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Así traficaban los nazis con el arte en Latinoamérica

El Espectador - Colombia 2016-03-20
Esta es la segunda parte de la investigación de Connectas*, sobre el tráfico de obras de arte promovido por el régimen de Hitler y que incluyó a Colombia.

Sacar las obras de arte de Europa hacia América Latina implicaba superar múltiples obstáculos. Desde las limitaciones propias de la época para el transporte de piezas delicadas y a veces de grandes formatos, hasta los controles de las autoridades de otros países.

Sucedió, por ejemplo, con un cuadro de 50 libras que hizo escala en Suiza, país neutral pero bastante laxo y flexible con los controles de objetos robados o de contrabando en este período. El plan inicial del comerciante en la ciudad de Lausana era enviarlo vía aérea a Lisboa, Madrid o Barcelona, para que de allí saliera a Estados Unidos, donde, si el nuevo dueño quería, podía establecer contactos para revender la pintura en el emergente mercado de arte de México o Buenos Aires.

Pero ante las dificultades logísticas, la solución propuesta en el invierno de 1943 a quienes esperaban el cuadro en Nueva York fue enviarlo por tren a Marsella o a la misma Lisboa, para que de cualquiera de esas dos ciudades saliera en barco hacia la Gran Manzana. El recorrido de la obra, cuyo nombre se desconoce, quedó registrado en varias cartas y telegramas interceptados por los aliados durante y después de la guerra, en las que queda claro que sacrificaban la rapidez por la seguridad en el negocio.

En otros casos se ha establecido que los comerciantes e intermediarios se valieron muchas veces de valijas diplomáticas para hacer los envíos y así evadir los controles de aduanas. La supuesta transferencia de un cuadro de Lucas Cranach el Viejo y otro de Ingres de territorio ocupado a Estados Unidos habría utilizado esa estrategia.

Eso cuando no eran directamente los diplomáticos los involucrados en el movimiento de las obras en América Latina. En una de las cartas interceptadas, por ejemplo, la esposa de un diplomático argentino en México (Carlos A. Pardo) le escribe en octubre de 1944 a la esposa del agregado militar de Argentina en Washington (Octavio Parodi), para preguntarle si quiere que le envíe todas las obras por barco a Nueva Orleans y rogarle que usen el “sello diplomático para todas las comunicaciones posteriores que tengan sobre el tema, así como no mencionar los nombres de los artistas o de los cuadros embalados, para evitar problemas.

Ni siquiera se salvan los profesores. Uno que dictaba historia del arte en el Liceo Francés de Montevideo, llamado Claude Shaefer, se muestra muy ansioso por vender en Europa su “valiosa colección de arte, que asegura consta de unas 1.500 piezas e incluye cuadros de Beckmann, Chagall, Klee, Léger, Manet, Munch, Nolde, Toulouse-Lautrec y Rodin. La carta está fechada el 1º de noviembre de 1944 y deja en el aire varias preguntas, como por qué no quería venderla en América Latina y por qué aseguraba que estaba obligado, “dadas las circunstancias, a ofrecerla a precios bajísimos.

En este tráfico de arte robado por América Latina aparecen varios nombres que coinciden con los registrados en otras partes del mundo. Es el caso de Hans Wendland, Paul Graupe y Arthur Goldschmidt, los tres identificados en documentos desclasificados como agentes al servicio de los nazis.

Un reporte elaborado el 2 de mayo de 1944 por el FBI se refería así al más prominente de los tres socios: “Wendland es descrito como un importador de obras de arte a gran escala y de quien se dice es agente financiero y representante de Hitler y (Hermann) Goering. Visita París con frecuencia y se sospecha que comercia con obras de arte incautadas y decomisadas de Francia y otros países ocupados.

Otro informe secreto, fechado el 26 de septiembre de 1945, detalló el vínculo de Wendland con Goering: “Es un comerciante de arte altamente sospechoso, un importador de arte, un supuesto ˜comprador™ para la colección de Goering, y un presunto traficante de obras de arte robadas en Francia. En el mismo informe se hacía referencia a su vínculo con México, donde residía su hermana Dore y a donde buscó transferir parte de su fortuna tras el fin de la guerra.

En los documentos revisados para esta investigación se menciona cómo Goldschmidt estableció una ruta por Cuba, de donde despachaba directamente hacia Estados Unidos o triangulaba los envíos a través de México. Así ocurrió, por ejemplo, en enero de 1944, cuando Graupe ”quien residía en un lujoso departamento a un costado del Central Park de Nueva York” le envió una carta a Goldschmidt ”en aquel entonces residente en La Habana”, en la que le proponía vender en México la pintura La Anunciación, atribuida a Rubens. Según el escrito, la pintura perteneció a un conde y a un personaje que vivía en Londres, y de acuerdo con los expertos consultados por el FBI, la obra artística fue realizada entre 1609 y 1610.

