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Mauthausen: 69 años después

El Mundo - España 2014-05-07
En el interior del campo encontraron centenares de cadáveres y 64.000 supervivientes**

Se calcula que entre 120.000 y 160.000 hombres, mujeres y niños fueron asesinados allí**

"Jamás había visto tantos muertos juntos. Contemplé cosas que nunca habría creído de no haberlas visto con mis propios ojos. Nunca pensé que los seres humanos podían tratar a otras personas de esta manera. Los supervivientes eran sólo piel y huesos". De esta forma describía el sargento estadounidense, Albert J. Kosiek, el dantesco espectáculo que contempló la mañana del 5 de mayo de 1945. En el curso de lo que debía ser una simple operación de reconocimiento, su pelotón de poco más de 20 hombres, se encontró sin saberlo ni quererlo con el campo de concentración de Mauthausen.

Los SS habían huido 24 horas antes, dejando el lugar bajo el control de una brigada policial de los bomberos de Viena. Sus atemorizados y desmoralizados miembros, no tardaron ni un segundo en rendirse pese a que multiplicaban en número al pequeño destacamento norteamericano. Ese día, Kosiek y su veintena de hombres volvieron al Cuartel General, nada menos que con 1.800 prisioneros.

Pero eso no fue lo que más impresionó a los desorientados soldados aliados. En el interior del campo encontraron centenares de cadáveres y 64.000 supervivientes, la mayoría de ellos en un estado tan lamentable que Kosiek los describió como 'muertos vivientes'.

Entre esa turba de famélicos prisioneros había más de 2.000 españoles. Otros 5.000 compatriotas no pudieron disfrutar de ese histórico día ya que habían sucumbido en esa gran máquina de matar que fue Mauthausen. Se calcula que entre 120.000 y 160.000 hombres, mujeres y niños fueron asesinados en el interior de sus muros y en sus numerosos subcampos.

El campo de los españoles

Los propios nazis llamaban a Mauthausen el campo de los españoles. El III Reich decidió confinar allí a la inmensa mayoría de los republicanos que, tras el triunfo de las tropas franquistas, se refugiaron en Francia y acabaron enrolados en las filas del ejército francés o integrados en la Resistencia. Con dos guerras en sus espaldas, más de 9.000 hombres y mujeres fueron capturados por los nazis y deportados a los campos de la muerte.

Hoy, 69 años después de ser liberados, son pocos los que pueden seguir contando su terrible experiencia. Son hombres como José Alcubierre o Eduardo Escot, que se siguen emocionando cuando el periodista de turno les obliga a recordar su calvario. El hambre, el trabajo esclavo, las torturas y los asesinatos fueron durante más de cuatro años parte de su vida. "Terminas acostumbrándote a ver tantos muertos que, al final, ya casi ni los ves" afirma Alcubierre. Sólo tenía 14 años cuando llegó al campo en compañía de su padre. Sus ojos se enrojecen cuando recuerda el momento en que les separaron; su padre fue enviado a Gusen donde murió de una terrible paliza.

Eduardo Escot tenía 21 años cuando atravesó las puertas de Mauthausen. Como la inmensa mayoría de españoles, había pasado los primeros meses de su cautiverio en un campo para prisioneros de guerra junto a soldados franceses y británicos. Allí eran tratados de acuerdo a los principios de la Convención de Ginebra. Sin embargo, tras diversos contactos diplomáticos entre Madrid y Berlín y, especialmente, tras la visita a la capital alemana del ministro de la Gobernación de Franco, Ramón Serrano Suñer, los españoles fueron sacados de estos campos de prisioneros y trasladados a campos de concentración. "Serrano Suñer fue el principal responsable de nuestra deportación", afirma Escot con una rotundidad sorprendente para sus 94 años de edad. Ese 'cambio de estatus' fue el principio del fin para muchos prisioneros españoles que acabarían en los crematorios de Mauthausen.

Sinfonía de la muerte

El III Reich diseñó un 'universo concentracionario' maquiavélicamente perfecto. En campos de exterminio como Auschwitz Birkenau o Treblinka aplicaban la 'solución final' a millones de judíos. Sólo un nivel por encima de estas factorías de la muerte, se encontraba el campo de concentración de Mauthausen, en el que encerraron a presos políticos, homosexuales, testigos de Jehová, gitanos, prisioneros soviéticos y de otras naciones del este de Europa y, también, a la mayoría de los republicanos españoles.

La media de vida de un prisionero no superaba los seis meses, tiempo en el que se les utilizaba como trabajadores esclavos en fábricas de armamento, construcción de infraestructuras o en la terrible cantera. Durante años, los españoles y el resto de los internos dejaron sus vidas subiendo los 186 escalones de la escalera de la cantera, cargando piedras de hasta 60 kilos de peso. A 20 grados bajo cero en invierno y bajo un tórrido sol en verano, sólo los más fuertes podían sobrevivir con un único menú consistente en una aguada sopa de nabos, una rodaja de salchichón y un pan que tenían que repartirse entre varios deportados.

Si el hambre o el trabajo no acababan con el prisionero, los SS se encargaban de hacerlo. Para ello disponían de un amplio abanico de torturas y métodos para asesinar. Ahorcamiento, fusilamiento, ahogamiento, duchas heladas, palizas... y si se trataba de ejecutar en grupo, para eso estaba la cámara de gas. Cada día, los prisioneros miraban hacia la chimenea del crematorio que no dejaba de escupir una densa humareda. Mirando hacia ella se preguntaban si esa chimenea sería, también para ellos, la única vía para salir de Mauthausen.

"Más de un día lo pensé, de aquí no salgo, de aquí no salgo, de aquí no salgo" nos dice Alcubierre. "Pero los días pasaban y yo seguía vivo. Y al final salí". Si lo consiguió fue gracias, en buena parte, a la solidaridad que había entre los prisioneros españoles. Un poco de comida extra, una ayuda en los momentos más duros... pequeños gestos que salvaron muchas vidas. Los rostros de Alcubierre y Escot se iluminan cuando hablan de ese compañerismo, pero, sobre todo, cuando recuerdan el día de la liberación. El instante en que dejaron de ser un número y volvieron a ser personas.

Fue un día como hoy hace 69 años. Puede parecer mucho tiempo, pero ellos siguen volviendo al campo cada vez que tienen que recordar. Les duele hacerlo, pero lo consideran un deber, una misión destinada a mantener viva la memoria de sus compañeros asesinados. Hablan sin rencor y dicen con sinceridad que no odian a nadie. Mirando al futuro, sólo se les tuerce el gesto cuando hablan del resurgir de la extrema derecha en Europa: "Debemos seguir contando lo que ocurrió en Mauthausen y en el resto de los campos para que los jóvenes sean conscientes de que el monstruo puede volver. Que no se repita. Sólo queremos que no se repita".