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Palestinos e israelíes: diálogo de sordos en la ONU - Shlomo ben Ami

El Tiempo - Colombia 2010-10-03
Las partes siguen sin demostrar el más mínimo interés por contemplar los puntos centrales del otro.

El sombrío espectáculo del aislamiento de Israel durante el debate en la Organización de Naciones Unidas (ONU), sobre el reconocimiento del Estado palestino, denota el tsunami político sobre el cual habían advertido los críticos del Primer Ministro Benjamín Netanyahu en caso de que Israel no propusiera una audaz iniciativa de paz. Lo más significativo, sin embargo, es que los discursos que pronunciaron en la Asamblea General de la ONU ambos rivales, Netanyahu y el presidente palestino, Mahmoud Abbas, mostraron que cualquier propuesta destinada a que ambas partes vuelvan a la mesa de negociación podría ser inútil.
Los discursos no hacen la paz, pero sí pueden deteriorar las expectativas que se tengan sobre ella. Tanto Netanyahu como Abbas mostraron una vez más cómo la política que rodea a este convulsionado proceso ha derrotado a la causa de la paz.
Preocupante indiferencia
Ambos líderes evidenciaron una completa indiferencia a las preocupaciones centrales del otro, y se enfocaron en complacer a quienes representan, incluyendo a Hamas y a los israelíes asentados en territorios palestinos, dejando en claro, urbi et orbi, que las brechas que separan sus posiciones nunca habían sido tan grandes.
Netanyahu es incapaz de admitir los pecados de la ocupación, o incluso proferir una mínima expresión de empatía con la tragedia palestina de dispersión y despojo. La insensata insistencia de Israel en expandir sus asentamientos en Cisjordania no mereció ni una ligera reflexión de su parte.
El llamado de paz de Netanyahu no dejará de ser un mensaje vacío, mientras siga pensando que la solución a las preocupaciones de la legítima seguridad de Israel depende de la ocupación continua, y en grandes proporciones, del futuro Estado palestino.
El Valle de Jordán y los montes de Judea y Samaria son, sin duda, bienes estratégicos para un país cuyo ancho es del mismo tamaño del largo de una avenida de Manhattan. Pero la desmilitarización, el despliegue de fuerzas internacionales y rígidas disposiciones de seguridad podrían ofrecer una respuesta. Las preocupaciones por la seguridad deben dejar de ser una licencia para la expansión territorial.
A la vez que no esconde su entusiasmo de impartir sus lecciones de historia cada vez que puede, Netanyahu se rehusa a admitir la validez de una perspectiva clave: en lugar de interpretar la victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días (1967) como un permiso para anexar territorios, ese triunfo debió haberse visto como un paso de inflexión en el sentido de que la paz con el resto del mundo árabe sí era posible si Israel entregaba los territorios árabes ocupados. Como consta en los acuerdos paz de Israel con Egipto y Jordania.
Una cuestión más allá de límites
Pero quien quiera que pretenda ayudar a las partes a lograr un acuerdo, debe prestarle atención al hecho de que los límites territoriales son solo un aspecto del conflicto -y no necesariamente el más conflictivo-.
A diferencia de los acuerdos de paz entre Israel y Egipto (y, uno esperaría, entre Israel y Siria), el conflicto palestino-israelí tiene sus raíces en algo que va más allá de una disputa de propiedades. Como se evidenció en el debate de la ONU, lo que está en juego es un choque de narrativas nacionales irreconciliables. Egipto debía otorgarle a Israel sólo reconocimiento político, pero a los palestinos se les pide reconocer la legitimidad moral de Israel aceptando los vínculos judíos con la Tierra Sagrada y, en consecuencia, admitiendo la milenaria exigencia de los judíos de un Estado en un terreno que los palestinos creen que históricamente les pertenece.
Ni una palabra, ni una omisión en el discurso de Abbas en la ONU fueron accidentales. Lo más sorprendente fue su evidente desdén frente a la narrativa nacional más fundamental de Israel. Habló de la Tierra Sagrada como fuente de la cristiandad y el hogar de templos sagrados del Islam, pero intencionalmente ignoró las raíces bíblicas del judaísmo y el símbolo de Jerusalén como el hogar de los reyes y profetas hebreos. Y para los israelíes, esa omisión revela una clara falta de voluntad de los palestinos, o al menos de sus líderes, para aceptar la existencia de un Estadio judío.
La negativa de Abbas a reconocer a Israel como un Estado judío -basándose en que hacerlo sería traicionar 1,5 millones de ciudadanos palestinos en Israel- confirmó una preocupación clave de Israel y alimentó los temores de que existe una agenda palestina oculta, y de largo plazo, cuyo fin es eliminar el Estado judío.
Esto probablemente desanimará a las palomas israelíes y le dará más fuerzas a los halcones en su insistencia de que no hay posibilidades de un progreso hacia la paz sin un reconocimiento inequívoco por parte de los palestinos de que Israel es la patria del judaísmo.
De esta manera, el mensaje implícito de Abbas reforzará el liderazgo de Netanyahu como el defensor implacable del interés nacional en contra de los ingenuos soñadores de la izquierda israelí. Netanayahu tan sólo debe presentar los argumentos de Abbas como prueba de que, para los palestinos, la paz con Israel es sólo la primera parte de una gran estrategia que tenga como objetivo conformar una Palestina de mayorías árabes que abarque a todo Israel.
Los palestinos ganan
Incluso si, como es de esperar, el Consejo de Seguridad rechaza la petición de que Palestina sea una miembro de pleno derecho en la ONU y se les otorga la condición de Estado observador en la Asamblea General, Abbas podrá cantar victoria. Él consiguió ajustar el balance de poder con Israel y Estados Unidos al movilizar el amplio apoyo que la causa palestina provoca en la comunidad internacional. Si no fuera por su valiente iniciativa en la ONU, el Cuarteto (la ONU, Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia), no hubiera tenido repentinamente el gran interés que tuvo de buscar una fórmula para que las partes volvieran a la mesa de negociación.
Pero no hay que esperar gran cosa de esto. Nada positivo saldrá de los movimientos que realice el Cuarteto a menos que las partes cambien su actitud. Un proceso de paz consiste en considerar con coraje las verdaderas preocupaciones vitales de la otra parte.
Quienes vayan a ser mediadores, por su lado, tendrán que dejar de ser simples 'facilitadores'; deberán empezar a asumir el papel de partes interesadas y estar preparados para presionar y para torcer brazos. Si se les deja avanzar por sí solos con sus propios mecanismos, israelíes y palestinos nunca lograrán un acuerdo de paz integral.