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Colombia: Los dilemas de liderar el paso de la guerra a la paz - SHLOMO BEN AMI

El Tiempo - Colombia 2015-01-11
Shlomo Ben Ami, es asesor del presidente Santos, sobre el Proceso de Paz

La política es una de las profesiones más vilipendiadas popularmente y, al mismo tiempo, probablemente la más ingrata de todas.

Muy frecuentemente, los sacrificios del político serán vistos con sospecha como una manera de buscar su propio beneficio, engrandecer su ego, buscarse un espacio en la historia. Pero la más brillante definición la dio probablemente el legendario primer ministro británico Lloyd George cuando explicó que “a un líder se lo suele definir como político cuando uno discrepa de sus políticas, y como estadista cuando uno está de acuerdo con sus planteamientos.

En estos momentos de debate tan profundo como legítimo en Colombia en torno a la estrategia de paz del presidente Juan Manuel Santos, me parece oportuno exponer los atormentadores dilemas del líder en la difícil y tortuosa transición de la guerra a la paz. El camino hacia el acuerdo final es aún complejo e inseguro, y es sano mantener la cautela y el escepticismo. Pero lo que sí debe estar claro ya de entrada es que Colombia está dando estos días, a un mundo plagado de conflictos prolongados, una lección de civismo y de debate democrático en la difícil transición del conflicto armado a una posible paz.

Toda exposición de los dilemas respecto de las duras decisiones que el líder debe ponderar nos debería llevar a apreciar lo complejo que puede ser el arte de gobernar durante el paso de la guerra a la paz. ¿Quién mejor que Winston Churchill para dar fe de ello? Como líder en tiempos de guerra fue imbatible, pero después de haber conseguido la paz fue derrotado por quien él consideraba el más mediocre de los políticos de la época, Clement Attlee.

La estrategia de paz del presidente Santos se entiende como un intento de integrar el territorio nacional, desarmar a los grupos insurgentes y restaurar tanto el monopolio del Gobierno sobre el uso de las armas como su control sobre todo el país. No se trata de eliminar la economía de mercado ni tampoco de la implantación del ˜realismo socialista™. La lucha por la sociedad supuestamente ideal no es el tema de una negociación de paz.

Colombia no es un Estado fallido ni una democracia efímera “como podrían ser los casos de otros países que sufrieron serios conflictos armados“ que requiere ser reconstruida desde sus bases. La paradoja del caso colombiano reside en que una democracia estable, y nada menos que modélica en el contexto regional, ha estado bajo el asalto permanente de una patología de violencia pseudorrevolucionaria.

El compromiso del mandatario colombiano con la paz no responde a un idealismo pacifista, más bien responde a su convicción de que la paz es la forma de conseguir mayor seguridad para sus compatriotas y abrir el camino para el despegue definitivo del país hacia horizontes de desarrollo sostenible. Una Colombia en paz está destinada a ser una de las mayores revelaciones de este siglo, uno de los poderes emergentes de mayor proyección global en los años venideros.

El dilema del Presidente reside, no obstante, en buscar una línea razonable entre la visión minimalista del acuerdo que exigen ciertos sectores de la sociedad y la necesidad de llegar a un acuerdo con la guerrilla. En ningún escenario que conozcamos la paz ha sido una búsqueda de justicia absoluta; es, más bien, la difícil búsqueda de un equilibrio que asegure el bienestar de las generaciones venideras. El arzobispo sudafricano Desmond Tutu hablaba de una “justicia restauradora, enfocada en “la cura de fracturas, la recuperación de equilibrios sociales y la restauración de relaciones rotas.

Inevitablemente, el acuerdo al que se llegue no gustará a sectores importantes de la nación, pero las generaciones de una Colombia en paz sabrán aplaudirlo. El líder que conduce a su nación hacia la paz siempre ha sido un profeta cuyos planteamientos son discutidos por sus contemporáneos, pero al que la historia sabe hacerle justicia. Que le pregunten si no a De Gaulle por Argelia, a Richard Nixon por su reconciliación con China o a Anuar el Sadat por su dramática paz con Israel, todos ellos vilipendiados por sus contemporáneos (el último incluso acabó asesinado por “traidor al igual que otros pacificadores, desde Lincoln, pasando por Ytzaak Rabin, hasta el rey Abdalá I de Jordania) y aclamados por la historia por haber abierto el camino a una “paz de los valientes, como la denominó el expresidente francés.

