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La placa en el viejo aeropuerto de Entebbe

CCJC Prensa 2017-12-28

JACK GOLDSTEIN*     

Uganda es hoy en día un país muy diferente del que gobernara el déspota Amin Dada en los años 70´s. Es un país que se desarrolla positivamente, atrayendo inversión extranjera (principalmente china), que cuenta con el más nuevo de todos los Chabad Centers del mundo para atender a los 400 judíos ex-pats de Kampala, que es hogar para la comunidad judía de Abayaduya, y que hoy goza de muy buenas relaciones con Israel. Su crecimiento hizo que fuera necesario construir un nuevo aeropuerto comercial, que funciona desde 2007.

Hace cosa de un año, cuando comencé a planear el viaje al corazón de Africa, me enteré por casualidad, y de boca de mi gran amigo, el rav Birnbaum, que en la base de la torre de control había una placa conmemorativa. Esa información plantó en mi la semilla para querer lograr llegar allá.

El legendario aeropuerto es ahora base de MONUSCO, la fuerza militar de la ONU para la República Democrática del Congo. Como tal, ese aeropuerto está fuertemente vigilado y acordonado. Aviones, hércules, cazas, blindados y vehículos de la ONU se encuentran por doquier.  La sensación de llegar allá en nuestro ultimo día del viaje fue francamente maravillosa. Llegábamos de ver gorilas, fauna y naturaleza en Rwanda, Burundi, Congo y Uganda. Parte del paisaje y las experiencias incluyeron ver múltiples convoyes de Cascos Azules, Médicos sin Fronteras y una infinita gama de ONG´s haciendo su labor en una de las zonas más conflictivas del mundo.

Pero lograr entrar al aeropuerto fue tema aparte. Como base militar, el antiguo aeropuerto no está abierto al público, y planeando desde la distancia, no sabía cómo comunicarle a nuestro guía nuestras reales intenciones de visitar ese aeropuerto. ¿Será que un ugandés podrá ofenderse si le pido que nos lleve al lugar donde los humillaron? ¿Será que incluso para cualquier otra actividad durante el vieja nuestra identidad quede al descubierto y nos pudiera generar situaciones molestas? Pero el deseo de llegar allá superó cualquier duda: sencillamente le pedí a nuestro guía que para el último día de nuestro paseo queríamos entrar al viejo aeropuerto, cueste lo que cueste. Esta vez, el comando judío llegaría al aeropuerto llevando un arsenal de dólares listo a superar los obstáculos.

Al llegar a Entebbe nos alojamos en el Imperial Botanical Beach Hotel, digna reliquia del Imperio Británico. Eran más de las 3 de la tarde y nos quedaban pocas horas de luz para lograr la misión. A la media hora llegó el contacto que había conseguido nuestro guía y nos advirtió que este servicio costaría unos dólares. Lo curioso fue que no se atrevió a mencionar una cifra. Lo que sí aclaró fue que nuestro guía no podría acompañarnos. Estábamos decididos y nada nos iba a detener.

Nos condujo primero a un lavadero de taxis donde dijo que debíamos esperar “clearance” para entrar y que en su momento deberíamos presentar nuestros pasaportes. Nos preguntó varias veces por nuestras intenciones y lo que me atreví a decir no fue más que “es un aeropuerto histórico y, como turistas, queremos visitarlo”. Llegó un segundo intermediario que solo logró complicar y dilatar las cosas. Obviamente, la negociación comenzó a niveles ridículos. Después de casi una hora estacionados en ese potrero, el contacto inicial decidió llevarnos al aeropuerto.

Cuando pensamos que ya todo estaba resuelto, resultamos estacionándonos en otro potrero, pero esta vez sí sobre el perímetro del aeropuerto. El display de aviones y carros de ONU era apreciable. La famosa torre ya se distinguía, pero obviamente, la reja y los controles militares aún no los habíamos superado. Ahí comenzó el desfile de ires y venires entre el contacto y los militares tras la reja. Más negociaciones, más condiciones. De nuestra parte, lo único que aclaramos es que pagaríamos al regresar, una vez tengamos todas las fotos que queramos. Las cámaras de CCTV fueron desconectadas y se nos sugirió esperar a que fueran pocos minutos antes de las 5:00 pm cuando cerraría el aeropuerto, para entrar con la excusa de ir a visitar el Duty Free que atiende a la ONU y una vez ahí encontraríamos a “alguien”.

El momento llegó y el guion estaba ya definido y claro. Solo faltaba llegar a la meta. Mostramos los pasaportes, cruzamos el cordón de seguridad, y caminamos hacia el edificio siguiendo a la encargada del duty free. Mientras más nos acercábamos, más recordaba las películas sobre la toma y más real se me hacía el lugar. El edificio se me hacía cada vez más pequeño y trataba de imaginarme a los más de 100 rehenes junto con los guerrilleros y soldados apiñados dentro de esa estructura. He visitado muchísimos lugares de importancia para la historia judía, pero creo que todos, sin excepción están retratados, son conocidos y visitados por muchos. Algunos han sido muy remotos, pero de alguna manera accesibles. Este, en cambio, era como entrar en una dimensión desconocida. No tenía ni idea lo que iríamos a encontrar.

Entramos al edificio y tuvimos que pasar por el control de seguridad normal de detector de metales. Fuimos a la tienda indicada y le dimos vueltas esperando a que alguien nos contactara. Como ninguno de los pocos militares que estaba ahí hizo algo, nosotros comenzamos a dar vueltas sin rumbo fijo. Nos atrevimos a salir a la pista a tomar fotos de los aviones, pero no encontramos nada específico. Estábamos entre inquietos e inseguros, revoloteando. Se nos acercó un militar alto y serio, muy apersonado de su tema. Hizo todas las preguntas correctas, con arrogancia. Nos intimidó para entender nuestras verdaderas intenciones. Ahí fue cuando decidí que ya había que jugársela y ser franco: “Venimos a ver una placa que debe haber en la base de la torre”. Y fue ahí cuando con gran sonrisa nos contestó “Ustedes son israelíes” y feliz nos llevó a la base de la torre de control.

Les recomiendo que lean la placa y disfruten de su hermoso contenido. Sorprende ver las dos banderas, Uganda e Israel, hoy países amigos. Sencillamente, una sobrecogedora experiencia, un momento de conexión con un pasado no muy lejano, con un capítulo formidable de compromiso de cada judío con su hermano, ejemplo universal de pericia militar y agallas, y motivo de inmenso orgullo como parte de ese pueblo que no se deja amilanar del enemigo ni olvida a su hermano. El espíritu de “Kol yehudim arevim ze la ze” queda en la memoria de quienes recordamos esos días de tensión, y está inmortalizado en esa placa que me dejó con un nudo en la garganta.