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Israel, los Drusos y el Golán

El País - España 2019-03-28

JUAN CARLOS SANZ*   

“Somos sirios, leales a la República Árabe Siria y a nuestro presidente, Bachar el Asad”. Vestido de solemne negro y tocado con un fez blanco, el líder espiritual Jad al Karim Nasser es la quintaesencia del pueblo druso, la minoría religiosa asentada en los Altos del Golán desde tiempo inmemorial. En la misma valla fronteriza de la meseta ocupada por Israel a partir de 1967, y a solo un kilómetro del mirador de la Colina de los Gritos —donde los drusos de Siria se comunicaban en el pasado con sus parientes de Majdal Shams, el pueblo situado más al norte del Golán—, desafía con su poblado mostacho al presidente de Estados Unidos. “La decisión de [Donald] Trump no cambia la situación”, advierte el jefe religioso y líder comunal de la localidad de Buqata, “al contrario, refuerza nuestra voluntad de defender esta tierra”.

El regalo del reconocimiento de la soberanía israelí recibido en la Casa Blanca supone un espaldarazo a las aspiraciones de Benjamín Netanyahu de lograr su cuarta reelección consecutiva en las legislativas del 9 de abril. Para el primer ministro conservador, la nueva tierra prometida del Golán es una de las mejores bazas electorales ante los votantes, entre quienes el consenso sobre la israelidad de la meseta es casi unánime. Amparado por Trump, no ha vacilado en traspasar las últimas fronteras del derecho internacional.

 

 “Hay un principio internacional muy importante: quien empieza una guerra de agresión y después pierde territorio, que no venga después a reclamarlo”, proclamó Netanyahu el lunes en Washington. “Los Altos del Golán nos pertenecen. Allí tenemos raíces históricas; en cuanto se excava un poco, se descubren restos de espléndidas sinagogas”, argumentaba el mismo mandatario israelí que en 1998 negoció con el Gobierno de Siria la devolución de la meseta a cambio de un tratado de paz. “Hemos vuelto al Golán por derecho histórico y por razones de legítima defensa”, remachó, “y ahora el presidente Trump nos lo reconoce”.

El líder espiritual druso Jad al Karim Nasser, ante la valla de separación con Siria en Majdal Shams. Al fondo, base militar siria en la Colina de los Gritos J. C. S.

Israel no va a ceder las alturas sirias que dominan la Alta Galilea y los manantiales del Jordán para que se desplieguen en su lugar archienemigos como la Fuerza Al Quds, el cuerpo expedicionario de los Guardianes de la Revolución de Irán, y sus asociados de la milicia chií libanesa de Hezbolá, aliados ambos del régimen en la contienda del vecino país árabe. “La guerra civil lo ha cambiado todo. Hasta 2010 estuvimos dispuestos a negociar la reintegración del territorio a Siria. Pero es algo que no podemos permitirnos ahora, a apenas 60 kilómetros de Damasco”. Este es el razonamiento del excoronel de inteligencia Kobi Moron, experto en seguridad del centro de estudios IDC de Herzliya (norte de Tel Aviv), mientras señala en Majdal Shams la base del Ejército sirio más cercana al Golán controlado por Israel, que se divisa también en la cima de la Colina de los Gritos.

Solo una décima parte de los 23.000 drusos de los Altos del Golán han adquirido la nacionalidad israelí tras más de medio siglo de ocupación y 38 años después de que la Kneset (Parlamento, sito en Jerusalén) aprobase la anexión del territorio sirio. “Quien se pone del lado de Israel, queda fuera de nuestra sociedad”, enfatiza el jeque druso Naser la sentencia de ostracismo: la peor condena en una comunidad de profundas raíces identitarias.

Israel apenas ha repoblado la disputada meseta, donde se han asentado 22.000 colonos, desde que se la arrebató a Siria en la guerra de los Seis Días. El Golán es hoy el gran parque temático de ocio al aire libre del Estado judío, visitado por cientos de miles de israelíes y un observatorio estratégico sobre el campo de batalla sirio.

Tras la derrota del Imperio Otomano en la Segunda Guerra Mundial, esta tierra fértil y rica en agua permaneció bajo Administración francesa desde 1923 hasta 1947, cuando Siria alcanzó la independencia. “Los israelíes llevamos bastante más tiempo aquí”, se jacta Dimitry Apartsev, el alcalde de Katsrin (en la zona sur de la meseta), que emigró al Estado hebreo desde Lituania (entonces anexionada a la URSS) hace tres décadas. Katsrin (8.500 vecinos) es la mayor localidad judía de los Altos del Golán, un territorio sobre el que se han erigido desde 1967 una treintena de kibutz y colonias israelíes.

Reconocimiento de una realidad

“Nosotros no hemos venido de pícnic a esta tierra. Trump ha legitimado ahora nuestra soberanía al reconocer una realidad”, concluye el regidor ante una fotografía aérea del municipio sobre la que ha señalado planes de expansión para aumentar la población hasta los 40.000 habitantes en 2030.

 En su despacho de Majdal Shams, el abogado druso Johary Kifah consideraba poco antes que la decisión de Trump “no va a cambiar la vida cotidiana en los Altos del Golán”. “Seguiremos siendo drusos sirios bajo control israelí, esto es un hecho, aunque la situación ya no es la misma”, reconocía con pragmatismo. “Hace solo seis meses, al otro lado de la valla se encontraban desplegados los rebeldes sirios de Al Nusra [filial de Al Qaeda]”, recuerda, “ahora patrullan las tropas del régimen y las milicias de Hezbolá”.

Los viñedos plantados por los colonos judíos en las faldas del monte Hermón, que domina el Golán, producen algunos de los mejores vinos kosher (aprobados por el rabinato) exportados desde Israel. A pesar de la patada dada por Trump al tablero del statu quo en Oriente Próximo, las botellas consignadas hacia la Unión Europa deberán seguir llevando en su etiqueta la mención “vino producido en territorio ocupado”.

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