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La ciudad "fantasma" de Palmira. Destrucción de la herencia histórica en Siria

El Mundo - España 2017-05-31

La carretera hacia Palmira, la que antaño enfilaban sin tregua caravanas de turistas, se desliza por kilómetros de inmenso vacío. Testigos de su tragedia reciente salpican el árido paisaje que agoniza en los arcenes. El esqueleto de una furgoneta abrasada por las escaramuzas, las llamas que flamean desde hace meses en una estación de gas que despunta al fondo, el zumbido de un helicóptero ruso que planea sobre las colinas cercanas.

La ruta hacia la 'perla del desierto' no engaña. Las ruinas de la capital desde donde Zenobia desafió a Roma, esparcidas en un oasis asediado por el desierto a unos 215 kilómetros al noreste de Damasco, arrastran una turbulenta historia reciente.

En los últimos dos años, su geografía ha sido sojuzgada en dos ocasiones por el autodenominado Estado Islámico. Las tropas gubernamentales y grupos afines han desbaratado ambas ocupaciones. El eco de la última liberación aún permanece fresco. Acaeció el pasado marzo.

"No descartamos nuevos ataques pero la ciudad está bien defendida. Hemos aprendido de los errores que cometimos en el pasado", murmura el general de brigada encargado de guardar la otrora estrella del turismo sirio. "Ahora disponemos de vigilancia nocturna en todos los frentes y hemos levantado montañas de tierra para dificultar sus avances. El número de fuerzas desplegadas en la zona es mucho mayor", reconoce desde un cuartel instalado en los accesos a la villa. El oficial, completamente reacio a proporcionar su nombre, habla a intervalos aprovechando los lapsos de tiempo en los que las cuatro líneas telefónicas que se amontonan en su mesa enmudecen.

"La ayuda de nuestros amigos rusos ha sido vital. Son asesores militares y expertos en telecomunicaciones, en el campo aéreo y en la desactivación de explosivos. Nos proporcionaron, además, munición. En colaboración con nuestras fuerzas, han localizado miles de artefactos explosivos. La ciudad y el recinto monumental están completamente limpios", proclama el uniformado.

Los pelotones de Putin no han abandonado, sin embargo, el callejero de Palmira. Sus soldados han establecido su centro de operaciones en un hotel contiguo al yacimiento, un lujoso establecimiento arrasado por el conflicto, y proporcionan sustento a la minúscula parroquia que ha regresado a las arterias de Tadmur, el nombre semítico que usan los oriundos para referirse a Palmira.

"Los rusos son buenos clientes. Sus vehículos y los del ejército son los que nos dan de comer", reconoce el cuarentón Sinyar Ramadán, dueño de un taller mecánico, el único negocio abierto en una calle donde los destrozos siguen varados sobre su asfalto. "Alrededor del 50% de las viviendas han resultado dañadas por completo. Ningún edificio gubernamental se ha salvado de la destrucción. Ni el ayuntamiento ni la comisaría de policía ni la sede de la compañía telefónica", precisa el general. Sin los suministros de agua y electricidad restablecidos y con el hospital fuera de funcionamiento, los habitantes que una vez poblaron la urbe se resisten a emprender el regreso a casa.

"Me he traído a mi hijo para que me ayude pero el resto de la familia vive en un piso de alquiler en Homs [a unos 150 kilómetros de Palmira]", replica Sinyar. Una existencia similar a la de su vecino Husein Fariz, que regenta un humilde supermercado al doblar la esquina. "El Daesh [acrónimo en árabe del Estado Islámico] usó el local como hospital de campaña. Cuando llegué sólo encontré camillas revueltas con restos de sangre y suciedad", rememora este vecino contumaz, quien en las dos ocasiones huyó 'in extremis' de los yihadistas. "La primera salí poco antes de la caída de la ciudad, cuando los enfrentamientos rodeaban el hospital. La segunda me escoltó el ejército", admite. "Espero que no haya una tercera y que todo vaya a mejor. Tengo fe en que alguna vez regresen los turistas y esta ciudad renazca".

