Holocausto

Jueves, 23 de Marzo de 2017

1/2/2015 (Nuevo Herald - Miami)

Auschwitz no debe desaparecer de la memoria

GINA MONTANER

Con motivo del 70 aniversario de la liberación de Auschwitz, volvemos a ver las escalofriantes imágenes del campo de concentración donde los nazis llegaron a exterminar a más de un millón de judíos de los seis millones que masacraron en su carrera hacia “la solución final”.

No es la primera vez que contemplamos con espanto aquel lugar donde, para quienes lograron sobrevivir, todos los días eran un infierno inimaginable. Tampoco es la primera vez que escuchamos los desgarradores testimonios de las víctimas del Holocausto. Pero tal vez sea la última ocasión de ver con vida a hombres y mujeres que entre 1942 y 1944 fueron arrancados de sus hogares en la Europa ocupada, para acabar hacinados en trenes que los conducían a una muerte casi segura. Setenta años después de la liberación de Auschwitz, los últimos supervivientes inundan las radios, la televisión y los diarios para recordarnos una vez más que lo inconcebible puede suceder.

Han sido días en los que un simple trayecto en la autopista se ha transformado en un viaje hacia la tristeza más honda. Escucho en NPR a un superviviente de Auschwitz que sólo tenía 14 años cuando perdió a toda su familia, y en vísperas del día de la liberación sus verdugos le dispararon en el cuello. Aquel muchacho logró llegar a Estados Unidos y, pasado el tiempo, regresó en busca de una mujer que le lanzaba mendrugos de pan al otro lado de las alambradas; llegó a encontrar a aquella alma caritativa y le pudo agradecer un gesto que en aquel entonces era heroico. Este anciano que habla con voz temblorosa rememora con templanza el episodio más traumático que pueda sufrir un hombre.

Y si este superviviente de Auschwitz todavía hoy evoca con emoción a esa salvadora que le trasmitía calor humano, Eva, otra víctima del campo de exterminio, lo que no puede olvidar es la indiferencia de sus amiguitas el día en que su familia fue conducida hasta los trenes de la muerte. En Voices of Auschwitz, un magnífico documental emitido por CNN con el auspicio de Steven Spielberg, esta mujer recuerda que, con sólo diez años de edad, no podía comprender por qué sus compañeras de colegio y vecinos ni siquiera les decían adiós cuando las tropas de la SS se los llevaron como apestados de la localidad donde habían sido una familia próspera y querida. En Auschwitz, Eva y su hermana gemela fueron sometidas a todo tipo de experimentos que dirigía el siniestro doctor Mengele. Cuando cayó enferma, el propio Mengele le dijo que estaba sentenciada a muerte si ya no le era útil para sus perversos estudios. Poco después, los liberadores soldados rusos irrumpieron en aquel moridero y las dos hermanas emprendieron una nueva vida. La voz y los ademanes de Eva son pausados, sin rastro del odio que, nos dice, le habría impedido vivir plenamente.

Han sido días de lágrimas inevitables y una oprimente zozobra. No hay otra manera de revivir el Holocausto pero, a la vez, la maravilla de escuchar los testimonios de supervivientes que no se dejaron arrastrar por la inmundicia de sus victimarios. Sencillamente no miraron atrás, pero han tenido presente la importancia de divulgar una y otra vez la monstruosidad del nazismo, porque ellos son la prueba viviente de que las pesadillas se materializan. De hecho, el horror surgió y se esparció desde un país sofisticado y altamente educado. Otras de las supervivientes que habla en el documental recuerda cómo su familia formaba parte de la cultura alemana, siguiendo la tradición de que cada miembro tocara un instrumento. A ella la salvó en Auschwitz ser diestra con el violoncelo, lo que le permitió refugiarse en la orquesta y así sortear la muerte.

La pregunta que se hace esta mujer que tras la liberación llegó a tocar en las más prestigiosas orquestas de Inglaterra, es la esquizofrenia de unos asesinos que instalaban hornos crematorios y, a su vez, deleitaban sus oídos con las piezas que tocaban los judíos en Auschwitz. Es la sinrazón del horror. Desde entonces, mucho se ha hablado y citado la reflexión del filósofo Theodor Adorno, “Escribir poesía después de Auschwitz es una barbarie”. Adorno hacía referencia al fracaso de una cultura que no sólo no impidió el Holocausto, pero además fermentó los descabellados prejuicios de un tipo como Hitler. En aquel mundo tan cultivado se avivaron los instintos más bajos y criminales contra una minoría que fue víctima de las supercherías más elementales.

En el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz, lo más conmovedor es que las voces que quedan se están apagando. Aquellos niños y niñas que se hicieron mayores de golpe y con la crueldad más inusitada, un día no tan lejano ya no estarán entre nosotros para sacudirnos de la adormecida rutina y recordarnos que los cuentos de horror pueden ser reales.

 

 


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