Terrorismo

Viernes, 24 de Marzo de 2017

2/2/2015 (Nuevo Herald - Miami)

El caso Nisman

NICOLÁS PÉREZ

No hay nada que pese más en la historia de los pueblos que los muertos, sobre todo si han sido ajusticiados. Entonces dejan de ser muertos y se convierten en mártires. Irónicamente muchos mártires han tenido más vigencia que los vivos en el devenir de los pueblos, independientemente de sus estaturas. Algunos han provocado conmociones nacionales y hasta mundiales.

Un caso típico fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa embarazada, Sofía Chotek, en Sarajevo, a manos del estudiante serbio Gavrilo Princip, miembro del grupo nacionalista Mano Negra, que apoyaba la unificación de Bosnia con Serbia, que provocó la Primera Guerra Mundial y en la que se vieron involucradas las principales potencias de la época, con un saldo de casi nueve millones de muertos.

Otro caso representativo fue el magnicidio de José Antonio Primo de Rivera, que fue detenido en 1932 acusado de posesión ilegal de armas y seguidamente fusilado estúpidamente por la República, acelerando el inicio de la Guerra Civil española dado el carisma de la víctima, que "tenía prendidas cinco rosas en las flechas del haz de su corazón". Primo de Rivera era controversial, considerado por algunos como fascista a pesar de su oposición a la guerra y su profundo desprecio y odio por Adolfo Hitler.

Trasladándonos a América Latina, la muerte de El Chivo, al decir de Mario Vargas Llosa, fue provocada, cuando quizás el más sanguinario y brutal tirano latinoamericano, Rafael Leónidas Trujillo, con el error típico de algunas dictaduras de exportar sus censuras y terrorismos a países fuera de su territorio, como el reciente caso de Corea del Norte con la empresa norteamericana Sony, intentó atentar contra la vida del presidente venezolano Rómulo Betancourt primero, y después, secuestró y asesinó en territorio norteamericano al opositor español Jesús de Galíndez, profesor de Columbia University, lo cual provocó la ira de Washington, por lo que la CIA presuntamente estuvo involucrada en el ajusticiamiento de "Chapitas" en el kilómetro 9 de la carretera entre Santo Domingo a San Cristóbal.

En la caída de otro dictador despreciable, Anastasio Somoza, de Nicaragua, pesó el magnicidio del admirado y respetado director del periódico La Prensa, Pedro Joaquín Chamorro.

Y ahora de nuevo, otra muerte violenta de una figura pública, en esta ocasión la del fiscal argentino Alberto Nisman, el día antes de declarar ante el Congreso sobre su acusación de que la presidenta Cristina Kirchner y su canciller Héctor Timerman habían tratado de encubrir la responsabilidad de Irán en el atentado contra la mutual judía AMIA en 1994.

Este supuesto suicidio, como una novela de misterio de Agatha Christie, tiene mil cabos sueltos. Para ninguna de las personas que rodeaban a Nisman, el fiscal daba síntomas de alguien que se iba a dar un tiro en la cabeza precisamente el día antes de culminar su investigación de más de 10 años sobre el Caso AMIA-Irán.

La presidenta argentina, desconcertada y errática, ha dado marchas y contramarchas en sus opiniones sobre el incidente. El primer día dijo que el fiscal se había suicidado por no poder probar ante el Congreso las acusaciones en su contra, y como es de mal gusto acusar a un muerto que no puede defenderse Argentina reaccionó indignada. Entonces la presidenta, solo horas después, cambió su declaración escribiendo en su cuenta de Facebook que no se había tratado de un suicidio.

Como quiera que sea, en política más que la realidad pesan las apariencias, más que los hechos la percepción de los mismos y el pueblo de Argentina hoy recuerda las palabras de uno de sus próceres, Domingo Faustino Sarmiento, cuando dijo: "¡Bárbaros, las ideas no se matan!", y perciben que la presidenta Cristina de uno u otro modo jugó un importante papel en la muerte de Nisman.

El brillante periodista argentino Andrés Oppenheimer le ha ofrecido a Cristina una salida decorosa a la crisis: nombrar un fiscal especial independiente o invitar a expertos creíbles de otros países para dejar claras las causas del magnicidio.

Estupenda idea, pero dudo que Cristina la acepte, ahora menos que nunca, porque entre los posibles autores intelectuales del caso AMIA está implicado el actual presidente iraní, Hassan Rouhani. 

La credibilidad de la justicia argentina está por el suelo a nivel mundial, y todo indica que este incidente será el puntillazo final que borre del mapa casi siete décadas de influencia peronista.

Finalmente, como soy cubano y la cabra siempre tira al monte, es imposible que no les deje a mis lectores como ejercicio de análisis una pregunta que siempre resurge cuando tocamos el tema mi compañero de prisión Alfredo Elías y yo: ¿es posible que la influencia castrista dure en Cuba 70 años?

 

 


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