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Medio Oriente en 2019: nuevas alianzas, viejos conflictos

Razón Pública - Colombia 2019-01-16

MARCOS PECKEL*    

En el Medio Oriente las placas tectónicas geopolíticas no han cesado de moverse desde la invasión de Estados Unidos a Irak en 2003 y el estallido de la Primavera Árabe en 2010. 2018 fue un año de realineación de fuerzas en la región como consecuencia de:

  • El final, por ahora, de la guerra en Siria,
  • La salida de Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán,
  • La consolidación del autoritarismo en Turquía, y
  • Las vicisitudes de la casa Saud en Arabia.

El año anterior concluyó además con el descuartizamiento del periodista Jamal Kashoghi en el consulado saudí en Estambul, el descubrimiento de túneles de ataque de Hezbollah que penetran a Israel desde Líbano y el anuncio de Donald Trump de que Estados Unidos, “tras vencer a ISIS”, se retirará de Siria. De esta manera Estados Unidos abandona una región que, aparte de petróleo, no le ha dejado sino sinsabores en los últimos años.

De Rusia depende en buena parte que se pueda mantener un frágil equilibrio entre Irán e Israel para evitar la guerra.

El conflicto regional entre Arabia Saudita e Irán sigue arreciando en diversos frentes. Y Turquía, después de recibir un portazo de Bruselas a su deseo de integración a la Unión Europea, busca revivir los días gloriosos del Imperio otomano. Entre tanto, sunitas y chiitas libran una guerra fratricida aupada por Teherán y Riad.    

El Levante


El 2018 sirvió para consolidar la victoria del al Assad. 
Foto: Wikipedia

El 2018 sirvió para consolidar “la victoria” de Bashar al-Assad y sus aliados Rusia e Irán, en la trágica guerra en Siria, que dejó 600.000 muertos, seis millones de refugiados externos, el país en ruinas y el tejido social aniquilado. Los últimos reductos rebeldes cercanos a Damasco fueron “limpiados” a punta de armas químicas, lo que suscitó un ataque de misiles contra Assad por parte de las potencias de Occidente, sin ningún efecto práctico.

Sin embargo, el país continúa fragmentado territorialmente. El último bastión rebelde en la provincia de Idlib se salvó, por ahora, del asalto aéreo ruso tras un acuerdo promovido por Turquía. El nororiente del país sigue controlado por milicias kurdas aliadas de Estados Unidos. El anuncio a finales del año de la retirada de las tropas norteamericanas de Siria deja a los kurdos a merced de Erdogan, Assad, Putin y los Ayatolas. Un lánguido final de una fracasada política norteamericana tanto en Siria como en Irak.

Irán, aliado incondicional de Assad, estableció una significativa presencia militar en Siria, con lo cual sembró las semillas de un futuro enfrentamiento con Israel, para quien la presencia iraní en Siria constituye una línea roja. Para Jerusalem es claro el objetivo: las fuerzas iraníes deben irse de Siria. La fuerza aérea israelí ha atacado en múltiples ocasiones objetivos iraníes y de Hezbollah, situación que podría desembocar en una gran conflagración que arrastre a otros actores regionales, a Rusia y a Estados Unidos. De Rusia depende en buena parte que se pueda mantener un frágil equilibrio entre Irán e Israel para evitar la guerra. La nueva alianza entre Turquía, Irán y Rusia podría romperse en cualquier momento por sus ahora divergentes intereses.

Le recomendamos: Medio Oriente 2018: año de transición.

Entre tanto, en Irak la confrontación se concentra en el terreno político entre Irán y Estados Unidos. Pasados tres lustros desde la desastrosa invasión que facilitó el ascenso de Irán y el surgimiento de ISIS, Irak ha sido una verdadera catástrofe estratégica para Estados Unidos, mientras que Irán se apropia poco a poco de las palancas del poder a través de sus aliados chiitas, que son mayoría en el país.

Líbano, por su lado, podría estar cavando su tumba si sigue ignorando las provocaciones de Hezbollah a Israel. Los túneles descubiertos a final del año pasado demuestran que la organización chiita está preparándose para la madre de todas las guerras contra Israel.

Irán en la encrucijada

El avance regional de Irán en Oriente Medio contrasta con su agitada situación interna. En mayo el presidente Trump retiró a Estados Unidos del acuerdo nuclear con ese país y comenzó a imponer “las más fuertes sanciones” al régimen de los Ayatolas. La decisión del mandatario puso a Washington en un choque abierto con los países de Europa que mantuvieron su apoyo al acuerdo y anunciaron que desacatarían las sanciones.

Esto no es tan simple, pues el régimen de sanciones implica que cualquier empresa que sostenga negocios con Irán perdería acceso al mercado estadounidense. Algunos de los asesores de Trump han dicho que el objetivo final es el “cambio de régimen” iraní, lo cual será difícil solo con el garrote de las sanciones. No obstante, estas medidas han llevado al colapso de la moneda, la inestabilidad social y una gran reducción en las exportaciones petroleras.

Puede leer: Trump salió del acuerdo nuclear con Irán.

