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LASKER Y EL AJEDREZ

www.masuah.org 2011-09-16
Hijo de cantor sinagogal y nieto de rabino, Emanuel Lasker nació en una parte de Prusia que hoy es polaca. Junto con su esposa Martha Cohn fue obligado a emigrar de Alemania en 1933; su casa y propiedades fueron confiscadas. Pasó por Suiza y Rusia, donde la Academia de Ciencias de Moscú lo albergó como miembro, y terminó por establecerse en Nueva York, ciudad en la que murió en 1941, y en la cual, casi medio siglo antes, había obtenido el título de campeón mundial de ajedrez, que detentó por un lapso insuperado de casi tres décadas.
Además del popular manual de su autoría, es clásico su libro El sentido común en el ajedrez (1896) basado en las conferencias que dictó en Londres con motivo del torneo de Hastings, considerado el más importante del siglo XIX.
Su primera biografía la prologó Albert Einstein, quien lo llamaba “un hombre del Renacimiento y lo consideró una de las personalidades más interesantes que conoció. En dicho prólogo, agradece Einstein lo aprendido de Lasker, y se refiere con fineza a una diferencia científica que en un momento los distanció (Lasker había planteado la imposibilidad de la constancia en la velocidad de la luz, ya que ésta sería limitada por partículas del espacio).
Se habían conocido en Berlín en 1927 y en la década del treinta habían compartido morada y frecuentes caminatas, lo que les permitió un fluido intercambio intelectual.
Sabido es que a Einstein lo atrajo el ajedrez, pero valga añadir que muchos capítulos de este libro podrían acoger, y no artificiosamente, una digresión sobre el llamado juego-ciencia: incluso desde el capítulo del rey Salomón, a quien el Midrash (la literatura rabínica alegórica) lo imagina jugando al ajedrez con su consejero Benaiá Ben Yehoiadá.
No hay unanimidad sobre cuán antiguo es el juego entre los judíos, pero en el capítulo de rabí Akiva en el que presentamos el Talmud, podría incluirse el dato de que un juego allí mencionado como nardeshir (Ketubot 61b) fue identificado con el ajedrez. Quienes descartan la referencia, ponen de relieve que los persas introdujeron el juego a Europa desde la India sólo a fines del siglo V, cuando el Talmud estaba siendo clausurado.
Los dos grandes medievales Yehuda Haleví y Maimónides, se refieren al ajedrez en sus obras, y por esa época Abraham Ibn Ezra redactaba el reglamento de ajedrez existente más antiguo que se conoce.
De Mendelssohn, podemos recordar que su mentada amistad con Lessing -proverbial en la Emancipación-, nació frente al tablero. También Marx fue aficionado a los escaques y trebejos. Sigmund Freud, por su parte, trazó en 1913 una notable comparación con la terapia psicoanalítica: "Quien espere aprender el noble juego de ajedrez de libros, descubrirá rápidamente que solamente las aperturas y los finales admiten una presentación sistemática exhaustiva. Por el contrario, la infinita variedad de movimientos que se desarrollan después de la apertura imposibilitan esa presentación. Dicho vacío en el aprendizaje puede ser llenado solamente con un estudio diligente de partidas libradas por los grandes maestros. Las normas del tratamiento psicoanalítico padecen similares limitaciones".
También Ludwig Wittgenstein hace varias referencias relevantes, sobre todo en Investigaciones filosóficas (1953), cuando el filósofo del lenguaje sentencia que la pregunta acerca de qué es una palabra “es análoga a qué es una pieza de ajedrez.
A los antedichos sumemos a Emanuel Lasker, considerado el ajedrecista más cabal de todos los tiempos, y emblemático de la peculiar ajedrofilia judaica.


JUDEIDAD Y FILOSOFÍA

La primera enciclopedia de ajedrez fue compuesta por un judío, Aarón Alexandre, en 1837. Durante el siglo XX, judíos se destacaron en el rol de grandes maestros, de campeones que más perduraron, y de creadores de la mayor parte de la doctrina ajedrecística. Garry Kasparov (nacido Weinstein) fue a los veintidós años de edad el campeón mundial más joven (1985) y se mantuvo en esa cima ya por dos décadas, considerado el más activo de cuantos hubo. Su intensa actividad lo llevó en 1996 a Tel Aviv para fundar allí la Academia de Ajedrez que lleva su nombre.
