Holocausto

Sabado, 25 de Marzo de 2017

27/1/2014 (Comite Central Israelita de Uruguay)

Diarios de adolescentes víctimas del Holocausto. Los grandes chicos que no pudieron crecer

Aquellos que relativizan el Holocausto negando su especificidad y asimilándolo a otras terribles matanzas ocurridas en la Humanidad, suelen pasar por alto un detalle: un muy alto porcentaje de las víctimas de la Shoá fueron niños. Un millón y medio en seis. El genocidio fue planificado de tal modo que hasta el último bebé judío de la Tierra debía desaparecer.

Los niños judíos crecían mientras sucedía el Holocausto. Se habla a menudo de la extrema madurez de los rostros que han quedado como registro en las fotografías, por ejemplo, del gueto de Varsovia.

Tuvieron que convertirse en una suerte de adultos precoces, aunque fueran niños y adolescentes.

De los múltiples textos que se han generado en la gran matriz de vivencias inexplicables, -inefables- de víctimas de la Shoá, resaltan los diarios íntimos de aquellos que se hallan en la pubertad o en el inicio de la adolescencia.

Además del de Ana Frank, recientemente han salido a la luz dos diarios extraordinarios: El cuaderno de Rutka Laskier y el Diario de Praga, de Petr Ginz. Ninguno de sus tres autores sobrevivió a los lagers (campos de exterminio). Los dos últimos murieron gaseados en Auschwitz.

El diario, a diferencia del libro de memorias, tiene una inmediatez exclusiva. A pesar de que, por ejemplo, un Primo Levi ya comenzara a pensar su libro Si esto es un hombre en el propio Auschwitz, y en 1946, ya salido del espanto, se dedicara de inmediato a escribir, el hecho de estar contado a posteriori, y en calidad de sobreviviente, le aporta una perspectiva histórica, una evaluación, una meditación a la vista de los resultados.

Los diarios de los adolescentes judíos que se conservan siguen día a día el horror, su vida es provisoria, siempre cabe la posibilidad de que una aktion (una redada) los volatilice en humo. Y además, son adolescentes. Es la edad donde los adultos se convierten en extraños, y la piedad que inspiran los niños cambia de perspectiva ante esos chicos que comienzan a sobrellevar el cambio de su cuerpo en las peores condiciones posibles. Ante la real posibilidad de la muerte inmediata, ser virgen, nunca haber recibido un beso, se complejiza. A ello debe sumarse el hecho de convertirse en súbitos adultos en muchos aspectos, como por ejemplo, el de trabajar como esclavo, que es el caso de Peter y de Rutka, o en ser el primer deportado solitario de su núcleo familiar, como es el caso del chico checo.

Ana, escritora vocacional

El celebérrimo es El diario de Ana Frank, que llegó a ser el libro más vendido del mundo, y que a pesar de haber sufrido cuestionamientos de su veracidad por parte de negacionistas, un equipo de expertos holandeses verificó con todas las armas de la tecnología la autenticidad de la caligrafía, el papel, la tinta y todos los detalles que confirman que esas líneas iniciadas en un cuaderno a cuadros naranjas el domingo 14 de junio de 1942 fueron escritas por una chica entre sus trece y quince años, con una identidad única y una historia singular que resume un estadio crítico de la Humanidad. El diario de la púber Ana fue continuado durante más de dos años en el increíble encierro del Escondrijo de una buhardilla de Amsterdam, y constituye el testimonio de una vivencia extrema –el judío europeo que debe permanecer oculto para no caer en las destructivas redadas que perpetraban los nazis y sus cómplices de los países ocupados-.

Su merecida popularidad no se debe exclusivamente a que constituye un documento único, meticuloso, aunque sin duda también lo es. Ana, encerrada, mientras las hormonas bullían por su cuerpo y escuchaba por la radio cómo los nazis iban siendo derrotados en la contienda, también veía un futuro ante sí, presentía una vida que incluía la profesionalización de la escritura, de la cual era consciente dado que explicitó la pulsión de su vocación, y también la complejidad de la sexualidad y el amor. El 4 de agosto de 1944 este proyecto vital se vio interrumpido por una delación y un allanamiento: la Gestapo irrumpe en la vida cotidiana de la oficina en la cual alguna vez Otto Frank fue el jefe -convertido ahora en una sombra en el desván-, y los ocho escondidos son inmediatamente deportados.

La fiel secretaria de Otto, Miep Gies, acude al lugar destrozado luego del allanamiento y ve, como un imán, el diario de Ana tirado en el suelo, los papeles de la hija menor de Otto con su clara letra revueltos entre tanta cosa rota. Miep conservó los papeles sin leerlos y los entregó al único que regresó vivo de los campos, Otto, que dedicó el resto de su vida a la publicación y promoción de ese tesoro, de esa herencia inigualable que su hija le había dejado a él y al resto de los seres humanos. Su mensaje pacifista resuena en el siglo XXI: “¿Por qué se gastan cada día millones para la guerra y no hay un céntimo disponible para la medicina, los artistas y los pobres? ¿Es que acaso Ana creía que la guerra era inherente al ser humano, ¿una condición aciaga de su existencia?