Las temerarias aventuras de MBS

Si Jamal Kashoggi simbolizó en 2018 la lucha y los riesgos de la prensa independiente, el príncipe heredero saudí Mohamed bin Salman (MBS) personificó al líder inescrupuloso y autoritario, para quien todo se vale, incluso triturar a un periodista. A MBS todo le ha salido mal en el último año, lo cual no significa necesariamente que en el extraño mundo de Arabia eso sea malo. La guerra en Yemen contra los Houtíes apoyados por Irán completa tres años y el único resultado ha sido una colosal crisis humanitaria.

El centro de gravedad del mundo árabe se trasladó de los antiguos referentes nacionales (Irak, Siria y Egipto) a las monarquías petroleras del golfo.

El bloqueo iniciado por MBS a Qatar ha fortalecido al pequeño emirato, mientras que la “renuncia” forzada, después rescindida, del primer ministro libanés Saad Hariri demostró la debilidad regional del príncipe heredero. La monarquía saudí ha controlado el país que lleva su nombre desde su independencia en 1930 y no ha sido ajena a intrigas palaciegas, extrañas muertes de sus monarcas y “accidentes” fatales.

El ocaso de la Primavera

La reunión entre Trump y el presidente egipcio Abdel Fattah el Sisi con ocasión de la asamblea general de la ONU demostró que Washington acepta con gusto la realidad previa a la Primavera Árabe en Egipto, es decir, con el ejército en el poder, las libertades restringidas y la persecución a opositores como pan de cada día.

Mientras tanto, en la vecina Libia el Estado colapsó entre múltiples facciones; Bahréin fue ocupada por las fuerzas saudíes y emiratíes para salvar a la dinastía sunita reinante; y Yemen y Siria yacen en ruinas.

La única estrella en el firmamento de la Primavera es Túnez, que tras la caída del dictador Ben Ali logró establecer una democracia respetuosa de las libertades. Las monarquías de Marruecos y Jordania llevaron a cabo leves reformas que sirvieron para aplacar las protestas, mantenerse en el poder y evitar el apocalipsis que destruyó a otros países.

El centro de gravedad del mundo árabe se trasladó de los antiguos referentes nacionales (Irak, Siria y Egipto) a las monarquías petroleras del golfo.

El mundo árabe tendrá quizás que esperar años o generaciones antes de saborear la democracia y la libertad por la que lucharon los manifestantes en “la primavera”.

Israel y Palestina: El gran Plan de Trump


El mundo árabe tendrá que esperar años o generaciones antes de poder saborear  la democracia y la libertad.
Foto: Wikipedia

2018 fue un annus horriblis para los palestinos y nada hace pensar que 2019 será mejor. La perniciosa división entre Fatah y Hamas se sigue profundizando. La administración Trump trasladó su embajada a Jerusalén, suspendió el aporte de 300 millones de dólares anuales a UNRWA, el organismo de Naciones Unidas a cargo de los refugiados palestinos, y cerró la oficina de la Organización para la Liberación de Palestina en Washington.

La cuestión palestina sigue relegada en la agenda regional y los esporádicos estallidos de violencia, especialmente en la frontera entre Gaza e Israel, y los ataques terroristas aislados contra ciudadanos israelíes en Cisjordania hacen parte del paisaje. El reconocimiento clandestino que le extendió el presidente colombiano Juan Manuel Santos a Palestina como Estado, agridulce por la forma, fue uno de los pocos logros de la diplomacia palestina en 2018.

Lea en Razón Pública: Arabia Saudita: poder geopolítico, religión y muerte.

Por su lado, Israel goza de una luna de miel diplomática sin precedentes:

  • Goza de sólidas relaciones con las potencias asiáticas: China, India, Japón, Corea y Vietnam,
  • Renovó vínculos con los países de África Subsahariana,
  • Mantiene estrechos lazos con los países de Europa del Este,
  • Las relaciones con América Latina pasan por su mejor momento.
  • Jair Bolsonaro, flamante presidente de Brasil, no ha ocultado su amor por Israel, le extendió la alfombra roja a Netanyahu en su posesión y ha ratificado su promesa de campaña de trasladar la embajada carioca a Jerusalén. Cambio radical en la política de Brasil hacia el Estado Judío.

La cereza en el pastel fue la visita de Benjamín Netanyahu a Omán, donde fue recibido por el líder, el sultán Qaboos bin Zaid. El pequeño sultanato se ha convertido en los últimos años en el principal facilitador diplomático regional, lo cual le imprime un significado especial a la visita. Qaboos ha llamado a normalizar relaciones con el Estado judío.

En 2019 se espera la presentación del “plan de paz del siglo”, en el que la administración Trump ha estado trabajando desde su posesión. Clinton, Bush y Obama se hundieron en el pantano de buscar la paz entre Israel y Palestina y hay pocas razones para pronosticar que a Trump le irá mejor.

Sin embargo, habrá que ver la respuesta que le den las partes a la propuesta, si esta se materializa, y si sirve para abrir un proceso de negociación que, si bien no busque solucionar el conflicto en su totalidad, logre avances en temas específicos. O si, por el contrario, conduce a una confrontación en el que nadie gana nada.

Israel, país políticamente caótico, pero sorprendentemente estable, irá a las urnas el 9 de abril de 2019 y casi con certeza Netanyahu conseguirá otro mandato, a menos que ocurra un terremonto político o  que las acusaciones por corrupción finalmente derriben su fortaleza. En Israel con su sistema judicial independiente, “el que la hace la paga”.