La preeminencia de judíos justifica alguna explicación. La peculiar forma de pensamiento que requiere el ajedrez es quizás similar a la del estudio talmúdico, en el que se educaron grandes maestros internacionales como Oscar Chajes, Aron Nimzovitch, Samuel Reshevsky y Akiva Rubinstein. Ambos estudios exigen énfasis en la memoria, comprehensión visual, centralidad de la estricta ley, y un pensamiento antiautoritario y original.
En su libro Psicología del ajedrez, Hartston y Watson concluyen que la ajedrofilia judaica puede deberse al esfuerzo colocado en las actividades que no les habían sido vedadas. En 1974 Gerald Abrahams intentó explicarla por medio de enumerar cuatro cualidades de los judíos, a saber: 1) asiduidad en producir al intelectual puro, 2) proclividad al estudio y el aprendizaje, 3) perseverancia y 4) una predisposición para los idiomas derivada de migraciones y cosmopolitismo, incluido el peculiar idioma del ajedrez.
Lasker combinó con el ajedrez dos disciplinas muy afines, las matemáticas y la filosofía. Su última biografía, El difícil camino hacia la gloria (1991), no capta la genialidad ínsita en esa triple combinación. A las tres tendemos a denominar “ciencias aunque estrictamente no lo sean. En alguna medida el trío de disciplinas refleja la inclinación de los judíos por determinados tipos de estudio.
En ajedrez, Lasker introdujo en 1889 el doble sacrificio de alfil, el modelo más temprano de gran estrategia. El concepto de estrategia ajedrecística había sido introducido por el campeón mundial Wilhelm Steinitz, cuyo destronamiento por Lasker en 1894 impuso la idea del ajedrez como una batalla entre dos mentes. Dicha noción fue elaborada en en el primer libro filosófico de Lasker: Lucha (1907).
En matemáticas, el mentor de Lasker fue David Hilbert, quien guió su doctorado para la universidad de Erlangen en el tema de cálculo geométrico y números ideales. Todavía hoy, en la teoría de espacios vectoriales, parece seguir vigente el teorema Lasker sobre números primos.
En cuanto a la filosofía, ésta se ha ocupado poco del ajedrez, aun cuando varias facetas del juego podrían atraerla. La idea del error, por ejemplo, dispone en el ajedrez de un sugestivo laboratorio sobre cuál es la dimensión ontológica de errar. Se trata de ver si acaso la intrincada significación de equivocarse, es un desvío de la verdad, o una diferencia entre lo posible y lo ideal. Savielli Tartakower lo sintetizó en su epigrama: "los errores están todos allí, listos para ser cometidos".
Hay asimismo dos filósofos cuyas respectivas escuelas pueden ejemplificarse en el tablero de ajedrez: Salomon Maimon en el siglo XVIII y Henri Bergson en el XX. El último, contrapone su concepto de durée al tiempo matemático "todo transcurrido", que es parecido al que permite el llamado análisis post-mortem de la partida.
El sistema de Salomon Maimon nos aproxima a la pregunta de qué tipo de verdades son las del ajedrez. Nacido en Lituania, Maimon estudió en Berlín la Crítica de la razón pura de Kant y escribió sobre ella un ensayo que le valió el máximo elogio del autor.
Los dos tipos de verdades kantianas, las a-priori (que anteceden a la experiencia de nuestros sentidos) y las a-posteriori (que son resultado de dicha experiencia) no parecieran dejar lugar suficiente para un tipo especial de verdad que es la ajedrecística. Ésta aparenta ser del tipo a-priori, como las matemáticas, es decir un conocimiento al que podemos alcanzar por el razonamiento puro.