Otro personaje que aparece en los documentos es quien terminó sus días en Colombia como uno de los más reconocidos libreros de la época: el alemán Karl Buchholz. Las dudas sobre él llegaron tras conocerse que fue uno de los cuatro negociantes de arte autorizados por los nazis para las transacciones con los objetos robados. De estos, el más notorio es quizás Hildebrand Gürlitt. De hecho, hace un par de años a su hijo Cornelius Gürlitt le encontraron una propiedad con más de 1.500 piezas artísticas robadas, que mantenía ocultas en Múnich.

De acuerdo con la historiadora estadounidense Susan Ronald, autora del libro Hitler™s Art Thief: Hildebrand Gürlitt, the Nazis and the Looting of Europe™s Treasures, publicado a finales de 2015 en su país, cada uno de esos cuatro marchantes tenía algo distinto que aportarle al régimen nazi y por eso fueron los elegidos para tener permisos especiales, aunque existieran decenas de marchantes regados por Alemania y otros países que también hayan colaborado, sin saber o sabiéndolo, con la política sistemática de saqueo.

“Fueron muchísimos los marchantes involucrados con la compra y venta de arte robado, pero estos cuatro tenían unos roles especiales y muy bien definidos, explicó Ronald a esta investigación desde su casa en Londres.

La noche en que todo cambió

La política de expoliación y saqueo de obras de arte, la gran mayoría perteneciente a coleccionistas judíos, fue sistemática entre 1938 y 1945. “Las colecciones judías fueron los primeros objetivos, los más fáciles, pero no se quedaron en ello. Siguieron con robar las colecciones de los enemigos políticos, de los masones (...) e incluso de las personas y naciones convenientemente marcadas como indeseables para la raza superior, la raza aria, se lee en uno de los informes desclasificados sobre el tema, que hoy reposan en los Archivos Nacionales de Estados Unidos. Sin embargo, ya está plenamente documentado que fue desde 1933 que ocurrieron las ventas forzosas y confiscaciones.

Pero la fecha histórica que podría señalarse como la que dio origen al saqueo de manera formal fue el 9 de noviembre de 1938, tristemente célebre como la Noche de los Cristales Rotos.

Durante un banquete ofrecido por Hitler a los más altos líderes del nazismo, en Múnich, Joseph Goebbels afirmó que no le sorprendería que las ventanas de los hogares judíos se estremecieran esa noche por el asesinato, días antes en París, de un diplomático alemán. Esa fue la señal. Vinieron luego los incendios, los saqueos, la violencia en tiendas y hogares de familias judías. Dos días después, el 11 de noviembre, se discutió por fin y de manera abierta, en una reunión de Hitler con otros miembros del partido, el saqueo de colecciones de arte que a partir de entonces se ejecutaría de manera sistemática, organizada, masiva.

La primera lista que hicieron contaba con 50 colecciones valiosas que debían ser confiscadas, todas de judíos. Pero ese era sólo el comienzo. El despojo ”que tenía como objetivos el enriquecimiento “moral y espiritual de la nación alemana y el enriquecimiento material de algunos individuos, en su mayoría los jefes del partido” incluyó también bibliotecas, instrumentos musicales y otros tesoros artísticos.

Miles de herederos de las víctimas han buscado y reclamado esos tesoros desde entonces en todo el mundo. Muchos de ellos se establecieron en América Latina y desde aquí han dado la pelea para que les devuelvan lo que les pertenece. La presión internacional llevó a que a finales de los años 90 se firmaran lo que se conoce como los Principios de Washington.

Se trata de un compromiso de cooperación para la búsqueda y devolución de los bienes artísticos confiscados y robados durante la Segunda Guerra Mundial, promovido por la ONU y suscrito por 44 países, en la llamada Conferencia de Washington. En esos acuerdos se reafirma que, en caso de haber un hallazgo de una pieza robada, se debe buscar una “solución justa acordada con los herederos de los legítimos propietarios. Obras saqueadas a varias familias han sido encontradas incluso en museos tan importantes como el Louvre de París o en algunos de los más prestigiosos de Estados Unidos.

El caso del matrimonio Oppenheimer es uno de ellos. Jakob y Rosa eran dueños desde 1929 de la galería Van Diemen, en Berlín, donde en 1922 se expuso por primera vez una muestra de arte ruso. En 1933, con la llegada del nazismo al poder, los alemanes cerraron la empresa de Oppenheimer, a la que pertenecía también la galería de arte, y las obras de Oppenheimer comenzaron a ser subastadas ilegalmente.

