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Ajad Haam y la educación

Masuah.org 2012-02-22
La Belle Époque no fue tan bella para el pueblo judío. El período entre 1890 y 1914, que para los europeos significó expansión y fe en el progreso, deparó a los israelitas decenas de pogromos que no podían generar el optimismo que, en las capitales europeas, irradiaban conciertos, cafés, teatros y salones. No obstante, sí registraron los hebreos un entusiasmo proverbial: por la palabra escrita.
En efecto, en la historia sionista fue central el rol que desempeñaron los textos, los libros, el vehemente debate de ideas. Cada diagnóstico o exhortación publicada por los grandes pensadores de marras, generaba no sólo debate y sana efervescencia, sino pasos concretos hacia la restauración de Israel. Uno de los más grandes forjadores de aquella fertilidad intelectual fue Asher Guinsberg (1856-1927), conocido por el seudónimo con el que firmó el controversial ensayo que lo lanzó a la fama: Ajad Haam.
Algunos sostienen que la elección del seudónimo revela su erudición rabínica. Aunque significa literalmente “uno del pueblo, la exégesis aclara que se trata del “especial entre el pueblo: el rey (Rashi al Génesis 26:10). Sin embargo, la versión de Ajad Haam mismo indica que “la intención del seudónimo era aclarar que no era un escritor, y no pretendía convertirme en tal.
Pero lo hizo, según sus palabras, con ése, su primer artículo, “se convirtió repentina y accidentalmente en escritor hebreo. Publicado el 15 de marzo de 1889 en el periódico Hamelitz, el texto No es éste el camino constituyó el puntapié inicial de uno de los tres métodos del sionismo moderno: el cultural.
Cabe adelantar que los otros dos métodos fueron el diplomático y el práctico. Deliberadamente no los definimos como corrientes sino como métodos, porque no respondían como las primeras a la pregunta de para qué había que crear un Estado judío, sino que planteaban cómo crearlo, ofreciendo tres respuestas alternativas: la colonización (sionismo práctico), la política (sionismo diplomático), o la educación (sionismo cultural).
Este último tuvo en Ajad Haam a su mentor y líder. Criticaba al sionismo práctico y se oponía a que jóvenes inexpertos y sin capacitación emigraran a Eretz Israel, para eventualmente sucumbir allí ante la malaria y la esterilidad de la tierra.
No todos los judíos inmigrarían a Israel, pero los que lo hicieran crearían allí el centro espiritual para todo el pueblo judío.
Los sionistas culturales consideraban que la migración debía ser el corolario de una sólida conciencia judía, que se lograría por medio de la educación hebrea. Opinaban que los judíos no se hallaban ni intelectual ni espiritualmente dotados para la vida del pionero. Por ello, sólo apoyaron la radicación en el yermo país, cuando ésta se concretaba con el objeto de intensificar la cultura de los judíos eretzisraelitas y transmitirla al extranjero. Una de sus advertencias favoritas era: “No forcéis la meta mientras no hayan sido creadas las circunstancias sin las cuales no puede ser alcanzada.
Esa postura le generó a Ajad Haam, en Eretz Israel, tanto amigos como antagonistas. Los primeros eran los devotos de la obra cultural, como Eliezer Ben Yehuda, el renovador del idioma hebreo por antonomasia. Entre sus adversarios se destacaba el rabino Iehiel Mijael Pines, quien se había radicado en 1878 y priorizaba la obra colonizadora y la labor política. Pines pertenecía a aquellos sionistas que evitaban dotar al movimiento funciones educativo-culturales, porque sentían que las mismas no eran prioritarias y podrían llevar a controversias y divisiones innecesarias.
Ajad Haam nació en hogar jasídico bien acomodado. Sin embargo, sus recuerdos infantiles fueron de penas y rigor, y constantemente se refugiaba en sus estudios. Cuando Asher cumplía doce años, la familia se mudó al villorrio de Guptschise; a los dieciséis ya era maestro de Talmud.
Además de los libros rabínicos, de ética y de jasidismo, comenzó a leer la Guía de los Perplejos de Maimónides, y las obras de Kalman Shulman, uno de los primeros iluministas. Ajad Haam rememora que en una ocasión su padre ingresó en la biblioteca familiar y lo sorprendió leyendo el libro Gan Naúl (Jardín Clausurado) miscelánea filológico-filosófica de Naftali Herz Wessely, uno de los grandes discípulos de Mendelssohn. El padre le pidió que le prometiera que no leería más libros heréticos.
A los diecisiete años Ajad Haam contrajo enlace, y en 1884 se mudó con su esposa y su hija a la gran ciudad, Odessa. Aquí termina Asher Guinzburg y comienza Ajad Haam, quien asistía a las reuniones sionistas en el hogar de León Pinsker.
Cuando las circunstancias apremiaron, Ajad Haam se dedicó a escribir como medio de vida.
Cabe destacar que Ajad Haam publicó su célebre ensayo antes de viajar a la Tierra de Israel. Sus primeros viajes se concretaron recién en 1891 y 1893, y en ellos confirmó su escepticismo acerca del sionismo práctico. Una vez conocida la realidad in situ, Ajad Haam escribió La verdad desde Eretz Israel, artículo en el que hizo un balance socioeconómico y cultural de los débiles asentamientos judíos en Palestina.
La inmensa repercusión de No es este el camino, impulsó a su autor a dedicarse a escribir, y a crear una asociación que defendiera sus principios. Así nació dos meses después, en Odessa, la Benei Moshé (“hijos de Moisés) que perduró ocho años hasta 1896.


