Noticias

Las armas químicas de Asad

El Pais - España 2010-01-09
José Ignacio Torreblanca**

Ocurrió a finales de noviembre, y lo intuimos por las declaraciones de Obama advirtiendo en público a Asad que el uso de armas químicas contra su población provocaría una intervención armada de Estados Unidos, pero no lo hemos confirmado hasta ayer cortesía del New York Times (Joint push halted Syria™s step toward chemical use). Al parecer, fueron los satélites espía israelíes, siempre pendientes de su vecino sirio, los que lo descubrieron. Fuerzas militares sirias habían comenzado los preparativos para armas bombas de 500 libras (227 kg) con gas sarín para ser cargadas en los cazas de la Fuerza Aérea siria que constantemente baten las posiciones de la insurgencia. Las estimaciones de la inteligencia israelí, refrendadas ahora por los servicios de inteligencia alemanas, dicen que en las actuales circunstancias, si Asad diera luz verde a su empleo, sus cazas tardarían menos de cuatro horas en emplearlas.

¿Se repite la historia? Puede, ¿pero qué parte? Recuerden que la amenaza del uso de armas químicas, posteriormente demostrada infundada, fue la que acabó detonando la intervención militar estadounidense en Irak en 2003. Entonces como ahora, EEUU trazó una línea roja en torno a dicho armamento. Con una diferencia: que lo que entonces se discutía era la “posesión de estas armas, no la voluntad del régimen iraquí de usarlas pues tanto durante la guerra contra Irán (1983-1988) como en el contexto de la represión del Kurdistán Sadam Husein ya había empleado las armas químicas.
A diferencia de Irak, donde se dudaba de que esos arsenales hubieran sido desmantelados, la comunidad de inteligencia da por hecho que Siria posee dicho armamento (e incluso el propio régimen lo ha terminado por reconocer implícitamente). De ahí que la intervención pública de Obama fuera acompañada, según el New York Times, de una gestión paralela ante Moscú para convencer a Putin de que Estados Unidos iba en serio y que el empleo de esas armas significaría que Rusia ya no podría proteger más a Asad.

El desenlace es amargo. Por un lado hay que felicitarse de que Asad haya sido disuadido de dar un paso tan significativo y tan trágico como el empleo de armas químicas (aunque no se descarta que pudiera acabar empleándolas como último recurso si se viera completamente desbordado). Por otro, sin embargo, el mensaje que se ha trasladado a Asad es que si juega bien sus cartas “y no comete excesos, podrá seguir masacrando impunemente a los sirios bajo la protección cómplice de Moscú y Pekín.
¿Pero cómo definir “excesos en un contexto como el sirio? ¿Cuantitativa o cualitativamente? En la masacre de Halabja, ocurrida 16 de marzo de 1998 en el Kurdistán iraquí, el empleo de gas mostaza y otros agentes (Sarín, Tabún y VX), provocó la muerte de entre 5.000 civiles, sin contar los heridos, que duplicaron esa cifra y las muertes por efectos secundarios en los años siguientes. Sin embargo, en Siria, según las estimaciones más conservadores, aunque más fiables, la cifra de muertos confirmados estaría en los 42.434, aunque algunas estimaciones de Naciones Unidas elevan esta cifra hasta los 60.000 muertos.

Bajo cualquier óptica que se emplee, las acciones del régimen de Asad hace tiempo que han alcanzado la calificación de genocidio y crímenes contra la humanidad. El empleo de armas químicas sin duda que desencadenaría una intervención internacional, pero lo relevante aquí es que todo lo ocurrido anteriormente y todo lo que ocurra en el futuro que no rebase esa línea será aceptado, con frustración, pero aceptado al fin y al cabo. ¿Hay masacres cuantitativas y masacres cualitativas?