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El reconocimiento de Palestina

El Tiempo - Colombia 2018-08-16

LAURA GIL

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Más vale tarde que nunca. En sus últimos días, el gobierno de Santos reconoció a Palestina como Estado. Lo que siguió fue una reacción caótica e imprudente de la nueva cancillería que presagia un arranque accidentado para la política exterior.  

El 3 de agosto, la entonces canciller María Ángela Holguín remitió dos cartas, una al Secretario General de la ONU y otra al Ministro de Relaciones Exteriores palestino. Una carta oficial de una canciller en funciones constituye un acto de Estado.

Tuve la posibilidad de hacer seguimiento directo a este asunto a medida que sucedían los hechos, con el compromiso de estricta confidencialidad hasta que se hiciera público. Al Gobierno le preocupaba que su sucesor no respaldara la decisión. El 1.° de agosto, la canciller sostuvo la primera de dos reuniones con Carlos Holmes Trujillo sobre el tema. Él, en principio de acuerdo, requirió que el Gobierno lo tratara con el presidente electo. El 3 de agosto, el presidente Santos conversó con Iván Duque. 

Se trató de mucho más que una simple notificación. El presidente le solicitó a Juan Manuel Santos que efectuara el reconocimiento sin incluir las fronteras del 67. No fue un pedido de poca monta porque, en la guerra de los Seis Días del 67, Israel aumentó su territorio. La petición fue respetada y, al parecer, de manera paradójica, el reconocimiento sin fronteras se quiere presentar como una “omisión” que permitiría desvirtuarlo, aun cuando son muchos los países que lo han hecho así. 

Cuando le pregunté al expresidente Santos sobre la posibilidad de que Iván Duque buscara una fórmula para dar marcha atrás, me contestó: “¡Imposible! ¡Fue un compromiso de presidente a presidente!”.

Era de esperarse que un nobel de paz saldara semejante deuda antes de abandonar la presidencia.

El nuevo gobierno insiste en desligarse de esta cuestión, al punto de caer en contradicciones. En comunicado del 8 de agosto, Carlos Holmes Trujillo afirmó que fue informado de la decisión “pocos días antes”; dos días después, insistió en que se enteró a tan solo “unas horas” de la posesión.

No deja de sorprender que Juan Manuel Santos, que contó con asesores israelíes, tanto para hacer la guerra como para negociar la paz, diera este paso. Pero era de esperarse que un nobel de paz saldara semejante deuda antes de abandonar la presidencia. La ley aprobada en julio, que define a Israel como Estado nación del pueblo judío, en contravía de los derechos de las minorías, fue el detonante. 

Cuando le pregunté a María Ángela Holguín por las razones de esta acción tardía, me dijo, resignada, “por fin logré convencer al Presidente”. Ella siempre había estado a favor.

No se trató de un salto al vacío. En 2011, Palestina entró a la Unesco como miembro pleno; un año después accedió a Naciones Unidas como Estado observador no miembro y en 2015 se convirtió en Estado parte de la Corte Penal Internacional. El reconocimiento de Palestina conlleva costos mínimos. Ciento treinta y ocho países pueden dar cuenta de ello. 

La cancillería actual tuvo suficiente tiempo para evitar la improvisación. Es más, hasta se concertó que la administración saliente no haría pública la decisión para que esta pudiera manejar el anuncio. La misión palestina en Colombia se le adelantó. El Gobierno debería haber estado preparado para asumir en público lo que aceptó en privado.

El ministro Trujillo parece no haber medido los costos de asumir el reconocimiento de Palestina como una postura de gobierno y no de Estado. En julio, Palestina fue elegida presidenta de los G-77. Este grupo de 135 países funge de manera eficiente como bloque en las Naciones Unidas. Colombia ha sabido dar buen uso a su membresía en él.

El presidente Iván Duque, que promete su mejor esfuerzo para lograr la unidad, perdió la oportunidad de valorar aciertos anteriores. Para unir a los colombianos, quizás se deba comenzar por honrar la palabra.