Cuando se recorre el museo de Yad Vashem, en Jerusalem, de las múltiples imágenes que interpelan al visitante se destacan una fila de fotos, horizontales, en medio de los pasillos: son imágenes de las fuerzas nazis ocupando Holanda, y una multitud rubia, rozagante, agitando banderas y pañuelos: felices holandeses que apoyaron la ocupación y que colaboraron abiertamente con el régimen. De hecho, de los 150.000 judíos que vivían en Holanda se calcula que solo sobrevivieron una cuarta parte. Es sabido que allí de los 10.000 judíos que se mantenían escondidos durante la ocupación 5.000 fueron delatados.

Rutka, la rebelde

Muy distinto es El cuaderno de Rutka Laskier, aunque a su autora se la ha llamado la Ana Frank polaca. Rutka vivió en el ghetto de la ciudad de Belçiec, y escribió, durante unos meses de 1943, un diario que escondió, ante la inminencia de su deportación, atrás de un escalón del apartamento donde vivía confinada su familia en un cuarto. La dueña del inmueble era una chica cristiana, que cada tanto iba a ver su ex casa que ahora ocupaban por orden de los nazis familias judías. La chica se hizo amiga de Rutka, y esta le confió que cuando la deportaran hacia la muerte, quería que su diario sobreviviera. Al acabar la guerra, Sapinska volvió a su casa en ruinas, buscó bajo el escalón, y allí estaba el cuaderno de su amiga. Lo leyó durante toda su vida, pero solo a los ochenta años le confesó a un sobrino que lo tenía. El sobrino, enseguida se percató de que aquello era un documento invalorable, y así fue como el diario de Rutka comenzó a circular en el siglo XXI.

La gran diferencia entre Ana y Rutka es la pérdida de la fe. Tienen la misma edad, pero Rutka ya no cree en Dios y está al tanto de todas las aberraciones que los nazis cometían en Auschwitz y en su propia cara: “Vi, con mis propios ojos, cómo un soldado arrancaba a un bebé de las manos de la madre y le abría la cabeza a golpes contra un poste. Los sesos de la criatura salpicaron la madera. La madre enloqueció”. Pero su cuaderno no es el de una escritora en ciernes: es el de una adolescente rebelde, llena de ganas de hacer el amor (se acaricia los senos cuando se ducha), de probar con distintos chicos, ganas de ser comunista, de matar nazis: “Todo mi ser se encoge cuando paso junto a un alemán. No sé si es culpa del pánico o del odio, me gustaría torturarlos a ellos a sus esposas y a sus hijos”. Pero esta rebeldía se mezcla a veces con un sentimiento de nihilismo profundo: por momentos no cree en nada, no le interesa nada, no siente nostalgia por nada. Pero es contradictoria, y lo explicita: “Otros días me invade una añoranza por algo hermoso y lejano”.

Petr, el chico nerd

El diario de Praga de Petr Ginz (1941-1942), también se recuperó azarosamente. Cuando la nave espacial Columbus estalló, uno de los astronautas muertos era un israelí que se había llevado consigo como símbolo de su pueblo un dibujo de un chico muerto en Auschwitz: ”Paisaje lunar”, de Petr Ginz. En Praga, un hombre que había comprado un viejo edificio lleno de papeles, había rescatado los cuadernos hechos por un chico judío que había terminado deportado a Terezin. El hombre comprendió que los papeles que conservaba pertenecían al autor del dibujo y avisó a Yad Vashem, en Israel: el Diario era auténtico, era de Petr y salió a luz en 2004.

A diferencia de Ana y Rutka, Petr lleva un diario que parece una agenda minuciosa y lacónica. Él tenía vocación de escritor (escribía novelas desde los 8 años, a lo Julio Verne), pero utiliza sus cuadernos como una constancia de que aún está vivo: “Por la mañana en casa, por la tarde en el colegio”. Entre sus observaciones cotidianas mínimas se filtra, como un goteo implacable, cómo los nazis acorralan a los judíos. Él era hijo de un matrimonio mixto (su madre no era judía), y las leyes nazis establecían que los hijos mestizos debían ser deportados a los 14 años. Petr inaugura su diario dibujando la estrella amarilla que le hacen llevar de ahí en más, pero su discurso es absolutamente positivo: siempre está lleno de proyectos, dibuja, hace grabados, piensa novelas, construye inventos, edita una revista y saca sobresalientes en el colegio, en la escuela judía a la que lo han obligado a ir los nazis. Lee frondosamente. Es como si opusiera a esa creciente asfixia su creatividad para conjurar el espanto que se sucede en las calles de Praga y que él describe con mínimas palabras. Hay momentos de gran emoción, que aún más espeluznan por la forma escueta que tiene de narrar Petr: el atentado contra Heydrich y las vengativas medidas de los nazis, la búsqueda de los que lo cometieron y ayudaron, el “transporte” (eufemismo por deportación) de los compañeros de Petr, parientes, profesores -día a día-, y lo que es más simbólico: Praga sin el sonido de sus múltiples y centenarias campanas, porque los nazis las habían robado para fundirlas en metralla.

Diario de Praga (1941-1942), de Pietr Ginz, Acantilado, Barcelona, 2006, 184 pág.

El cuaderno de Rutka, de Rutka Laskier, Suma/Santillana, Madrid, 2008, 161 pág.

Diario, de Ana Frank, (versión completa con inéditos), Debolsillo/ Sudamericana, 2004, 297 pág.

*Escritora, periodista y profesora de Literatura. Egresada de Yad Vashem e integra el equipo de Centro Recordatorio del Holocausto.c

 

 


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