Husein exhala el deseo entre las cenizas de la urbe que hace una década poblaban unas 55.000 personas, entregadas -en su mayoría- al entonces boyante sector turístico. Hoy, en cambio, las postales de aquella época amarillean en los estantes de su comercio y, calle abajo, el modesto museo de Palmira palidece con sus salas huérfanas de tesoros. La mayor parte de los objetos fueron trasladados a Damasco, donde permanecen a buen recaudo.

"El Daesh empleó el edificio como tribunal de la 'sharia' [legislación islámica]", reseña Osama, sobrino del arqueólogo Jaled al Asaad, el centinela que durante décadas preservó la memoria de Palmira hasta su decapitación en agosto de 2015. Tras su salvaje asesinato, perpetrado a plena luz del día en una plazoleta próxima al museo, el anciano de 83 años fue colgado de una farola. Sus verdugos colocaron la cabeza sobre la acera, sin olvidar el detalle de las gafas que solía lucir en las fotografías que guardan sus parientes.

La ejecución del símbolo de un páramo incluido desde 1980 en la lista de patrimonio mundial de la Unesco no fue el único reguero de muerte que dejaron las huestes de Abu Bakr al Bagdadi. "A mi hermano Adnan lo mataron descerrajándole un tiro en la cabeza", cuenta Salah Mahmud, un joven de 24 años que a primera hora de la tarde merodea por una desolada avenida del villorrio.

"Los terroristas le arrestaron al irrumpir en el pueblo y le acusaron de trabajar para el Gobierno porque éramos propietarios de una empresa de maquinaria pesada. Le condenaron por supuestamente fortificar las posiciones del ejército. Tras cometer el crimen, difundieron el vídeo. Le llevaron a una zona desértica, le obligaron a arrodillarse y le asesinaron". Su martirio abrió la puerta a una retahíla de homicidios. "Varias decenas de vecinos han muerto. Primero los arrestaban y los confinaban en jaulas que dejaban durante días al sol. Luego los degollaban o les descargaban un tiro", evoca Ahmed Shalil, que administra un restaurante falto de comensales.

La destrucción de Palmira

El patrimonio -la atracción que hizo florecer cafés, tiendas de 'souvenirs' y fondas- tampoco ha permanecido a salvo de la ira de los bárbaros. Durante la primera estancia en la villa, que se prolongó durante 10 meses y concluyó en marzo de 2016, el IS (Estado Islámico, por sus siglas en inglés) redujo a escombros los templos de Bel -el más imponente de los edificios que habían quedado en pie, dedicado al 'Zeus' del panteón local- y Baal Shamin -un pequeño santuario consagrado al dios fenicio de las tormentas- y el arco del Triunfo, levantado durante el reinado de Septimio Severo.

En la segunda arremetida, la dinamita de los acólitos del califato se cebó con el anfiteatro romano, cuya parte central del escenario luce desbaratada, y el Tetrápilo, una plataforma cuadrada que albergaba en sus cuatro esquinas un grupo de cuatro columnas. "A pesar de los daños, que aún estamos evaluando, la majestuosidad del paisaje de Palmira ha sobrevivido. El 80% de su belleza original sigue existiendo", confirma a este diario el jefe de antigüedades sirio Maamun Abdelkarim.

La gran columnata continúa jalonando la ruta por el recinto, hoy libre de peregrinos. "Cada uno de los monumentos destruidos por el Daesh es distinto y singular y tenemos que valorar cuánto puede ser restaurado. Algunos, por ejemplo, podrán ser rehabilitados al 50% y otros al 70. El templo de Bel será el más complejo de reconstruir. Los retos que tenemos se hallan en peores condiciones", agrega el máximo responsable del castigado legado sirio. "Del anfiteatro, en cambio, sólo se ha desmoronado un fragmento del escenario y solo hay que hacer tareas de consolidación, y en el caso del Tetrápilo sólo una de las 16 columnas era original". Un inventario aún en ciernes que Osama observa desde las escalinatas del museo con el recuerdo de quien conocía cada palmo del perímetro y de su bodega, llena de retazos de las culturas griega, persa, romana o islámica. "Si mi tío levantara la cabeza, no aguantaría tanta destrucción. Rompería a llorar".