiva exigencia de que se diera fin a la persecución contra la creación kafkiana en el mundo comunista. Golstuker se lanzó de inmediato a organizar la conferencia de Liblice, que en mayo de 1963 puso fin al tabú en el país natal de Kafka.
Su siguiente audacia fue preparar una exposición sobre Kafka, primera en su género en el mundo entero. La exhibición llegó a Berlín, París, Amsterdam, Nueva York y Jerusalén, y reveló al gran público los aspectos desconocidos acerca de la identificación judía del escritor. El tabú antikafkiano había sido quebrado, y se levantaba el veto sobre la literatura kafkiana y su judeidad. A ésta remiten los estudios kafkianos a partir de Brod, Scholem y Goldstuker.
Kafka concurrió a las clases de Talmud del profesor Harry Torczyner (Tur-Sinai) en el Hochschule de Berlín para Estudios Judaicos. Estudió hebreo, se identificaba con la literatura sionista que leía en el Selbswehr, y planeó trasladarse a Eretz Israel.
Sus principales amistades fueron judíos, incluidas sus novias. Por dos motivos la mención femenil es importante, ya que Kafka se expresa en términos sionistas justamente en sus cartas a las novias. Invita a Felicia Bauer a realizar juntos un viaje a Jerusalén, y le escribe a Milena en la primera carta: "Al menos tiene usted una patria, posesión de la que no todos pueden preciarse". Con Dora Dymant, pensó en radicarse en Israel y abrir allí un restaurante.
La familia cercana de Kafka acentúa su judeidad. En principio, la tragedia del sino judío sobrevino a sus tres hermanas (Elli, Valli, Ottla), muertas en el Holocausto. En el momento de escribir en su diario su nombre judío, Kafka se muestra orgulloso de la familia de su madre: "En hebreo mi nombre es Amschel, como el del abuelo materno de mamá, que era un señor muy erudito y devoto”.
El primer entusiasmo judío de Kafka fue el teatro ídish. Entre 1910 y 1912, asistía a las representaciones de una compañía teatral del Este en el Café Savoy, y en sus diarios abundó acerca del valor de esas obras. Del actor Isaac Loewy escuchaba relatos acerca de la infancia judía en Polonia.
La obra de Kafka constituye un inagotable manantial de símbolos para las distintas corrientes literarias y político-filosóficas de nuestro tiempo. Ernst Pawel, al final de su biografía de Kafka (La pesadilla de la razón, 1984) observó que la literatura que trata sobre su obra ya llegaba a quince mil títulos en los principales idiomas. Se lo reconoció como el precursor del surrealismo, del existencialismo, y de la “filosofía de la angustia” de Kierkegaard.
Aunque Kafka insistía en que “No soy más que literatura y no puedo ni quiero ser otra cosa”, pudo bien haber previsto el tropel de exégesis que generó. Lo que podríamos llamar la filosofía kafkiana está implícita en la forma peculiar de su arte, y no en las ideas que formula. También el judaísmo puede encontrarse en el estilo de Kafka, y no en sus citas.
Meno Spann sostuvo que a veces los críticos de Kafka “no leen el texto cuidadosamente, en su ansia de filosofar acerca de él”. Leyendo cuidadosamente, salta a la vista un contraste de Kafka con la literatura tradicional: en ésta, las aparentes incongruencias de conducta y las contingencies confusas se aclaran ulteriormente, en un final que trae entendimiento y orden (a veces, en un sentido moral, pero casi siempre en un sentido lógico). La singularidad de Kafka es que la parábola queda abierta aun después del final, y por ello apabulla.
En los contenidos, el centro de su obra es el hombre angustiado, miembro de un mundo paradójico e impenetrable, accionado automáticamente, que semeja un túnel oscuro sin salida.
En su forma, es una afluencia de escenas y situaciones percibidas con una intensidad sin precedentes, en la que el detallismo descriptivo cobra una expresión visionaria. La clave de la obsesión hermenéutica kafkiana, reside no solamente en el tipo de relatos, crípticos, sino en el lenguaje utilizado, ambiguo por antonomasia.
Tan grande es la tentación de filosofar que Kafka inspira, que aun la simple oposición generacional, tan justificada en su obra desde lo biográfico, es ascendida a implicancias cósmicas, entendido el conflicto padre-hijo como la lucha entre Dios y la humanidad. Desde una perspectiva más existencial,Thorlby ve en la figura paterna la relación personal de Kafka para con el hecho temible e inescrutable de estar vivo.
Hubo otras alegorías. La nacional señala que el destino del hijo representa en Kafka el de la república de Weimar, y el padre, el del Reich. Por su parte, el enfoque marxista (que como vimos llegó tardíamente a aceptar el valor de Kafka) enfatizó la interrelación casa-oficina y atribuyó la omnipresente alienación al sistema económico imperante.
Los protagonistas de Kafka viven acechados por códigos no verbalizados de los que, a excepción de ellos mismos, toda la gente está al tanto, aunque desinteresada. Los protagonistas son un reflejo del escritor. Jóvenes vacilantes, solitarios, ansiosos, en apariencia inocentes de todo pecado. Tratan de ser muy morales pero se ven enredados en la incertidumbre y la falta de esperanza, por culpa de reglas sociales que no comprenden.
Podríamos contentarnos con asumirlos como una expresión de tedio, de desazón, de angustia del escritor.
O podemos dar un paso más y entender a esos protagonistas como al individuo en lucha contra poderes ubicuos, inaprehensibles, anónimos, que a pesar de determinar sus pasos, al mismo tiempo se oponen a esa marcha. Una persona que va siendo envuelta en una atmósfera misteriosa de temible inseguridad, debido a una ilógica secuencia de eventos, que sin embargo son muy simples. Sin dificultad, hallamos en Kafka mensajes filosóficos, judaicos o cabalísticos. Es notable que esa búsqueda seduzca tanto a los lectores.
Veámoslo en un diálogo de El Castillo. Un agrimensor, invitado a realizar trabajos profesionales en un pueblo adscrito a un castillo, abandona su patria, su familia y su puesto de trabajo para acudir a la llamada, pero al llegar le dicen que en el pueblo no hace ninguna falta, por lo cual se halla, desde un principio, al margen de la comunidad. Emprende una lucha a ciegas para entrevistarse con la administración, autora de la llamada, y que reside en el castillo. Pero el agrimensor K fracasa también en este empeño. El mundo que lo rodea le está vedado, lo aliena, es inextricable.
Brod nos explica que Kafka ha sabido plasmar la lucha espiritual del hombre moderno, que busca a tientas algo que está por encima de él. En El castillo, el alcalde le explica a K que no hace falta ningún agrimensor y que la convocatoria a K ha sido un error. Reproduzco la explicación del alcalde ante la protesta del agrimensor:

“Hay autoridades de control. Por supuesto, su función no es buscar errores... porque no ocurren los errores, e incluso si de vez en cuando ocurre un error, como en su caso, ¿quién puede decir finalmente que se trata de un error?”

La lógica del alcalde es representativa de la escritura de Kafka, en un movimiento doble o triple de interpretación que se autocancela: 1) los errores no ocurren; 2) la convocatoria a K es un error; 3) ¿quién puede decir finalmente que se trata de un error?
Dos problemas surgen de ese párrafo, que encierran buena parte de la singularidad del estilo kafkiano, de su misterio: la contradicción difusa y el metadiscurso.
El primer problema es la yutaposición de argumentos que son válidos en sí mismos, pero que en conjunto se exluyen unos a otros. Podemos recordar el conocido chiste: cuando José le devuelve a Simón, rota, la filmadora que le había pedido prestada, argumenta en su defensa: “Primero, nunca me prestaste ninguna filmadora; segundo, la que me prestaste estaba rota desde el comienzo; tercero, te la devolví en perfectas condiciones”.
Las conexiones entre las partes son retóricas, pero no son lógicas. En los escritos kafkianos abundan las interferencias mutuas entre lógica y retórica. Una de las tareas de la exégesis de Kafka es leer las conexiones. No se trata sólo de que el texto se presta a múltiples interpretaciones, sino que los intersticios que deja no permiten en ningún caso una única interpretación. Siempre insinúan mensajes ocultos. Siempre son elásticos, versátiles, multifacéticos.
Herman Uyttersprot muestra que, estadísticamente, de los autores en alemán, Kafka usa más que ninguno la conjunción adversativa pero. La utiliza de dos a tres veces más que el resto de los escritores.
La causa es la notable complejidad de un alma que no puede simplemente ver y sentir en línea recta, sino que duda y vacila, aunque no por cobardía ni por cautela, sino por la claridad de su visión. Cada pensamiento, cada percepción, cada aserción, viene en Kafka acompañada por un desafío que le murmura: pero...
El alcalde confunde. Pasa de lo factual (“Por supuesto, errores no ocurren”) a la hipótesis (“y si incluso ocurriera”) y de allí a la pregunta (“¿quién puede decir que es un error?”). Pero aquí no termina todo: eventualmente, la autoridad del alcalde (que es quien define la llamada a K como un error o no error) es deslegitimada por la señora en la aldea quien opina que “el alcalde es una persona sin importancia”.
Éste es el segundo problema. Hay un metadiscurso final que cuestiona todo el discurso del alcalde, toda interpretación. Así leemos en El Proceso:

-Yo no soy culpable. ¿Cómo puede ser culpable el hombre?
-Es justo, -respondió el abate- pero así es como hablan los culpables.

Y para colmo, después de enunciar la parábola e interpretarla largamente, el abate concluye “No atribuya demasiada importancia a las interpretaciones”.
Lo que hace de Kafka un escritor judío, junto con su biografía y sus preocupaciones, es su estilo inimitable, que también lo acerca a ser un filósofo.

 

 


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