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Delegación Colombiana en Marcha por la Vida

KOL AIM 2016-05-20
RABINO GUIDO COHEN*

Como comenté la semana pasada, partí el pasado domingo en un viaje, una travesía muy especial, llamada Marcha por la Vida. Por primera vez saliendo de Colombia, acompañé a un grupo de jóvenes en un ritual que ya me es conocido, pero que no deja de sorprenderme cada vez que lo emprendo.

Llegamos el lunes por la tarde al aeropuerto Chopin de la ciudad de Varsovia, para dirigirnos directamente al cementerio judío de la ciudad. Paradójicamente, ese lugar es uno de los más llenos de vida en Varsovia. De allí nos fuimos a descansar al hotel pues el día siguiente sería intenso. Amanecimos con un clima primaveral que nos permitió descubrir detrás de la fachada de una ciudad moderna, los restos visibles de lo que fue el más grande de los Ghettos durante la época de la Shoá. Llegamos luego al monumento a los héroes de Natan Rapaport, para recorrer desde allí el camino del heroísmo, que desemboca en el Umschlagplatz, la plaza desde donde salían los trenes que tenían como destino final el campo de Treblinka, acaso la maquinaria más perversa de la industria de la muerte nazi. Como las víctimas durante la Shoáh, así nosotros, emprendimos desde allí el viaje hacia el bosque en el que alguna vez funcionó Treblinka, para descubrir que solo había allí un bosque con un gran monumento que invitaba a descubrir desde la ausencia.
El miércoles dejamos Varsovia rumbo a Lublin, para conocer el campo de Majdanek, uno de los pocos que se preserva de manera casi intacta. Majdanek nos golpeó duro: cámaras de gas, hornos crematorios, barracas y un inmenso monumento con siete toneladas de cenizas humanas. Majdanek nos enfrentó al horror en toda su crudeza. Nos desgarró, nos dejó casi sin esperanzas. Llegamos a medianoche a una silenciosa Cracovia , con pocas horas para recuperar algo de fuerzas y prepararnos para lo que seguía.

Debo confesar que luego de Majdanek, eran pocas las esperanzas de que hoy, jueves, en Auschwitz tuviéramos una experiencia más alentadora. Llegamos temprano a Auschwitz I, en donde buscamos la barraca en la que estuvo nuestro querido Max Kirschberg, cuyo testimonio fue clave para prepararnos para esta experiencia. Recorrimos barracas y más barracas, montañas de pelo, zapatos, anteojos, talitim y otros objetos se amontonaban como silenciosos testimonios de un horros al que cuesta ponerle palabras.

Alrededor del mediodía intentamos almorzar en ese sitio en el que los estómagos se cierran y la noción de las necesidades humanas se redimensiona. Mientras tanto, el sitio comenzaba a poblarse de gente, que bajo carteles con el nombre de cada país comenzaba a agruparse. Un emotivo discurso, un poderoso shofar y una frase: “Let the march begin, Ha Mitz™ad itz™ad
En silencio, liderados por sobrevivientes, jóvenes, políticos, rabinos, diplomáticos, soldados y otras personalidades, comenzamos a marchar sobre el camino que separa Auschwitz de Birkenau. De a poco la marcha comenzaba a cobrar vigor, banderas de Israel flameaban a cualquier lado al que mirásemos. Más de diez mil personas, con la misma chaqueta azul para protegerse de la lluvia, movidos por experiencias diferentes pero con un mismo objetivo: recordar.
Atravesamos el portón que dice “Arbeit Macht Frei y marchamos con la frente en alto. Cruzamos una autopista, las vías del tren y seguimos marchando. El imponente edificio de la entraba de Birkenau estaba cada vez más cerca, y el ambiente comenzaba a cambiar.

Cada vez más gente, más banderas, más emoción, más orgullo. Entramos a Birkenau y sonaba música judía. En aquel lugar en donde cualquier expresión judaica era silenciada por una bala, sonaba nuestra música, vibraba nuestra alma. Discursos, salutaciones, testimonios, antorchas y canciones se sucedieron durante casi dos horas mientras nosotros recorríamos los restos de hornos crematorios y sitios de selección, humillación y deshumanización. El acto estaba por concluir. El Jazán Dudu Fischer entonaba una oración y nos invitaba a ponernos de pie. Un sobreviviente junto con alguien que colaboró con su liberación entonaban el Kadish. Por los parlantes anunciaban que al finalizar el acto se rezaría Minjá en el medio de Birkenau. Allí, donde más de un millón de nuestros hermanos fueron masacrados, el pueblo judío se hacía presente, renacido y lleno de orgullo.

Era tiempo de concluir el acto. Más de diez mil personas, que se sumaban a la lista de 220.000 que desde 1988 conmemoran Yom HaShoáh en estas tierras que alguna vez fueron testigo silencioso del horror, para recordar y ser testimonio viviente.

El acto no podía concluir de otra manera. Renovar nuestra esperanza en el renacimiento del pueblo judío. Responderle al horror afirmando que Am Israel Jai, el pueblo de Israel vive. Abrazados, tomados de las manos, con la voz que se mezclaba con lágrimas que eran de dolor pero también de emoción. Más de diez mil personas, en la más perversa fábrica de muerte que la humanidad supo construir, entonamos con orgullo las palabras del HaTikva. Y allí comprendimos, que nos golpearon, nos masacraron, nos asesinaron, nos humillaron. Y a pesar de todo, Am Israel Jai veKaiam.

Shabat Shalom, desde el camino de regreso de Auschwitz a Cracovia.
Rab Guido