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Balfour

El País - Cali 2017-11-02

MARCOS PECKEL**     

Hace 100 años, el 2 de noviembre de 1917, 67 palabras escritas a máquina en una hoja de papel cambiarían para siempre la historia. El signatario de la misiva era Arthur James Balfour, secretario de relaciones exteriores del Reino Unido, y el destinatario Lord Walter Rothschild, líder de la comunidad judía británica, miembro de la poderosa familia de banqueros e industriales que surgiendo 200 años atrás de las escuálidas residencias del gueto de Frankfurt se convirtieron en las más prominente de las familias judías del viejo continente.

Una sola frase concentra la esencia de lo que se conocería como la ‘Declaración Balfour’: “El gobierno de su majestad ve con buenos ojos el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el Pueblo Judío”. Palestina era a la sazón parte del Imperio Otomano a punto de caer en manos del ejército británico en el marco de la Primera Guerra Mundial. Concluye la declaración solicitándole a Rothschild que “se la haga llegar a la Federación Sionista”.

El movimiento sionista había sido fundado veinte años antes en la ciudad suiza de Basilea por líderes judíos del mundo entero con un objetivo único: la creación del Estado Judío en la tierra ancestral de la cual habían sido expulsados en al año 70 por los romanos. La declaración Balfour fue el resultado de una exitosa gestión diplomática del sionismo para que se reconociera el derecho nacional de los judíos a su tierra histórica.

Al final de la guerra, el Imperio Otomano en ruinas, la recientemente creada Liga de las Naciones que encaraba el naciente derecho internacional acometió la tarea de determinar el destino de los extensos territorios que hacían parte del imperio en los que se incluía Palestina, nombre dado a esas tierras por los romanos dos milenios atrás. En la Conferencia del San Remo de 1920, la Liga les otorgó Palestina a los británicos bajo la figura del Mandato con base en el artículo 22 de la carta fundacional.

La trascendencia de la declaración Balfour radica en el hecho que en el texto oficial del mandato británico, documento del derecho internacional, se le exige a la potencia mandataria implementarla al pie del a letra, incluyéndola en el articulado, al cual se agrega además la cláusula: “Se reconocen los vínculos históricos del Pueblo Judío con Palestina como el fundamento para reconstruir allí su hogar nacional”.

La Palestina a la cual le fue otorgado el mandato a los británicos incluía las tierras al este del río Jordán hasta la frontera con Iraq. Sin embargo, Gran Bretaña cercenó ese territorio de la Palestina histórica y se lo adjudicó a sus aliados los Hashemitas, expulsados de Arabia por los Saudíes. Así nació el reino de Jordania.

El resto es historia. Durante los años del mandato emigraron a Palestina centenares de miles de judíos huyendo de las diversas olas persecutorias en Europa y es también cuando adviene el conflicto entre la población árabe y la población judía. Al final de la Segunda Guerra, los británicos quebrados y encartados con sus posesiones coloniales acuden a Naciones Unidas para que determine el futuro de Palestina. El 29 de noviembre de 1947, 30 años después de la declaración Balfour, la Asamblea General adopta la resolución de partición que daría origen el Estado de Israel y que incluía también el Estado árabe-palestino cuyo nacimiento fue impedido por la guerra que contra el naciente Estado Judío lanzaron los países árabes.

Histórica sin duda, la cartica que Balfour le mandó a Rothschild.