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Delegación colombiana participa en la Marcha de la Vida

CCJC Prensa 2018-04-17

Andrea Rabinovich Moreinis  

Participante de la Marcha de la Vida 2018**   

 

Después de largas charlas, que para el momento parecían eternas y recargadas de información, llegamos al lugar del que tanto nos hablaron. La carga emocional en Polonia se siente desde que uno aterriza, y más aún cuando la mayoría de nosotros no habíamos entendido la magnitud de este viaje.

Llegamos directamente al cementerio judío de Varsovia, cansados pero con curiosidad. Nuestra guía, Gila, una señora supremamente inteligente, nos cautivó desde su primera palabra. Personalmente nunca he conocido a alguien que tenga tanto conocimiento acerca de las atrocidades que sucedieron en el holocausto nazi, y en este momento supe que volvería a Bogotá con nuevas perspectivas y mucho conocimiento para repartir a la comunidad.


El primer día terminó después de recorrer el Museo Polin y después el pequeño pedazo que queda del Ghetto de Varsovia. Cuando ya creíamos que nos dirigíamos al hotel, con el horrible dolor de pies, Gila nos dijo que teníamos que hacer una parada en Mila 18; el lugar en donde Mordechai Anielewicz y su ejército de adolescentes guardaron sus armas para su enfrentación con los nazis. A pesar del agotamiento que seguramente el grupo entero estuvo sintiendo en ese lugar, logramos escuchar, aprender, y asimilarnos a esta difícil situación por la que muchos de nuestros ancestros tuvieron que pasar.


Las distancias entre pueblitos y ciudades en Polonia son enormes. Estoy montada en un bus y no me puedo quejar porque sé que apenas llegue al hotel, voy a tener una cama y comida esperándome. No me cabe en la cabeza cómo a los judíos, cuando los sacaban de sus casas y les quitaban las pertenencias, los montaban en un tren con destino a la muerte. Cualquier judío que era sacado de sus casas y llevado en un tren hasta los campos de concentración, eran mínimo cuatro horas de recorrido, y como dicen algunos testigos, este podía ser o el viaje más corto o más largo de tu vida.


El segundo día, después de un largo paseo en bus, nos encontrábamos en la mitad de un bosque, en donde los nazis asesinaron a la población judía de Tykochin; un pueblito chiquito en el este de Polonia. 1.300 judíos fusilados. Uno por uno, nuestro pueblo se fue desmoronando y cayendo en fosas que los mismos polacos, sin saber qué era lo que estaban construyendo, hicieron para los judíos. A medida que el tiempo pasa, Gila sigue hablando de más y más víctimas, cada vez el número es mayor y las formas de exterminar una raza van cambiando. Llegamos a Treblinka donde los disparos como forma de exterminio eran mínimos, y las cámaras de gas se estaban convirtiendo en la forma más común de exterminar al pueblo judío. Treblinka es considerado como el “Campo de la Muerte”. Quien llegaba ahí estaba destinado a la muerte. Los nazis, cuando supieron que sus enemigos estaba cerca, destruyeron todo el campo para no dejar evidencia alguna. Hoy, no queda más que un monumento que los soviéticos construyeron en lo que durante la Segunda Guerra Mundial, fue un cementerio.


El líder del grupo, Joel, nos venía hablando ya por dos días de la magnitud de lo que íbamos a ver hoy en Majdanek, otro campo de exterminio. Lo describió como el infierno en la tierra, y verdaderamente toca estar ahí para darse cuenta de lo horrible que es. Está intacto. Las barracas, las cámaras de gas, las duchas, todo. En 36 horas, este campo puede volver a funcionar completamente. Y lo peor: es que queda en la mitad de una ciudad. La gente siempre supo qué estaba pasando, y nadie nunca dijo nada. Aquí definitivamente me sentí en una película. Es muy difícil caminar a través del campo e imaginarse en la posición de un judío hace 70 años. Es imposible creer que gente tan mala existió y que no tenían interés de parar hasta exterminar por completo una raza. En Majdanik tuvimos la suerte de encontrarnos a un sobreviviente: un señor polaco, que cuando estuvo en Majdanik tenía tan solo cinco años y medio. Mientras nos contaba su historia, se escuchaba su dolor y su rabia. Mientras nos hablaba de algo, le urgía contarnos más. Todos los hechos que vio, que vivió.

Él nos compartió algo que me impactó mucho. Nos dijo que a cada prisionero le daban la cantidad de comida que les cabía en la mano, pero a los judíos no. Los deshechos de la comida que los prisioneros polacos y otros dejaban en una bandeja, eran la comida de los judíos. Seguimos caminando por el campo hasta llegar al crematorio. No entré por varias razones: el espacio es muy pequeño y había mucha gente, pero también es la última etapa de exterminio a nuestro pueblo. El olor es impactante, aunque solo quede el olor a madera húmeda y vieja. Los pies no me daban para entrar. No me da la energía para ver el crematorio por dentro. De ahí subimos al Domo de cenizas. Es un monumento para honrar las almas de aquellos que no tuvieron a nadie que lo hiciera por ellos. Botamos tierra santa de Israel para simbolizar un entierro digno y cantamos “Ose Shalom”. Salimos de ahí y estallé. La carga emocional de ese lugar es muy dura. Este lugar está intacto y no me canso de decirlo. Es peor de lo que se imaginan. Es verdaderamente el infierno en la tierra.
Después de una mañana larga y llena de información en el museo judío de Cracovia, nos dirigimos a la parte más importante del viaje. La razón por la cual vinimos. Era el día de la marcha. Auschwitz-Birkenau.

El campo de exterminio más grande de la Segunda Guerra Mundial. Es peor de lo que se ve en las películas. Es algo loco para decir la verdad. Sentir la alegría de la gente mientras estamos parados en Auschwitz muestra la perseverancia del pueblo judío. No nos damos por vencidos a pesar de todo por lo que hemos pasado. Escuchar a más de 15.000 personas reunidas cantando “David Melech Israel” le mueve el corazón a cualquiera.

Salimos por aquel famoso letrero que dice “El trabajo te hará libre”. Solo se escucha el sonido del shofar. mientras cada una de las 15.000 personas caminan el mismo camino que millones de judíos hicieron con destino a su muerte. Es un honor poder estar vivo caminando la marcha de la vida, que hace 70 años, para nuestros ancestros, fue la marcha hacia la muerte.


Alrededor mío se sentía una ola de energía muy diversa. Lo que para muchos era una marcha de perseverancia y de espíritu, para otros era la manera de lidiar con el dolor que trajo el genocidio nazi. Cuando nos empezamos a acercar a Birkenau, el campo de exterminio, y se ve el camino del tren, entendí la complejidad de lo que fue la Shoa. Fueron separadas las familias, niños raptados de los brazos de sus madres, hombres separados de sus esposas. Lazos de unión cortados en segundos. Concluí que los nazis no tenían sentimientos, que sus actos fueron inhumanos. Los seres humanos somos muy ingenuos, y esta marcha me hizo crecer como persona. Mis problemas no son nada. Cuando llegamos a la ceremonia a escuchar a un sobreviviente de Auschwitz hablar, fue muy impresionante porque en ese mismo lugar, como contó él, estuvo su esposa parada tres veces. Fue un milagro que se salvara, y hoy, 73 años después, él está ahí parado, agarrado del podio, compartiendo sus emociones y su rabia con 15.000 personas.