Medio Oriente

Mi�rcoles, 29 de Marzo de 2017

11/10/2010 (El País - España)

Los cristianos, la sal de Oriente Próximo

Javier Valenzuela

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Uno de los momentos más hermosos y prometedores de las protestas populares que, el pasado invierno, terminaron derrocando a Hosni Mubarak fue aquel fin de semana en que, durante el viernes, los manifestantes cristianos de la plaza de Tahrir protegieron los rezos de sus hermanos musulmanes y, durante el domingo, los musulmanes hicieron lo mismo con los de los cristianos. Se dibujaba así el sueño de un Egipto democrático en el que pudieran convivir pacíficamente todas sus confesiones religiosas.

Los sangrientos sucesos de ayer en El Cairo han confirmado que aquel sueño va a ser de difícil, muy difícil, realización.

Llueve sobre mojado. El día de Año Nuevo de 2011 se produjo un salvaje atentado contra una iglesia cristiana de Alejandría. Incluso en una región tan acostumbrada a la violencia sectaria como Oriente Próximo, aquella atrocidad destacó por su siniestro significado: las minorías cristianas de la región, allí presentes mucho antes del nacimiento del profeta Mahoma, están en el punto de mira de los salafistas y otras versiones retrógradas, milenaristas y violentas del islam.

Los cristianos del Valle del Nilo, llamados coptos —palabra que viene de cómo los griegos denominaban a los egipcios de los tiempos faraónicos—, llevan unos cuantos lustros sintiéndose perseguidos por los contemporáneos fundamentalistas musulmanes y por el populacho que estos logran movilizar. Particularmente, en la zona de Asiut y Asuán, donde se combinan una fuerte presencia secular de coptos con una importante implantación de las ideas islamistas, los ataques y enfrentamientos son moneda corriente desde los años ochenta del pasado siglo. A esto se suma el sentimiento de que los regímenes de El Cairo —ayer Mubarak y hoy la junta militar que debería liderar la transición a la democracia— los discriminan política y económicamente. El resultado es una emigración constante de la burguesía y la clase media copta hacia aquellos países occidentales que les abren las puertas.

La pluralidad secular de Oriente Próximo está en manifiesto peligro de extinción.
La tragedia es generalizable a todas las minorías cristianas de Oriente Próximo. Considerados, y con razón, árabes por los israelíes y los occidentales, y cristianos, y en consecuencia cómplices de los nuevos “cruzados”, por los movimientos islamistas, los supervivientes de las antaño poderosas iglesias de Oriente se sienten atrapados entre el martillo y la pared y solo piensan en irse. Los cristianos de Egipto, Palestina, Líbano, Siria e Irak, la sal de la zona, emigran en masa, en una sangría que ya alcanza a varios millones de personas en el último medio siglo.

Para la humanidad en su conjunto esto es un desastre. La pluralidad secular de Oriente Próximo está en manifiesto peligro de extinción.

En el siglo VII, cuando el islam arrancó de Arabia y conquistó los imperios persa y bizantino, el cristianismo era la religión mayoritaria en Oriente Próximo. Jerusalén, Alejandría, Antioquía y Constantinopla eran las sedes de los patriarcados greco-ortodoxo, armenio, maronita, copto y nestoriano, que se disputaban entonces las almas de los fieles. Lógico: el mensaje cristiano comenzó a extenderse por el mundo a partir de la región natal de Jesús de Nazaret.

Con el paso del tiempo, la gran mayoría de los cristianos de Oriente abrazó el islam por convicción o conveniencia. No obstante, millones de personas, aunque adoptando la lengua y cultura árabes, guardaron su fe en Líbano, Siria, Irak, Palestina y Egipto. Salvo durante cortos periodos de persecuciones, esos cristianos vivieron en paz bajo el dominio musulmán. Al igual que los judíos, pertenecían a un pueblo del Libro, y el islam toleraba sus creencias.

Los cristianos del Valle del Nilo llevan unos cuantos lustros sintiéndose perseguidos por los contemporáneos fundamentalistas musulmanes y por el populacho que estos logran movilizar
Tras la independencia de los países árabes del colonialismo francés o británico, los cristianos de Oriente solo consiguieron construir un país a su medida: Líbano. En los años setenta, en el momento del comienzo de las guerras civiles, un millón y medio de árabes cristianos vivían en el país de los cedros, exactamente la mitad de su población. Hoy, los cristianos libaneses —maronitas y otros— ya no son mayoritarios allí. La causa radica en su constante éxodo y en el ascenso demográfico de los musulmanes chiíes.

Numéricamente, la más importante comunidad cristiana de Oriente es la egipcia: un 8% de los 80 millones de habitantes del valle del Nilo. Los coptos han aportado el único secretario general de Naciones Unidas árabe: Butros (Pedro en árabe) Ghali, que antes había sido viceministro de Exteriores de su país.

En el siglo XX, los cristianos orientales estuvieron a la vanguardia de los movimientos panarabistas. Muchos tuvieron papeles importantes en grupos que se reivindicaban del nacionalismo árabe laico y socializante, una corriente que les protegía frente al fundamentalismo islamista. Entre ellos, los dirigentes radicales palestinos Nayef Hawatmeh y Georges Habache; el sirio Michel Aflaq, fundador del baazismo, de fuerte implantación en Siria e Irak, y Tarek Aziz, que fue ministro de Asuntos Exteriores de Sadam Husein.

Hoy, la democracia que persigue la primavera árabe es la causa política más abrazada por los cristianos de Oriente. Y puede decirse que, sea en Egipto o en cualquier otro país árabe, no podrá hablarse de una democracia mínimamente aceptable si no son abolidas las discriminaciones que castigan a las minorías cristianas y a las mujeres. No es fácil.

 

 


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