Por otro lado, notamos que los juicios del ajedrez cobran vigencia solamente cuando la partida es conocida en su totalidad. Es difícil saber si una aserción es cierta, sino sólo cuando se la mira en retrospectiva desde la partida ya finalizada. Sus verdades son válidas cuando pueden identificarse en un universo de datos que la preceden y suceden; sólo en ese universo concluido, una jugada puede ser definida como brillante, mediocre o deficiente. Un concepto relevante que acuñó Maimon fue la ley de determinabilidad, que agregaba a las dos kantianas un tercer tipo de verdades.
Uno de los pocos investigadores que se ha ocupado de estas cuestiones es José Benardete, de la Universidad de Syracuse, quien llega a conclusiones pesimistas acerca del futuro de la Filosofía del Ajedrez.
Entre los libros filosóficos de Lasker se destacan El entendimiento del mundo (1913), La filosofía de lo inalcanzable (1919) que es el que más interesó a Einstein, y La comunidad del futuro (1940).
Einstein ha trazado un interesante paralelo entre Spinoza y Lasker: a ambos les atribuía haber sido eminentemente filósofos, y haberse dedicado a sendas actividades que les dieron independencia: el pulido de lentes y el ajedrez, respectivamente. Einstein concluye que, mientras a Spinoza su ocupación le dejaba su mente libre y despreocupada, la dedicación al ajedrez agitaba la mente de Lasker hasta no dejarle resquicio de reposo.
Quien encarnó la oposición ideológica a Lasker en el tablero fue Siegbert Tarrash, reivindicador de la ciencia. Su “lucha entre albedríos los enfrentó en Londres en 1908. Las contundentes victorias de Lasker frente a Tarrasch, el jugador científico por antonomasia, ejemplificaron la relatividad psicológica en el ajedrez. Así lo definió Lasker: "El doctor Tarrasch es un pensador, amigo de la compleja y profunda teoría... admira una idea por su profundidad; yo la admiro por su eficacia... yo creo en la fuerza".
Un último filósofo que se impone es Arthur Schopenhauer, de quien Lasker fue considerado discípulo. Al investigar cuáles son los principios en los que se basa la partida, Lasker entendió que en la pugna intelectual, el núcleo del juego-ciencia es una lucha entre dos albedríos. En esa lid germina la filosofía del equilibrio, paralela a la ideas schopenhauerianas de Voluntad y de lucha entre voluntades.


LA PRESENCIA JUDÍA EN LA INTELECTUALIDAD

La evidencia suele mostrar una presencia desproporcionada de hebreos en áreas específicas, también la medicina y la psicología, o las ciencias en general. Cabría indagar si dicha evidencia es reflejo de alguna correlación entre la cultura judía y la intelectualidad.
La abstracción, tan necesaria en las ciencias, es primordial en el aprendizaje de un libro que moldeó la cultura judaica como ningún otro, el Talmud, al que judíos han dedicado sus vidas durante todas las épocas.
La abstracción talmúdica en la que se han entrenado los judíos, podría explicar que, una vez que el proceso emancipatorial abrió las puertas del gueto, “la mentalidad talmúdica aplicada a las disciplinas modernas, dio como resultado intelectos singulares.
En su artículo La preeminencia intelectual de los judíos en la Europa moderna (1919), sostuvo el economista y sociólogo americano Thorstein Veblen que, si bien los logros internos de los judíos han sido notables, su grandeza como “líderes creadores en el mundo de la empresa intelectual la alcanzaron sólo cuando tuvieron contacto con el medio externo.
Veblen encuentra que la posición marginal que ocupaban los intelectuales judíos dentro de la sociedad gentil, les posibilitó una visión más crítica y escéptica frente a los valores rígidos. La curiosidad y la crítica que se empleaban en el estudio talmúdico se volcaron, cuando se abrieron las puertas del gueto, a la investigación científica.
En ese sentido, el primer presidente de Israel, Jaim Weizmann, escribió en sus memorias que “el extraordinario fenómeno de una gran tradición de conocimiento fructificada por métodos modernos, nos ha dado nuestros científicos de primera clase en desproporción a nuestro número.
Uno de los primeros en dedicarse a dilucidar la cuestión fue Josef Jacobs, en un libro publicado en Londres en 1886, titulado La distribución comparativa de la habilidad judía. Jacobs explica cuatro preeminencias de los judíos: dos debidas a un impulso interno de su propia cultura (la música y la metafísica) y dos resultantes de actividades impuestas por el medio circundante (la filología y las finanzas).
