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Trochinbrod

El País - Cali 2017-08-24

MARCOS PECKEL*  

 

El guión de la película Todo está iluminado, protagonizada por Elijah Wood, narra el viaje de un judío americano, Jonathan Safran Foer, en búsqueda de la aldea en Ucrania donde nacieron sus padres antes del Holocausto. Al final, tras un lance que parecía infructuoso, pues ningún lugareño había siquiera oído de la dichosa aldea, Safran la encuentra gracias a una anciana superviviente. De Trochinbrod no quedaba sino una loza colocada sobre el césped rodeada de piedras con el nombre de la aldea y un in memorian por los muertos que allí dejó la invasión nazi y la colaboración de locales.

El pasado mes de julio fui en búsqueda de mi propio Trochinbrod, los lugares de nacimiento de mis padres. En Gdansk, Polonia, antes Danzig, Alemania, otrora sede de una próspera comunidad judía, no queda sino un minúsculo museo en el que nos topamos con un periódico de 1939 que exhibía en la portada la foto de unos niños que partieron a Gran Bretaña en los llamados ‘Kindertransport’ -transporte de niños- para salvarlos del nazismo. En el centro de la foto mi tía materna. Mis abuelos terminaron en Auschwitz

En Kaliningrado, antes Königsberg, la orgullosa ciudad de Immanuel Kant, hoy enclave ruso, fuimos tras el rastro de mi padre a una población cercana, Gromovo, antes Lauknen. A la entrada un póster recordatorio recientemente erigido por una fundación alemana que está rescatando la herencia teutona de Prusia Oriental, en el que aparece la foto de la casa de mi abuelo. Del que fue un vibrante pueblo comercial fronterizo alemán no queda nada. Tampoco la casa. El cementerio judío de Königsberg, fue destruido y saqueado por los rusos, las lápidas usadas para construcción, los cadáveres vejados en búsqueda de calzas de oro. No hay ni una sola tumba, ni la de mi abuelo.

Dejando atrás la herencia familiar partí hacia Vilna, la capital de Lituania que contaba con unos 200 mil judíos antes de la guerra y fue un centro de fermento intelectual judío de primer orden. Hoy no queda sino una pequeña calle llamada ‘Calle de los judíos’ y un busto del máximo referente de esa comunidad el rabino Elijahu ben Shlomó Zalman. Nada más. En Riga, la capital letona, de lo que fue el gueto en el que habitaban unos 70 mil judíos quedan solamente las ruinas de la sinagoga y un monumento. Y así, centenares de ‘Trochinbrodes’ regados por toda Europa, como testigos silenciosos del macabro destino que sufrieron millones de judíos durante el Holocausto. De aldeas, pueblos, barrios y guetos no quedan sino piedras recordatorias, monumentos o un aviso indicando el pasado del lugar. Ni los cementerios sobrevivieron.

‘Trochinbrodes’ hay también en España. Está de moda el turismo a las ‘juderías’, los barrios judíos que había en las grandes ciudades españolas antes del Decreto de la Alhambra, la expulsión de los judíos por parte de los Reyes Católicos en 1492. De esas juderías que visité el año anterior no queda nada, una valla por acá, una placa por allá, algún desabrido museo, cementerios vandalizados o algún monumento conmemorativo.

De igual manera tuve oportunidad de visitar Egipto, Túnez y Marruecos, países árabes que otrora tuvieron grandes comunidades judías. Después de 1948 con al independencia de Israel estas comunidades fueron objeto de persecución y expulsión, dejando atrás sus propios ‘Trochinbrodes’, cementerios comidos por la manigua, una que otra sinagoga en pie y nada más.

Todo está iluminado. La vida judía renació en otros lares. Historias que se convirtieron en memoria colectiva.

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