Holocausto

Sabado, 25 de Marzo de 2017

4/1/2015 (Revista Salomón)

Del Sentido de la Muerte en los Campos de Concentración

ARIEL PECKEL*

Para tratar el tema del sentido de la muerte en los campos de concentración, comencemos por mencionar el sentido de la vida. Para el psicólogo y sobreviviente de campo de concentración Victor Frankl, encontrarle un sentido a la vida era la condición sine qua non para la supervivencia en los campos. Sin embargo la alternativa -el perder el sentido de la vida- fue para incontables prisioneros la opción más prevalente y menos dolorosa entre las dos. El mero acto de intercambiar un trozo de pan por un cigarrillo en el lager, menciona Frankl en su obra El hombre en busca de sentido, era indicación inequívoca del abandono de dicha búsqueda por parte del prisionero, que a cambio de buscar prolongar su existencia y así ratificar el propósito de la misma decide deleitarse con un último placer antes de someterse a lo inevitable.

Que la vida, pues, haya carecido de sentido alguno para los prisioneros en los campos no sorprende. Lo sorprendente es el sentido que la muerte llegó a adquirir; y sobre todo, a perder. A continuación exploraremos testimonios de diversos filósofos del Holocausto acerca de la cuestión del sentido de la muerte, comenzando por el sobreviviente de Auschwitz Jean Améry.

La muerte histórica y tradicionalmente es evaluada, dice Améry en su obra En los límites de la mente, en cuanto a sus valores estéticos. El coraje del mártir, el heroísmo del soldado que cae en batalla y el misticismo que rodea a la muerte son cualidades que han caracterizado a la muerte desde tiempos inmemorables. El martirio en el lager, sin embargo, carecía de sentido alguno -tan inconsecuente como la pataleta de una gallina antes de ser degollada. En el lager, arguye Améry, todo sentido estético de la muerte se pierde.

Al lograr que la muerte y los muertos formaran parte permanente del panorama del lager, relegándolos así a la categoría de lo banal y lo mundano, se genera una indiferencia absoluta por parte de los prisioneros para con la muerte y los muertos, por tanto disolviendo todo último rasgo de valor estético que aún encarnaban. Como demostración de este enunciado, Améry recuenta un episodio en el cual él y un grupo de prisioneros se encaramaban sobre una pila de cadáveres, como si fuese un conjunto de objetos inánimes tan ordinarios como las piedras. A tal punto se reducía la muerte a la trivialidad. De forma similar, Victor Frankl observa que la muerte y los muertos tenían un valor instrumental -y nada además- para los prisioneros vivientes. Cadáveres eran saqueados por sus pertenencias materiales que ahora se prestaban a la reapropiación, como zapatos y abrigos, utensilios de cocina, y hasta trozos de pan que el prisionero difunto guardaba para comer o intercambiar.

Un último ejemplo que nos interesa es el que presenta Elie Wiesel en su novela autobiográfica y obra maestra Noche. Tras años de supervivencia en Auschwitz y Buchenwald, el protagonista de Wiesel describe su reacción a la muerte de su padre, quien a pesar de las desventajas físicas relativas a su edad, logró acompañar a su hijo durante la mayoría del penoso camino. Una mañana, el protagonista de la obra despierta en la barranca para darse cuenta que su padre ya no está, evidencia de que este ha muerto la noche anterior y que su cuerpo ha sido removido del lugar. El protagonista luego admite, con vergüenza, que lo primero que siente al ver que su padre ha muerto es alivio -pero no porque el sufrimiento de su padre haya llegado a su fin, sino porque la agobiante responsabilidad de encargarse de su padre que tanto le ha costado durante sus años en los campos ha cesado finalmente.

Menciono lo anterior no con el fin de realizar un juicio ético el cual no estamos equipados para hacer, sino porque es evidencia crítica de lo que, según Hannah Arendt, constituyó el arma más ingeniosa y macabra de los nazis: quitarle el sentido a la muerte. El proyecto nazi vis-à-vis los campos de concentración consistía en una depreciación sistemática del sentido de identidad de los prisioneros judíos. A los prisioneros los rapaban, afeitaban, y los vestían iguales para hacerlos indistinguibles el uno del otro, reduciendo así su individualidad a dígitos, a entes abstractos y prescindibles que no tenían importancia alguna ni dentro ni afuera del campo. De este modo, dice Arendt, los nazis lograron algo extraordinario en los campos: que los judíos marcharan por sí mismos a las cámaras de gas. Muy pocos intentos de resistencia se dieron por parte de los prisioneros en estas marchas hacia la muerte segura, y en este hecho se refleja el logro cumbre de la elaborada maquinaria de matanza nazi: la destrucción total del individuo, llevada a cabo a tal punto que ni siquiera su muerte dejaría legado de que alguna vez existió. Los prisioneros despachados en hordas por los nazis hacia las cámaras de gas ya estaban muertos.

Para los sobrevivientes, el sentido que adquirió la vida giró alrededor de un destino común: ser testigos de los acontecimientos y las atrocidades que presenciaron. Apenas llevado a cabo este propósito de tan suma importancia, Jean Améry, unos treinta años después de su liberación de Auschwitz, se entregó por mano propia a la sentencia inquebrantable de todo prisionero de los campos de concentración -sentencia que seguía vigente.

No es que Améry haya tomado su propia vida treinta años después de Auschwitz. Es que Auschwitz tardaría treinta años más en terminarlo de matar.

* Estudiante de Filosofía, Universidad de Toronto, Canadá

 

 


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