Así, el acento musical de los judíos se debería “al carácter hogareño de su religión, que necesariamente hace que la música forme parte de cada uno de los hogares judíos. Un párrafo aparte merece el violín, que dio entre los judíos a los más talentosos del siglo XX: Isaac Stern, Alfred Brodsky (a quien Tchaikovsky le dedicó su Concierto para Violín), Fritz Kreisler, Yehudi Menuhin, David Oistrakh, Itzhak Perlman, Joseph Szigetti, Pinchas Zuckerman, Gil Shaham, Bronislaw Huberman. La lista es interminable. Un buen manual sobre el tema (que fue traducido al castellano) es La música de Israel de Peter Gradenwitz (1948).
La segunda de las disciplinas enumeradas por Josef Jacobs, la filología, es hija directa del poliglotismo. Como consecuencia de las frecuentes mudanzas de un país a otro y del hecho de que siempre tuvieron su lengua propia además de la vernácula, los judíos se dedicaron al aprendizaje de idiomas.
En cuanto al campo de las finanzas, según Jacobs “fue forzado en ellos: el mundo los obligó a ser financistas mucho antes de que las finanzas fueran importantes. La posición socioeconómica de los judíos fue consecuencia (y no causa) de la hostilidad que muchas veces los acosó. Cuando judíos se dedicaron a prestar dinero, fue porque tanto la posesión de tierras, como otras profesiones, les estaban vedadas por corporaciones que sólo aceptaban cristianos. En palabras de Ernest Renan: “La Edad Media le reprochó al israelita la misma profesión a la cual lo condenó.
La preeminencia judía en la metafísica, como adelantamos, se debería a la “naturaleza abstracta del pensamiento judaico, Jacobs dixit. Una generación después, Fritz Lenz, notó, dentro de las artes, una ostensible asimetría, que resulta de la abundancia de judíos músicos frente a la escasez de pintores y escultores. Hemos planteado el énfasis del judaísmo en el sentido del oído por sobre el de la visión.
En 1928, también Karl Schwarz señaló en Los judíos en el arte una disposición más mental que artística. Entre otros aspectos, un pueblo que adoraba a un Dios cuya esencia es antagónica de la forma, no podía relacionarse de modo positivo con la forma.
Lewis S. Feuer, psicólogo y sociólogo de las ideas, planteó una tesis adicional en 1963. Sostuvo que la ciencia es el fruto de un espíritu hedonista-libertario, cuyo gran enemigo es el espíritu de ascetismo masoquista, heredado del medioevo. La ilustración judía fue para Feuer una rebelión contra el ascetismo, que “tomó diferentes formas: psicoanálisis, sionismo, socialismo. Su común denominador era la ética hedonista-libertaria, que en distintas formas fue la filosofía judía del Renacimiento.
En suma, muchas veces se tantean explicaciones para el fenómeno de la presencia judía en el pensamiento, ya sea por vía de la peculiaridad del estudio talmúdico, o por medio de conceptos modernos, como el de Lo inconsciente colectivo de Carl Jung.
Raphael Patai enumera siete factores de la intelectualidad judía: residencia urbana, concentración en el comercio, enfasis en la educación, necesidad de comprender y justificar una posición disidente, solidaridad de grupo, devoción por la vida familiar y religión no-dogmática.
Hemos visto otras posibilidades a lo largo de estas páginas, pero queda mucho por indagar al respecto. Aunque la mayoría de las especulaciones acerca de la intelectualidad judía no lleguen a dar cuenta abarcadora y satisfactoria, la evidencia es demasiado conspicua como para hacer caso omiso de ella. La cautela para no ser arrastrados a desatinadas especulaciones raciales o genéticas, no debería impedirnos estudiar la especificidad de una contribución intelectual que ha enriquecido nuestra civilización. En una humanidad cada vez más globalizada, el milenario aporte judaico a la cultura atravesará nuevos desafíos, y uno de ellos es sin duda, entender su naturaleza.