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La sombra judía del Líbano

La Vanguardia - España 2017-08-24

TOMÁS ALCOVERRO*   

Raymond Sasson, judío norteamericano nacido en Beirut, ha visitado su país de origen. Con su familia tuvo que abandonar Beirut en 1972, estableciéndose en Nueva York. Ha recorrido en su viaje lugares donde habitaron sus antepasados, como el barrio beirutí de Wadi Abu Jamil, la localidad estival de la montaña Bhamdun, la ciudad costera de Sidón donde un vecino le entregó una llave herrumbrosa y pesada de su supuesta casa familiar.


En viajes anteriores consiguió vender propiedades familiares. Una de mis colegas locales de la prensa, por ejemplo, sigue viviendo en un piso de un inmueble puesto a la venta por una familia judía residente en París.

Líbano fue el país árabe del Oriente Medio más acogedor y tolerante para los judíos que fueron expulsados de Egipto, Irak y Siria a consecuencia de la fundación del Estado judío en 1948, la nacionalización del canal de Suez de 1956 y la Guerra de los Seis Días de 1967. En el colegio protestante donde estudió mi vecino Charles Manoli había alumnos judíos a los que nadie discriminaba. La comunidad judía, sobre todo francófona, estaba muy bien integrada, hasta el punto de que había sido reconocida como una de las dieciocho comunidades confesionales que constituyen la república.

Al poco tiempo de llegar a Beirut en el otoño de 1970 conocí a Sidi del Burgo, un judío sefardita que ocupaba nada menos que el puesto de confianza de canciller de la embajada de España, y que había tratado tres décadas al poeta Josep Carner, que conoció cuando fue cónsul en Beirut de 1935 a 1936. Cuando me alojé en el hotel Omar Khayam, hoy demolido, en la calle Georges Picot, convertida en una elegante vía, no sabía que se encontraba en el barrio judío por antonomasia de Beirut, en Wadi Abu Jamil, a dos pasos de la escuela de Salim Terrab y de la sinagoga de Maguen Abraham.

Esta sinagoga en el centro de la ciudad, a la sombra del edificio otomano del Serrallo, sede del gobierno, continúa intacta, inaccesible. Las promesas de su rehabilitación nunca se han cumplido.

Después de la guerra, el barrio, campo de batalla entre milicianos cristianos y fedayines palestinos con sus aliados locales musulmanes, fue arrasado por las excavadoras de la empresa Solidere, con una importante parte de su capital en manos de la familia Hariri, encargada del negocio de la reconstrucción del centro destruido de la capital. Entre los modernos edificios lujosos, la sinagoga tiene su puerta tapiada, vigilada por gendarmes.

Antes de la guerra de los Seis Días de 1967, la comunidad contaba con alrededor de cuarenta mil almas. Existían comunidades judías desde tiempo inmemorial en Sidón, en Tiro, en Caná, donde Jesús, el Mesías, hizo su primer milagro, convirtiendo el agua en vino, que algunos historiadores eclesiásticos situaron cerca de Tiro y no de Nazaret en Palestina.

Años antes de la guerra de 1975 a 1990 conocí a algunos médicos y empresarios, muy bien establecidos en la sociedad libanesa. A causa de la larga contienda fueron ahuyentados por combates, asesinatos y secuestros. Sólo algunos centenares de personas, entre ellas un conocido crítico de arte continúan residiendo en Beirut. Los raros supervivientes de este éxodo rehuyen hablar en público, ocultan su identidad y viven en la sombra.

Dos libros se han publicado en Beirut sobre este tema. El de la periodista Nada Abdelsamad en la editorial árabe del diario An Nahar, y el de Albert Janus en la pequeña editorial Tamyras, titulado C’est ici ou la mer (“Es aquí o el mar”).

La periodista cuenta la historia de familias judías que abandonaron Líbano para emigrar a Europa, Canadá o Israel. Son testimonios de su vida cotidiana, descripciones de fiestas y bodas judías en la sinagoga, en el club de los Macabeos. Se evocan pequeñas escenas de amable convivencia en el barrio de Wadi Abu Jamil.

No olvida las jornadas en que la policía rodeaba el barrio para protegerlo de los manifestantes antisemitas, ni el miedo de muchos judíos a que de un día a otro tuviesen que abandonar sus casas en Beirut, casi de puntillas, de noche, para no volver jamás. Según la autora, “la comunidad decidió concluir su presencia en Líbano”.

En la obra de Albert Janus se narra con precisión que después del golpe de Estado de Naser los judíos temían por su suerte.

“Amo Líbano, donde he nacido –confesaba Raymond Sasson durante su estancia–, donde mi madre fue feliz, y la familia de mi padre fue acogida con los brazos abiertos a su salida de Alepo en el año 1949”.

Desde hace siglos esta tierra libanesa es un refugio para pueblos perseguidos. En la calle de Damasco hay un recinto cercado de camposantos que encierra un pequeño cementerio judío de difícil acceso. Detrás de una angosta puerta cerrada de hierro, yacen tumbas de mármol, piedra o cemento armado marcadas con la estrella de David.

Para los judíos expulsados de Egipto, Irak y Siria, Líbano fue el país árabe de la zona más tolerante y acogedor.