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RAUL BENOIT: Corazones de hielo

Nuevo Herald - Miami 2010-01-01
Sentados bajo un frondoso árbol en una región rural colombiana le pregunté a mi interlocutor cuál era el ideal para el país: “El poder para el pueblo, dijo con rebosante arrogancia.
Entonces, le cuestioné cómo lo harían y respondió con una frase ambigua, de esas usadas por revolucionarios idiotas: “las armas nos harán libres.
En mi entender de reportero novato supe que ese eufemismo jamás se cumpliría y menos en una nación como Colombia, donde, por lo general, la ambición elemental del ciudadano es un modesto empleo, una casita donde vivir, una tienda de barrio en el garaje, educar a sus hijos para que “no terminen de guerrilleros, como me diría un campesino y tener cerveza fría en la nevera.
Con frecuencia dudo por qué hombres educados y por ende inteligentes, toman las armas y se van al monte a luchar por la justicia. Pero la inteligencia rara vez va de la mano con la cordura y la razón, e invariablemente una persona leída no siempre resulta ser culta y perspicaz y tampoco de buen corazón.
Han pasado más de 25 años desde aquel encuentro periodístico y la sangre sigue derramándose en Colombia. Los muertos son incontables y la toma del poder por parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (Farc), está más lejana que nunca.
Aquellos que defienden la lucha armada como reivindicación social (en especial algunos europeos que están ciegos y sordos respeto a las Farc), me refutan cuando acuso de infame y criminal a un médico especializado en cardiología, por olvidar el juramento hipocrático y meterse a la guerrilla. Dicen que al tomar las armas para “defender al pueblo demostró sacrificio por lo humano y su amor por la patria.
Pero hay cardiólogos de corazones que salvan vidas y hay otros con alma de hielo que las enfrían. En ese segundo orden está Rodrigo Londoño Echeverri, el nuevo comandante de las Farc, que usa los alias de Timoleón Jiménez o Timochenko.
Este es otro bandolero que un día dejó su aparente vida cómoda para unirse al falso “ejército del pueblo. Los que no entienden el trasfondo de la guerra de guerrillas en Colombia, lo justifican diciendo que ofrendó sus bienestares personales, sin ver la verídica razón. No desistió de ningún privilegio. Se enroló en un manto de envidia y odio, alimentado por el comunismo que le implantaron en Rusia y en Cuba, donde dicen que estudió la medicina.
A partir del momento en que disparó por primera vez contra un paisano, la muerte rodeó a Timochenko, se le congeló el corazón y se volvió su forma de vida.
En su historial escriben que fue encargado de la inteligencia y la contrainteligencia en las Farc, pero no hablan de su especialización: el narcotráfico. Timochenko es el mayor asociado colombiano que tienen los carteles mexicanos. Él manda toneladas de cocaína porque de esa manera dice luchar contra el imperialismo.
Las Farc son un ejército revolucionario contra el pueblo, cuyos ideales son anacrónicos y despiadados, integrado por hombres con corazones de hielo, como Timochenko, que jamás merecerán representar a nadie en el poder.
Si no se rinden pronto, como lo hizo ETA en España, se fundirán en la hoguera de sus propios resentimientos.