Frente al sionismo político

En 1896, Ajad Haam publicó el primer volumen de sus ensayos, bajo el título de En la encrucijada. Al año siguiente fundó el periódico Hashilóaj, desde el cual se desataron casi de inmediato dos sucesivas polémicas acerca del renacer judío.
La primera tuvo como tema el principio nietzschiano de la “transmutación de valores, que había recogido seguidores entre los sionistas. Ajad Haam disintió con “los jóvenes, Mija Iosef Berdyczewski y el rabino Marcus Ehrenpreis, entre otros, que querían ensanchar el uso del idioma hebreo a todas las facetas de la vida, iniciativa que según Ajad Haam resultaba prematura y ponía en riesgo la continuidad judía.
Después de esta controversia, Ehrenpreis abandonó todo interés en el sionismo, y eventualmente adhirió a una suerte de “nacionalismo espiritual.
En su artículo referido al tema, Transmutación de valores, Ajad Haam, aunque sin mencionarlo por el nombre, disiente con el filósofo Hermann Cohen.
Para Ajad Haam, el concepto de elección de Israel no debía universalizarse, porque así, el corporizar el reclamo de justicia terminaría disipándose en una misión universal de los judíos.
La segunda crítica de los sionistas culturales se dirigía, ya no a los sionistas prácticos, sino al tercero de los métodos referidos: el diplomático, cuyos portavoces más destacados fueron Teodoro Herzl y Max Nordau.
En su artículo Sionismo político, Ajad Haam no avizora frutos concretos para las negociaciones de Herzl, y expresa su disgusto por la alienación de Nordau para con la tradición judía.
El Primer Congreso Sionista Mundial (Basilea, 1897) fue el único en el que participó Ajad Haam quien, según sus propias palabras, se sintió allí como “un enlutado en medio de la alegría de los novios.
Cuando se produjo el caso Uganda, Ajad Haam entendió que la idea de suponer que otro país podría atraer la concentración territorial de los judíos, era el triste corolario esperable del hecho de que los sionistas políticos se hubiesen alejado de la cultura judía.
En sus artículos El Estado judío y el problema judío (1897) y Carne y espíritu (1904) expresa su insatisfacción del sionismo herzliano. La diferencia entre Ajad Haam y Herzl era clara: mientras a éste preocupaba la desdicha de los judíos, el primero se abocó a superar la postración del judaísmo: “La condición previa para concentrar la nacionalidad en Sión es concentrar el espíritu de la nacionalidad en el amor de Sión.
La mera creación de un Estado para los judíos, no solucionaría el problema de los judíos, que radicaba en su falta de unidad cultural y conciencia nacional. La función del sionismo era precisamente inspirar tal unidad, creando un centro espiritual en Eretz Israel, destinado a cultivar el liderazgo y la renovación judaicos. Paralelamente, el sionismo debía dedicarse a una tarea educativa sistemática que profundizara el proceso de concentración de diásporas.
A pesar de su escepticismo acerca del accionar político, los seguidores de Ajad Haam sí se unieron en una fracción dentro del sionismo diplomático, que se denominó Fracción democrática. Tuvo como portavoces a Jaim Weitzmann y Martín Buber, quienes bregaban por colocar como pilar del sionismo la tarea cultural-educativa. Paradójicamente, fue un logro del sionismo cultural que el Segundo Congreso Sionista Mundial, de 1898, adoptara la idea de diseminar la cultura judía en la Diáspora como medio de hacer avanzar sus ideales y el renacer del pueblo en su conjunto.
Ajad Haam diferenció entre el malestar físico del judaísmo en Europa oriental y el malestar espiritual de la judería occidental, que también debía ser curado.
A esta curación se refiere en su artículo Servidumbre en la libertad (1891), colocándose firmemente frente a los intelectuales asimilacionistas que “en lugar de criticar a fondo nuestras ideas y demostrarnos nuestro error con pruebas tomadas de la lógica y de la realidad, se proponen aplastarnos citando nombres famosos, sin tomar en cuenta que dicen a veces necedades.
De esos judíos ajudaicos Ajad Haam señala su “servidumbre interior oculta bajo la libertad exterior y en un párrafo vivaz satiriza la reacción de quienes desjudaizaban hasta la judeofobia para sumarse a la humanidad:

Bandidos armados me rodean y yo grito: ¡Socorro, un hombre está en peligro! ¿No es una horrible vergüenza que deba empezar por demostrar que mi peligro lo es también para los demás, para el género humano, como si mi sangre no fuese roja a menos que se mezcle con sangre ajena?


Su labor educativa y ensayística

En muchos aspectos, el mensaje de Ajad Haam sigue vigente y no es aventurado suponer que la mayoría de los judíos son ajadhaamistas sin saberlo: esperan del Estado judío en Israel eminentemente, un centro cultural que inspire judaicamente a la Diáspora entera.
A veces su lenguaje polémico podría ser de uso actual, como cuando pone el ejemplo de “servidumbre moral en Adolfo Franck. Éste, en un artículo de la antología La Gerbe (La gavilla, París, 1890) sostenía que todo judío debería considerar a Francia su primera patria ya que a ésta se deben los frutos de la Emancipación en todos los países. Por lo tanto, arguye Franck, Francia permite al judío, indirectamente, cumplir con su misión entre las naciones.
A ello replica Ajad Haam: si es así, debería ser mucho mayor nuestro agradecimiento para con Jerusalén, que nos confirió esa misión motivo de nuestra existencia, y causa final de nuestra meta. La apasionada conclusión de Ajad Haam es:

¿Debo envidiar los derechos de mis correligionarios occidentales, que son profesores, académicos y altos funcionarios? No y mil veces no. Yo carezco de sus derechos, pero no he abjurado de mi alma. Yo puedo decir en alta voz que me son queridos los hermanos, hijos de mi pueblo, sea cual fuere el lugar donde se encuentran, sin que tenga que pedir disculpas. A mí me está permitido mencionar a Jerusalén y no sólo en la liturgia, sin que nadie me lo cuestione. Yo no tengo necesidad de exaltar a mi pueblo a fin de “disculpar su existencia. Yo sé por qué tengo que seguir siendo judío, o, mejor dicho, no comprendo el sentido de semejante pregunta, como no comprendería que me preguntasen por qué soy hijo de mi padre.
Yo puedo emitir el juicio que mi corazón me dicta sobre las creencias y convicciones que me han transmitido mis antepasados, sin temor a que se rompa por eso el lazo que me une a mi pueblo. ¦ En suma, yo me pertenezco, y mis ideas y sentimientos me pertenecen, y no hay motivo alguno para que yo deba contradecirlas o negarlas, y engañarme a mí mismo o a los demás¦ Y ésta, mi libertad espiritual “ríase quien quiera- no la cambiaré por todos los derechos del mundo.

La mayoría de los miembros de la orden ajadhaamista B™nei Moshé pertenecían a 'Jovevei Sión', los Amantes de Sión, que terminaron organizando la primera inmigración a Eretz Israel. Un grupo de miembros de B™nei Moshé, oriundos de Bialistok, bajo la guía del rabino Shmuel Mohilever, fundaron en 1890 la colonia de Rejovot (veinte kilómetros al Sur de Tel Aviv).
La afiliación exigía de sus miembros un alto nivel de moral y activismo, por el renacimiento nacional. La orden inauguró la primera escuela para niñas en Iafo, y muchas otras escuelas en las nuevas colonias. En Rusia, creó las dos primeras editoriales públicas: Ajiasaf y Tushiá, para publicar obras ejemplares de literatura hebrea.
Por problemas personales y enfrentamientos internos, la orden se disolvió en 1896. Ese año Ajad Haam fundó el mensuario literario Hashilóaj, que él mismo editó hasta 1902.
En 1900, después de un nuevo viaje a Palestina, revela la cruda realidad de los sufrimientos de los pioneros y concluye que el ideal nacional se había desbarrancado. En su óptica, los Amantes de Sión habían sido convertidos, escuetamente, en una agencia de filantropía.
La decadencia de valores entre los colonos hebreos era, en parte, consecuencia de la actitud dictatorial que habían asumido los delegados del Barón Edmond de Rothschild quienes administraban las colonias en Israel. A fin de hacer oír su crítica, Ajad Haam se sumó a la delegación que visitó al barón en París.
Eventualmente se estableció en Israel en 1922.

