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Arabia Saudí e Israel, aliados silenciosos

El Mundo - España 2018-05-10

La retirada de EEUU del pacto nuclear es uno de los mayores triunfos conjuntos de ambos países*    

Israel y Arabia Saudí nunca han estado tan cerca. La convergencia política de ambos países en su presión para que se ejerzan acciones duras contra la influencia creciente de Irán en la región les ha convertido en aliados. Y la decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de retirarse del acuerdo nuclear con Irán es uno de sus mayores triunfos políticos juntos. Todo ello, sin ni siquiera establecer conversaciones directas.

Porque, desde hace meses, tanto Arabia Saudí como Israel habían establecido un complejo sistema de señales públicas que acompañaba a las que se intercambiaban entre bambalinas. Los comentarios, hace algunas semanas, del príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, a la revista estadounidense 'The Atlantic', fueron un ejemplo claro de ello. Preguntado sobre si el pueblo judío tenía derecho a un Estado, el futuro rey contestó: "Creo que cada pueblo, en cualquier lugar, tiene derecho a vivir en paz en su nación. Yo creo que palestinos e israelíes tienen el derecho a tener su propia tierra. Pero necesitamos llegar a un acuerdo de paz para asegurar la estabilidad de todos y normalizar relaciones".

Estaba ofreciendo a Israel retomar la iniciativa de paz que Riad lanzó en 2002, por el que se solucionaría el conflicto palestino-israelí a cambio de la normalización de relaciones de todo el mundo árabe con Israel. Ese fue el guiño público pero secretamente ambos países se intercambiaban cartas, a través de Egipto, sobre 'el problema iraní'.

La clave de los movimientos de Bin Salman en la región está en la visión estratégica que está imponiendo en Arabia Saudí, a través de sus planes de reforma del reino. Pero para ello necesita resolver también las rivalidades políticas en el exterior, lo que hasta ahora está haciendo aplicando la 'mano dura' contra Irán, Qatar o Líbano. En el paquete de acercamiento a Israel, además de sus intereses coincidentes en Teherán, solucionar el olvidado conflicto palestino-israelí forma parte de esa visión estratégica.

Arabia Saudí y sus aliados del Golfo Emiratos Árabes Unidos y Bahrein han apoyado la decisión de Trump de revocar el acuerdo con Teherán. Pero detrás de ello puede estar el deseo de desarrollar tecnología nuclear. Los Estados del Golfo y Egipto insistían en la década pasada en que necesitaban desarrollar sus propios programas de energía atómica, esgrimiendo las mismas razones que Irán, paradójicamente: la imperiosa producción de electricidad para fines civiles. Arabia Saudí ha vuelto a hablar públicamente de planes para desarrollar energía nuclear con fines pacíficos, "como energía alternativa", ya que como señalaba a este periódico hace pocos meses Nurah al Yousef, miembro del Comité de Energía del Consejo de la Shura del reino, "se consumen tres millones de barriles de petróleo al día sólo para producir electricidad, lo que sitúa al país en el quinto consumidor de petróleo del mundo".

El rechazo al programa nuclear iraní no es nuevo en Oriente Próximo. Pero el lenguaje de los saudíes contra él se ha ido endureciendo en los últimos tiempos. La posición saudí compartida con Israel es que el régimen de los ayatolás es una "amenaza". Ambos gobiernos tienen la misma visión de que la Administración Obama operó en la región mostrando debilidad ante el ascenso de la influencia de Irán en la zona y ahora, con Trump, más afín a ellos, es hora de corregirlo. Ambos han mantenido y mantienen con Irán "guerras por poderes". Así lo fue la Guerra del Líbano de 2006, en la que Israel sufrió una humillante derrota ante Hizbulá para la que busca el momento de revancha. Así está siendo en Yemen, donde Riad ha intervenido directamente en el conflicto entre el Gobierno y la secta zaidí, de parte del régimen heredero de la dictadura de Ali Abdulá Saleh. Teherán, por el contrario, es próximo a los rebeldes.

Por su parte, el Gobierno del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, lleva años presionando a Estados Unidos para derrocar a los ayatolás en Irán. Exactamente desde que llegó al puesto, en 2009. Y ha visto el momentum con la confluencia de los liderazgos de Trump y Bin Salman. A ellos iba dirigida la escenificación en power point que hizo el pasado 1 de mayo, exponiendo lo que aseguró eran "pruebas" de que Teherán no cumplía con el acuerdo nuclear. Al menos, fue una versión más sofisticada del diagrama en cartulina que presentó ante la Asamblea de la ONU en septiembre de 2012 con el dibujo de una bomba. Entonces dijo que Teherán tendría capacidad para fabricar una bomba nuclear en el verano de 2013.

Lamentablemente, pocos advirtieron ni entonces ni ahora que esas críticas venían precisamente de un Estado, Israel, que nunca ha firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear ni ha mostrado intenciones de hacerlo, lo que conlleva por supuesto que su programa nuclear no ha sido sometido a inspecciones internacionales.

La ruptura del pacto por parte de EEUU, además de dar alas a Israel para continuar con su intervención silenciosa en Siria -ayer volvió a atacar objetivos militares iraníes en Damasco- y a Arabia Saudí para prolongar su sangría en Yemen, no va a traer más seguridad a Oriente Próximo. Al contrario. Puede incluso disparar una peligrosa carrera nuclear en la región, pues si el acuerdo se deshace totalmente, Teherán no verá ninguna ventaja diplomática en no desarrollar armas nucleares si ese fuera su propósito -algo que siempre ha negado-. Un informe de 2008 del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de EEUU advertía de que la adquisición de la bomba atómica por parte de Irán tendría como consecuencia directa el desarrollo de la misma tecnología en Arabia Saudí. Volvemos atrás una década.