La nación quiere la paz, pero frecuentemente se resiste a pagar el precio. Esa es una de las mayores paradojas de la historia, que la paz divida y la guerra una. La decisión del presidente Santos de poner fin al conflicto armado en Colombia y de hacerles justicia social a los millones de desheredados y desplazados a través de la vasta geografía colombiana es una empresa que los anales de la historia deberán reconocer. Mientras tanto, es inevitable que las actuales generaciones se vean divididas en torno a esta difícil construcción de la paz.

El presidente Santos podría seguir teniendo el apoyo unánime de la nación si en vez de emprender el camino de la paz hubiese persistido en lo que supo hacer muy bien como ministro de Defensa: darle lucha sin cuartel a la guerrilla. Pero una cosa es ser el ministro de un ramo de la Administración y otra es ser el responsable máximo del futuro de la nación, de su consolidación en la familia de las naciones civilizadas. La perspectiva del gobernante como presidente es inevitablemente diferente de la del gobernante como ministro.

Todos sabemos que esta es la era de las guerras asimétricas (guerras entre Estados y agentes no estatales), y las negociaciones de paz con agentes no estatales también se llevan a cabo en condiciones asimétricas. El dilema del peacemaker, sobre todo cuando se trata de negociar la paz con un agente no estatal, como es el caso de las Farc, es particularmente dificultoso.

La oposición y la crítica son el alma de la democracia. Por eso, el Presidente tiene que negociar en un estado permanente de tensión con sectores importantes de la opinión pública y del sistema político a los que tiene que convencer, en una especie de plebiscito diario, de que su política es adecuada para el país. Y además lo tiene que hacer con las manos atadas, ya que debe mantener la confidencialidad de las negociaciones. Sus interlocutores en La Habana están libres de esos condicionamientos; no tienen parroquias políticas a las que atender y dar explicaciones.

En una democracia, el presidente está obligado a luchar continuamente por el apoyo político, porque sin él se puede escribir poesía en torno a la paz, pero no se puede hacer la paz. Las Farc no comparten ese dilema. Tampoco comparten la preocupación del líder democrático por los tiempos. La política no suele dar espacios infinitos para que el líder negocie la paz a sus anchas. La política exige resultados inmediatos y la nación suele perder la paciencia: la gente normalmente no piensa en términos de plazos históricos. Pero el mandatario está obligado a pensar en espacios de tiempo más prolongados. Además de ser el máximo administrador de la vida nacional, se espera de un presidente que sea también el constructor de un futuro a largo plazo para sus conciudadanos. Estos no suelen ser los dilemas del agente no estatal, en este caso las Farc.

Otro dilema del líder en busca de la paz, que suele ser políticamente atormentador, es el de la violencia que acompaña a las negociaciones. Los colombianos se rebelan, como es lógico, con cada ataque de la guerrilla y las víctimas que estos causan. Por otra parte, las Fuerzas Armadas, sin cuyos innegables éxitos en la lucha contra la guerrilla la paz no sería posible, se merecen que el liderazgo político sepa gestionar el dilema “de sobra conocido en otras latitudes“ de la difícil transición de sus ejércitos de la ética de la guerra a lo que legítimamente temen será la incertidumbre vocacional en tiempos de paz.

La historia nos enseña que la diplomacia de la paz no tiene mucho sentido si no está respaldada por la fuerza. El presidente estadounidense Theodore Roosevelt, por cierto, un nobel de la Paz, aconsejaba “hablar suavemente y llevar un gran garrote. El que las Farc estén manifestando su voluntad de poner fin al conflicto armado, sin que sus grandilocuentes sueños revolucionarios estén en la mesa de negociación, es otra forma de ganarles la guerra. Sin el sacrificio de las Fuerzas Armadas y sus extraordinarios logros en el campo de batalla, particularmente en los últimos 12 años (las presidencias de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos), difícilmente se podrían haber abierto estos horizontes tan prometedores para el futuro de Colombia.