Uno de sus artículos más profundos se refiere a la figura de Moisés, a la que rescata en toda su grandeza más allá de las conclusiones, a su juicio irrelevantes, que pudiera ofrecer la arqueología sobre la persona de Moisés.
Moisés personifica el motivo de la justicia absoluta, que se ha encarnado en el pueblo hebreo. Y el relato legendario de todo héroe responde a las necesidades del pueblo que lo engendra. Esta verdad revela las fuerzas activas en la vida de la sociedad.
Moisés no es héroe militar, ni político, ni legislador. Es el prototipo ideal de los profetas: el hombre que esgrime la verdad sin ninguna reserva, y que quiere someter la vida a ella, hasta el último extremo. Por ser un hombre de la verdad, es imposible que deje de ser, al mismo tiempo, portavoz de justicia.
Moisés es el prototipo de quien no puede hacer las paces con la vida de la hora presente, porque tiene en mente el ideal. Por eso, la sociedad presente no puede hacer caso de él. El pedido de Dios es justicia, y a ese pedido el profeta consagra su existencia.
La actitud de Ajad Haam hacia la religión era que ésta no debía ser objeto de cambio, sino de desarrollo. Es decir, que en ningún caso, los cambios en ella, debían introducirse deliberadamente.
Su artículo Heridas de amor comienza con una apología de los sabios de Yavne que, mientras el pueblo hebreo guerreaba contra el imperio romano, en el siglo I, se dedicaron a estudiar y mantener encendida la llama de la cultura judaica. Eligieron los problemas eternos en vez de los problemas urgentes, y así salvaron el destino del judaísmo.
La segunda parte del ensayo distingue entre el amor por el pueblo de Israel y el amor por los hijos de Israel. El uno por ciento que se estableciera en Israel, salvaría la existencia colectiva del resto. En el centro del círculo está el alma que da vida a los demás.
Otro artículo especialmente elocuente es el dedicado a León Pinsker, a quien describe como un “hombre formado desde su juventud en la literatura europea, le era extraño el profundo amor por la tierra de nuestros antepasados, mientras que nosotros, discípulos de la Biblia y del Talmud, sentimos desde los primeros días de nuestra infancia.
A los ojos de Ajad Haam, en un solo aspecto se distinguía Pinsker de los demás judíos de su condición y de su época: no despreció la Tierra de Israel. En su libro Autoemancipación (1882) Pinsker se había propuesto “destruir la fe de nuestros correligionarios occidentales en la emancipación, y que ésta se extienda por todos los países¦ ya que el odio a los judíos tiene su origen en un profundo sentimiento natural, una enfermedad del alma que pasa de padres a hijos, mientras que la emancipación no es obra sino del entendimiento y la lógica.
La fuerza irracional del odio no podía corregirse por la fuerza racional de la igualdad de derechos. Pinsker había visto el problema: la hostilidad contra el judío era emocional, y el otorgamiento de derechos era racional. La brillante pregunta de Ajad Haam al respecto fue: ¿cuál es la ventaja de la idea de la autoemancipación sobre la esperanza en la emancipación, si ninguna de las dos brota de lo hondo de nuestro pecho, y toda la diferencia entre ambas consiste en que la una carece de fundamento en el corazón de los demás, y la otra en el nuestro?
Ajad Haam indica: el sufrimiento del judío también es emocional, ergo su autoemancipación tampoco puede ser meramente física.
Según Ajad Haam, Pinsker no se había ocupado suficientemente del problema, porque no atinaba a encontrarle solución adecuada. ¿De dónde tomaremos el sentimiento que se nos ha extraviado, y sin el cual la propuesta autoemancipatorial carece de base sólida?
A pesar de esa diferencia con Pinsker, Ajad Haam pide, en 1892, que sean escritas en letras de oro las palabras de aquel pensador:
“Lejos, muy lejos de nosotros está el puerto que nuestra alma ansía. Pero para un pueblo que deambula hace miles de años, ningún camino ha de parecerle demasiado largo.