Con la persecución a la población judía, Jakob y Rosa tuvieron que huir a Francia, donde luego él fue detenido y llevado al campo de concentración de Drancy, cerca de París, en el que murió en 1941. Rosa terminó siendo deportada al campo de Auschwitz, donde falleció en 1943. Muchos años después, en abril de 2009, dos pinturas italianas del siglo XVI que durante décadas fueron exhibidas en el castillo Hearst, en California, sin que se supiera que pertenecían a los Oppenheimer antes de ser robadas por los alemanes, fueron devueltas a dos de sus descendientes: Inge Blackshear, quien se radicó en Buenos Aires cuando sólo tenía cinco años (hoy tiene 80), y Peter Bloch, quien vive en Boynton Beach, Florida (Estados Unidos). En agosto de 2010, tanto Inge como Peter recibieron otra buena noticia, pues el museo de Wiesbaden, en Alemania, les devolvió otra obra robada por los nazis a la familia Oppenheimer en aquellos años 30: Retrato doble de una pareja joven, del pintor barroco holandés Pieter de Grebber (1600-1653).

Pero la mayoría de las veces no ha habido desenlaces felices, o al menos no por ahora. Es el caso de los herederos en América Latina de la familia Emden, cuyo patriarca, Max Emden, era uno de los comerciantes más ricos de Hamburgo antes de que estallara la Segunda Guerra, además de ser dueño de una valiosa colección de pinturas, la cual fue robada por los nazis.

Una de esas obras terminó adornando las paredes del palacio presidencial en Alemania: el Zwingergraben, de Bernardo Bellotto. Cuando trascendió la controversia sobre el cuadro, el presidente alemán de la época ”Horst Kölher” ordenó que se descolgara, aunque nunca fue devuelto a sus legítimos propietarios. Los descendientes de Emden, que hoy viven en Chile, libran varias batallas para que se les restituya lo que aseguran le robaron a su familia. En un cable escrito en 1939 y desclasificado por el gobierno estadounidense, se calcula que la colección de Max Emden llegaba a las 121 piezas e incluía pinturas de Monet, Van Gogh, Renoir, Manet y Gauguin, entre otros.

Para otros descendientes tal vez sólo haya una posibilidad de reclamación. Es el caso de la reconocida académica del Colegio de Letras Hispánicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Margit Frenk. A sus 90 años, es la única heredera de una importante colección que el crítico de arte alemán Paul Westheim tuvo que dejar en su país cuando huyó para salvar su vida.

Se trata de 50 pinturas y esculturas, así como unos 3.000 grabados y acuarelas, realizados por importantes artistas como Oskar Kokoschka, Otto Mueller y Edgar Jené, entre otros. En esta historia, paradójicamente, quien le dio una mano a Westheim para que pudiera escapar fue la misma persona que participó en el robo, mientras a él siempre le dijeron que las obras se habían perdido durante bombardeos ocurridos en medio de la guerra.

Algunas piezas de la colección fueron vendidas a través de casas de subasta, como El violinista, de Erick Heckel, subastada en 1998 por Christie™s, de Londres, en US$993.000; Naturaleza muerta con botella blanca, de Jean Pougny, que fue adquirida por la galería Berlinesa a la galería Hutton de Nueva York, y una obra del expresionista Joachim Ringelnatz que fue vendida por una casa de arte de Düsseldorf al museo Clemens Sels. Las tres piezas son ahora reclamadas por Margit Frenk, la heredera mexicana de Paul Westheim.

El industrial Julius Priester ”quien al igual que Westheim se nacionalizó ciudadano mexicano” fue otro coleccionista que sufrió el saqueo de decenas de obras de arte por los nazis. En marzo de 2015, sus herederos recuperaron la pintura Retrato de un caballero, de El Greco, que había sido robada por la Gestapo en 1941 de una finca en Viena, junto con otras 49 piezas de grandes maestros como Rubens y Van Dyck. Priester se refugió en México, desde donde inició una batalla legal para recuperar su colección. Sus herederos continuaron esta lucha y en 2014 lograron ubicar la pieza robada de El Greco en una galería de Londres, justo cuando era puesta en venta. La obra fue restituida al año siguiente, tras una búsqueda de más de siete décadas.

Hoy no queda duda de que muchas de las obras robadas por los nazis en Europa pasaron y, en algunos casos, se quedaron en América Latina. Lo que tal vez nunca se sepa es el número preciso de piezas que llegaron al continente y los múltiples intercambios y transacciones en las que se vieron involucradas, con varios “dueños que nunca se interesaron en saber el origen real de esos cuadros o que, si lo sabían, nunca quisieron buscar a sus legítimos propietarios, quienes hoy, en muchos casos, más que el valor económico de las obras, lo que buscan es que se haga justicia con la memoria.

* Investigación realizada con colaboración de AM, de México; El Mercurio, de Chile; Estadão, de Brasil, y ArmandoInfo, de Venezuela. Connectas es una plataforma de periodismo de investigación para las Américas, aliada de El Espectador.